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miércoles, 5 de marzo de 2014

¡Por el amor de Dios, Montresor!

Quizá la última vez que lo vi tuve un presentimiento. Un pequeño sacudón cuando terminaba cada frase. Un ligero temblor en la barbilla. Un leve castañeteo de los dientes.

Sí, quizás la última vez que lo vi estaba tratando de decirme algo. Quizás quería convencerme de hacer lo correcto. Sabía de mis dudas y temores. Y, sin embargo, nunca dijo nada. Nunca puso las cosas en claro, blanco sobre negro. No creo que lo hubiera hecho, aún si hubiera tenido más tiempo del que en efecto tuvo.

Porque no era su estilo. Le gustaban los rodeos, los juegos de la mente. Siempre quería controlar la información que daba. Nadie sabía jamás más de lo que él quería que se supiera. Y cuando hablaba, usaba subterfugios, formas extrañas del lenguaje. Su magnetismo lo hacía un líder nato, alguien a quien los hombres seguirían hasta la muerte... y más allá de ser necesario. Su voz cautivaba a la multitud, sus palabras los calmaban, sus ojos los encandilaban. Pero siempre había un resabio de distancia, un aire de superioridad que no terminaba de gustarme. Y aunque llegué a amarlo, con el tiempo una pequeña espina se clavó en mi costado.

Recuerdo perfectamente la situación. En el hotel había un pequeño restaurant, donde yo la había conocido. Sus ojos eran grandes, como de gacela, y en ellos asomaba la misma expresión de inocencia. En contraste su boca, voluptuosa y sensual, carmesí, le daba un aire de extraterreno. Todo iba bien. Una sonrisa, un gesto cómplice, habilitaron mi gambito.

Me acerqué a su mesa. Tomé un rosa roja como sus labios de un florerito cercano y se la ofrecí. Rocé con ella sus manos, delicadamente. Su voz sonó, atiplada cual cristal tallado, y silenció al resto del mundo. No podría precisar cuánto tiempo charlamos, pero creo que fue más que suficiente como para convencerme de que era la mujer de mi vida o lo más parecido que me había sucedido hasta ese momento.

Entonces, por supuesto, llegó él. Traje negro de confección, dientes blancos, aliento sofisticado. Al verme me saludó y se encaminó a nuestra mesa. Lo presenté a ella. Sonriendo, tomó su mano y la besó, para luego instalarse a mi lado y ordenar al camarero que trajera una botella del mejor champagne para celebrar  la ocasión. Las razones del festejo no fueron esclarecidas en ese momento.

De inmediato comenzó a aplicar sus encantos sobre mi acompañante. Charlando, ameno, comenzó su eterno juego. Debí de haber dicho algo, hecho algo, pero solo pude contemplar absorto cómo iba envol­viéndola con sus palabras, atándola con argumentos, desnudándola con voz meliflua. Cuando me sonrió y me preguntó si me molestaba que ambos se fueran, oculté mi enojo y sonreí, mientras movía la cabeza expresiva­mente mostrando mi conformidad. Me dejaron solo en el salón; los demás pasajeros ya habían vuelto a sus habitaciones.

Sabía dónde encontrarlo, sin duda. Esperé. Esperé. Esperé hasta que comenzaron a limpiar alrededor mío. Entonces me levanté. Subí a mi cuarto, de donde quería tomar un par de cosas. Cerré la puerta y mi mano fue la única que sintió el quedo clic de la cerradura. El lugar donde solía alojarse cuando visitaba la ciudad no era lejos de allí, y en esa dirección abandoné el vestíbulo. Los tacos de mis zapatos resonaban en el empedrado de la calle a medida que me acercaba a su casa.

Golpeé. Volví a golpear. Tardó en abrir, pero al fin lo hizo. Todavía se apreciaban los rastros de la lujuria en su rostro cuando entornó la puerta para ver quién era el que llamaba. Al reconocerme, una sonrisa iluminó su cara, y me hizo pasar de inmediato.

Yo conocía bien esa sala de estar. Se dirigió a un barcillo que había en un rincón y preparó mi bebida favorita, Bloody Mary con extra vodka. La trajo junto con bourbon neat para él. Tenía ganas de hablar. Lo dejé explayarse. Como dije, sus palabras cautivaban a la gente y yo no era una excepción. Desde pequeño que había sido así. Al mismo tiempo, había una parte mía que no se conectaba; recelosa, evitaba ser seducida como lo era de forma habitual. En ese sector cerebral se repetía una frase, como un mantra: “¡Por el amor de Dios, Montresor!”. Pero no dejé que un retumbar de la infancia me distrajera.

