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miércoles, 1 de octubre de 2014

Telón

Los nervios se sienten en las voces. El aire está eléctrico, denso, casi masticable. Hay gente cambiándose, maquillándose. Hablamos de temas varios, rondando el que es central: nuestra última función.

Un camino largo nos trajo aquí. Sudor, lágrimas y sangre de mentira, pero no por eso menos influyente. Dos horas nos separan del final de esta creación etérea que parimos entre todos: lo que falta para que empiece la obra, y la duración de ese universo mágico que aparece en escena.

Sabemos que, como todo fin, también es un principio. El principio de lo que viene, lo que está todavía intangible pero que, sin embargo, existe en algún espacio de expresi al alcance de la mano laboriosae de las cadenas de la realidad para poder transformarla.ón al alcance de la mano laboriosa.

El trabajo, ahora, es encontrar lo nuevo. Sudar otra vez. Llorar otra vez. Sangrar otra vez, aunque el fluido sea de utilería. Que esa es la magia del teatro: mostrar la verdad mintiendo. Mentir con honestidad. Liberarse de las cadenas de la realidad para poder transformarla.

Cae el telón. La obra termina. La vida continúa. 

miércoles, 23 de abril de 2014

Noche de estreno

La gente me pregunta si estoy nervioso. Si hoy, que es la gran noche, me siento diferente. Y lo cierto es que no sé qué contestar. Yo, el verborrágico, no encuentro palabras exactas.

Nervioso-nervioso no estoy. Lo que sucede antes de salir a escena sólo lo conoce quien lo ha experimentado, y no es nerviosismo. Tampoco miedo. Es una mezcla de ambas, matizada con un montón de otras más, que nos conmueven de una forma poco habitual en la modernidad diaria que nos atraviesa.

Soy Neil Armstrong dando el primer paso en la Luna. Soy Arquímedes sumergiéndose en la tina buscando la respuesta a un problema en apariencia inatacable. Soy Darwin en la Gran Galápagos, intentando entender porqué hay tantos pinzones diferentes en esas islas.

Sensación de descubrimiento es lo que me atraviesa. Un gran salto al vacío, diría, si no fuera porque el vacío está lleno de trabajo. Y, si tenemos suerte hoy, de generosidad y amor, de comunión y sentires.


Es noche de estreno. Me siento vivo.

miércoles, 5 de febrero de 2014

Bigamia

Me pasé la vida buscando temas sobre los que escribir.

Soñé ser escritor, mi primer sueño. A los 8 años me senté a trabajar en una novela. Todavía no la terminé, ni tampoco la que pretendió seguirle.

Vamos, que ninguna novela que empecé la he finiquitado.

Es que tengo poca paciencia por la acción física de escribir. Me molesta, pero me daría vergüenza dictar cosas y pasárselas a alguien para que las transcriba. Eso no es lo que hace un artesano. Si a veces hasta me dan ganas de agarrar la Olivetti del abuelo, esa en la que empecé “El castillo oscuro” (título de mi prima opus, en plena etapa Poe) y martillar un poco las teclas para sentir que sudo más estas palabras. La computadora sirve, es funcional. Pero le quita encanto a la tarea.

Porque si escribir fue mi primer amor, mi primer calentura fue teclear en la máquina. Sentía un placer fetichista simplemente en oler la tinta, escuchar los ruidos mecánicos que causaban las teclas, y ver el impacto de la letra sobre el papel.

Me pasaba tardes enteras tipiando: una lista de mis libros; un índice para mi colección de Las Mil y Una Noches que marcaba en qué página empezaba y terminaba cada historia de Scherezade; nombres de dinosaurios; letras de canciones, transcritas con la oreja pegada al grabador.

No podría asegurar cuándo ese fetiche por una acción se convirtió en amor por la palabra escrita y ganas de aprender a encauzarla (que dominarla es una quimera, sé a esta altura). Pero seguro que tuvieron mucho que ver los libros de Salgari, Verne y Wells que poblaron mi infancia, y la claridad narrativa que tenían, más allá de la posible crítica literaria que pueda hacérseles. El cuento siempre era claro.

Pero cuando entendí que con una historia podías embelesar a otro ser humano, abrirle las puertas de un mundo nuevo, ahí fue que la palabra me capturó. Cuando Hesse, Heinlein y Tolkien me cambiaron la vida, comencé a entender algo.