Gozaba con su compañía, sí. ¿Para qué negarlo? Su conversación era amena, y podía haberla continuado por horas. Mientras lo escuchaba, mi vista había estado recorriendo el espacio, perezosa. Todo estaba en su lugar, como bien lo sabía. Cada cuadro, cada mueble, cada cortina. Sólo había una señal invasiva: apoyado sobre el sofá que él consideraba mi favorito había un abrigo rojo. Bueno, no un abrigo rojo. Su abrigo. El de ella.

Algo debe haber traicionado mi fachada imperturbable. Paró de hablar un momento, y cuando volvió a hacerlo, su tono había cambiado. Dijo captar un brillo en mi mirada. Un brillo frío, que le causaba una sensación extraña. No estaba acostumbrado a sentir cosas nuevas, él.

En un solo movimiento me paré y me acerqué al sillón donde se encontra­ba. Le pedí que se incorpo­rara. Del bolsillo interno de mi saco extraje el viejo cuchillo de caza de papá y se lo mostré. Era largo, con una hermosa empuñadura recamada en oro. Se incorporó, todavía sonriendo y se disculpó, puesto que con su charla no me había preguntado cual era el motivo , sin duda alguna importante, para acudir a visitarlo a aquella hora intempestiva.

Éramos dos los que sonreíamos cuando comprendió. El cuchillo siguió camino hasta que la empuñadura chocó contra él. Todo el tiempo lo miré a los ojos. El temor ya había pasado. Cuando, con un delicado movimiento, subí mi mano hasta su pecho y la apoyla hoja﷽﷽﷽o tiva a visiu pecho,  cosas nuevas, a.lo sabomo lo era de forma habitual. En ese sector cerebral se repetglobos oculaé ahí un leve -levísimo, imperceptible- siseo de aire escapó por entre sus labios.


Retiré la hoja y retrocedí un paso. Se sostuvo un momento y por fin cayó. Cuando terminaron sus estertores, me agaché y utilicé su batín para limpiar el arma, que coloqué cuidadosamente en su funda. Hecho esto, me dirigí a la puerta. La abrí y, sin mirar atrás, abandoné la casa de mi hermano, de vuelta al hotel.

miércoles, 4 de diciembre de 2013

Bacanales

Sin duda el vino está ligado a mi historia: España, Italia y el sur de Francia me atraviesan; el Mediterráneo me constituye.

Desde el abuelo Jesús, que a mis 10 u 11 años ya quería hacerme tomar un poco de tinto berreta con soda en el almuerzo, hasta mi primera borrachera, de sangría, un mediodía familiar que terminé durmiendo en el auto de mi padre mientras almorzábamos en un restorán gallego. Del Nápoles de una bisabuela camorrista al País Vasco francés que me hizo pelirrojo corre la pulsión carmesí.

Tengo una frase que uso para declarar mi amor por los helenos clásicos (esos de la mitología): “Los griegos eran tan grossos que le inventaron un dios al vino”. No creo que sea una frase inspiradísima, ojo. Hold your horses. La declaración expresa a qué nivel de sofisticación/decadencia me parece que llega una civilización que le inventó una deidad patrona a la vid y su fruto (que no su fruta).

Sí, hay otras bebidas alcohólicas que me gustan. Ya he dejado constancia de mi amor por el bourbon, una bebida tan preñada de un imaginario que uno casi podría en ella el ahumado, la turba y las bolas del destilador.

Pero no hay ningún etilo comparable al vino en el aspecto social, comunitario, relacional. El whisky es la bebida para tomar solo por excelencia, quizás mientras se escucha algo de Dino, Ella, Coltrane o (si estás melanco) Chet.

En contraposición, juntarse a comer “y tomar unos vinos” es el cimiento de cualquier afecto duradero, particularmente los amistosos. El vino une a la gente.

No puede ser es casual que las primeras codificaciones de uno de los artes más primigenios de la Humanidad, el teatro, haya estado intrínsecamente ligada al dios de la uva. Durante las Dionisya, las fiestas originales que luego los romanos transformaron en las Bacchanalia, se celebraba el cultivo de la vid. Tenían lugar durante el solsticio de invierno, el punto a partir del cual la estación fría comienza a alejarse.

Era, por supuesto, una fiesta comunal. Además de desfiles y competencias de danza se hacían obras de teatro. El sol y el vino reaparecían y traían arte consigo.

Y así quedó ligada indisolublemente la vid a lo colectivo: para festejar su fruto, la gente se unía a divertirse, comer, beber y expresarse con su cuerpo. ¿Qué mejor pasado se le puede pedir a una bebida espirituosa que, justamente, tener tanto espíritu?


Espíritu mismo que me mueve a escribir esta elegía al mismo tiempo que tengo enfrente una copa que la inspiración momentánea de este texto todavía no me ha dejado besar. Algo que solucionaré ipso facto: salud, salute y santé. A beber y a vivir.

miércoles, 7 de agosto de 2013

Tres días después

La línea se balanceaba precaria sobre un costado del lavatorio, como una cordillerita blanca con ganas de derrumbarse. Me apuré a esnifarla.

Levanté la cabeza para aspirar bien hondo. Me froté la nariz, los dedos. Los bordes del pequeño lavabo estaban completamente ocupados con cosas y cositas femeninas, asumí que de la dueña de casa. La as encerrado ya era suficiente.rido que ssto no auguraba nada bueno, necesariamente. La mala noticia de la semana tambiurúnica superficie razonable desocupada en ese baño estrecho era donde yo había peinado, haciendo malabares para no desperdiciar nada.

Me miré al espejo, y vi a la chica que atrás mío, en el otro extremo del pasillo-baño, estaba sentada meando. Tenía anteojos hipster y una remera amarillo patito que en letras negras decía “Autopartes Mexicanas”. Era rubia, regordeta, y con un par de tetas que le hacían honor a la tierra del mescal, grandes y que desafiaban la gravedad.

Le sonreí con toda la boca cuando sus ojos se cruzaron con los míos en la superficie reflectante. Ella me devolvió una similar mueca maníaca mientras seguía descargando lo que parecía una eterna cantidad de agua.

Aproveché los instantes después del mini vínculo para tratar de recordar más claramente cómo había llegado ahí.

La semana había empezado para la mierda.

Lo siento, no hay un eufemismo capaz de mostrar con más exactitud lo mal que nos había golpeado. Después de varios días a la deriva, funcionando en automático, yendo a trabajar y estudiar sólo por inercia, el viernes a la tarde me sorprendió con un llamado de P., el Mexicano. Esto no auguraba nada bueno, per se. La mala noticia de la semana también me la había dado él, y a través del mismo teléfono.

Tampoco era tanta sorpresa: vivíamos juntos en un derpa en el campus de su universidad, en el Upper East Side. Yo estaba ahí medio de querusa: el roomate anterior de P. se había ido antes de lo que le correspondía pero nadie había notificado a la autoridad apropiada de la institución, por lo que no le habían asignado un nuevo co-habitante. Con un pie allá y otro acá y sin ganas de seguir viviendo donde vivía, me mudé con él hasta definir mejor mi situación neoyorquina.

O sea que mi amigo estaba llamando a su casa, donde estaba yo. Con lo que queda claro que no era inusual el telefonema.

Pero esta vez, la llamada:

“¿Cómo va, güey? ¿Tienes algún plan para la noche?”.

No tenía. De hecho, ni se me hubiera ocurrido que sí, tenía ganas de salir. Tres días encerrado ya era suficiente.

“No tengo nada, güey. Pensaba por ahí quedarme viendo una peli…”. Ni a mis oídos sonaba convencido.

Se me rió: “¡No mames, cabrón!”.

Antes de que pudiera contestarle, siguió: “Cumple años el hermano de A., y hace una reunión en su casa. Va a ser tranquila, pero mejor que quedarnos mirándonos las caras en el 4K, ¿no?”.

“A.” era una mexicana amiga de él, fresa, que estudiaba en Parsons. Buena onda, muy party girl de NYC. No parecía mal plan, aunque realmente los ánimos no estaban como para andar de joda.

Traté de trasmitirle ese sentimiento: “¿Pero va a ser tranqui? Mirá que honestamente no quiero bardearla”.

Volvió a reírse. “Pero que chabón eres, güey. La casa del hermano es pequeña, seremos pocos. Hay un compromiso informal de llevar sólo chelas, nada demasiado fuerte para tomar. No seas puto hombre”.