Palabra, fuiste mi primer amor, mi amor infantil y adolescente, y la primera pérdida, cuando por el embeleso de vivir de vos me dediqué a escribir por dinero y lo nuestro se convirtió en un matrimonio rutinario del que sólo pude escapar engañándote con otro, el teatro.

Es que llevo la escena en mis genes. Mis abuelos se conocieron haciendo teatro. Mis padres, estudiándolo. Poco después de comenzar esa primera novela jamás culminada, aprendí a disfrutar el sentir los ojos fijos del público sobre mí. La adrenalina de la mirada ajena me transporta como ningún texto. Sin embargo, la letra también es mi herencia: otro abuelo fue escritor, y escribiendo recorrió el mundo. Así, tironeado entre las sangres, me debatí años.

La necesidad monogámica de la sociedad también se impuso a mis deseos artísticos. Si amaba a una no podía amar a otro, y viceversa. ¡Si hasta pertenecen a géneros distintos! “La” palabra, “el” teatro. ¿Qué clase de degeneración era el querer tener a ambos?

Las frustraciones me hicieron elegir el teatro, hasta que las desilusiones con éste me dejaron sin opciones que considerar.

Así anduve perdido, hasta que un día nos volvimos a encontrar, palabra, dos viejos amantes que después de décadas se cruzan por casualidad y que descubren que aunque hayan cambiado mucho, entre ellos sigue habiendo algo. Se miran, se sonríen tímidamente. Se resisten pero saben que, más pronto que tarde, terminarán revolcándose, sudando como en sus mejores épocas.

Y como por arte de magia, recuperar mi primer amor me permitió recuperar al segundo.

Heme aquí, entonces: bígamo y bisexual. Amando situaciones con uno y momentos con otra. Compartiendo mi vida con dos. Sufriendo el doble, pero disfrutando al cuadrado.

No está tan mal mi vida. Tengo sobre qué escribir, y eso me alcanza.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Bacanales

Sin duda el vino está ligado a mi historia: España, Italia y el sur de Francia me atraviesan; el Mediterráneo me constituye.

Desde el abuelo Jesús, que a mis 10 u 11 años ya quería hacerme tomar un poco de tinto berreta con soda en el almuerzo, hasta mi primera borrachera, de sangría, un mediodía familiar que terminé durmiendo en el auto de mi padre mientras almorzábamos en un restorán gallego. Del Nápoles de una bisabuela camorrista al País Vasco francés que me hizo pelirrojo corre la pulsión carmesí.

Tengo una frase que uso para declarar mi amor por los helenos clásicos (esos de la mitología): “Los griegos eran tan grossos que le inventaron un dios al vino”. No creo que sea una frase inspiradísima, ojo. Hold your horses. La declaración expresa a qué nivel de sofisticación/decadencia me parece que llega una civilización que le inventó una deidad patrona a la vid y su fruto (que no su fruta).

Sí, hay otras bebidas alcohólicas que me gustan. Ya he dejado constancia de mi amor por el bourbon, una bebida tan preñada de un imaginario que uno casi podría en ella el ahumado, la turba y las bolas del destilador.

Pero no hay ningún etilo comparable al vino en el aspecto social, comunitario, relacional. El whisky es la bebida para tomar solo por excelencia, quizás mientras se escucha algo de Dino, Ella, Coltrane o (si estás melanco) Chet.

En contraposición, juntarse a comer “y tomar unos vinos” es el cimiento de cualquier afecto duradero, particularmente los amistosos. El vino une a la gente.

No puede ser es casual que las primeras codificaciones de uno de los artes más primigenios de la Humanidad, el teatro, haya estado intrínsecamente ligada al dios de la uva. Durante las Dionisya, las fiestas originales que luego los romanos transformaron en las Bacchanalia, se celebraba el cultivo de la vid. Tenían lugar durante el solsticio de invierno, el punto a partir del cual la estación fría comienza a alejarse.

Era, por supuesto, una fiesta comunal. Además de desfiles y competencias de danza se hacían obras de teatro. El sol y el vino reaparecían y traían arte consigo.

Y así quedó ligada indisolublemente la vid a lo colectivo: para festejar su fruto, la gente se unía a divertirse, comer, beber y expresarse con su cuerpo. ¿Qué mejor pasado se le puede pedir a una bebida espirituosa que, justamente, tener tanto espíritu?


Espíritu mismo que me mueve a escribir esta elegía al mismo tiempo que tengo enfrente una copa que la inspiración momentánea de este texto todavía no me ha dejado besar. Algo que solucionaré ipso facto: salud, salute y santé. A beber y a vivir.