Su argumentación aristotélica me convenció. O será que para el quilombo tengo el sí fácil. Quedamos en que lo esperaría en casa, a dónde también vendría el B., otro mexicano que estaba haciendo un doctorado en la Big Apple, aunque ya no recuerdo de qué. Creo que en Matemáticas. O algo así. El B. era un tipazo buena onda, grandote y con mandíbula cuadrada, lo un rato: estaba en el negocio del cineEl B. estaba mles. larga y blanca. Cuando llegamos ya habun poco tímido hasta que tenía algo de etanol adentro, momento en el cual se transformaba en una aspiradora de cuanta bebida alcohólica hubiera cerca, hasta caer desmayado sonriendo de oreja a oreja.

Cerca de las 20 estábamos los tres ya en camino hacia Brooklyn, donde vivía el hermano de A. en un coqueto one-bedroom con una cocina larga y blanca. Cuando llegamos ya había cierta concurrencia, un mix típico de esa ciudad: muchos latinos, algunos gringos.

Empezamos a entrarle a la Negra Modelo mientras examinábamos el ambiente en busca de potenciales parejas que nos ayudaran a dejar atrás el mal trago de la semana. Yo no encontraba nadie que me atrajera. El B. se dedicaba a libar más que a otra cosa. Sólo P. parecía estar parlándose a una mina, una anglo rubia de pelo corto y bajita, con quien yo había hablado sólo un rato: estaba en el negocio del cine. Era simpática, aunque no linda. Por supuesto, eso para mí no hubiera sido un límite necesariamente. Pero esta chica tenía una particularidad: del cuello, por debajo de donde estaría la manzana de Adán, le salía un larguísimo pelo negro.

No, en serio: el pelo era laaargo. Y oscuro. Parecía una cerda de cepillo más que una pilosidad humana. El tiempo que hablé con ella no pude dejar de mirárselo subrepticiamente cada tres o cuatro segundos. Mientras discurría sobre cine, actuación y la mar en coche, yo sólo quería preguntarle porqué, a los gritos y en la cara. No era posible que esta gringa no supiera lo que tenía en el cuello. Imaginé que intentaba hacer alguna especie de declaración política con respecto a las mujeres, su vello y los estándares de belleza de la modernidad, pero realmente no entendía cuál era. Calculo que algo del estilo: “Ámame a pesar de que me sale un tentáculo del cuello”. Who the fuck knows. Who the fuck cares. No me quedé hablando para averiguarlo. Ese pelo realmente me frikeó.

Por eso fue que un rato después cuandoí﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽bsena y ruidosa, lavatorio y mientras ella se lo mete, meo ruidosamentea puerta. la cara interna del brazo izquierdo.  vi que Cthulhu le había echado el ojo a P., me dispuse a rescatarlo. Pasé por al lado y le pedí disculpas a la interlocutora por llevármelo porque tenía que preguntarle algo. Ella se quedó como paralizada, pero su educado instinto WASP le impidió protestar.

Con P. nos fuimos en busca del B. y de algo más que beber, no imperiosamente en ese orden. El B. ya comenzaba a ponerse colorado a fuerza de cerveza, pero nosotros, víctimas del vello loco en pleno síndrome de estrés postraumático, decidimos que eso no era suficiente. Teníamos que escalar el grado de ingesta alcohólica.

Utilizando sus contactos aztecas, P. consiguió una botella de Absolut, que presumo sería del dueño de casa o de algún desubicado quien, por fortuna, había ignorado la regla tácita. La abrimos y algo comenzó a suceder.

Quienes han sabido tener su dosis de fiestas y que posean un mínimo sentido de la observación conocen que cada reunión de este tipo tiene lo que podríamos llamar momentos, y que se puede aprender a distinguir cuando sucede algo que anuncia el pasaje de un beat al otro.

La aparición de alguna otra botella más de vodka, y varias de tequila, un corto tiempo después de que nosotros empezáramos a tomar agua mineral rusa marcó uno de esos cambios de momento en la fiesta.

De repente, había mucha más gente. El departamento se llenó de voces, humo de tabaco y ruidos de vasos y copas entrechocándose. A., la chilanga fresa, sirvió de pararrayos de la electricidad del ambiente cuando declaró en voz alta que la fiesta se movía de casa. Nos íbamos a la vuelta de la esquina, al departamento de una amiga suya argentina. Y tendríamos una fies-ta.

La gente empezó a desplazarse hacia la puerta, pero A. se paró adelante cortando el paso. “Mientras ustedes mudan todo”, dijo, calculo que refiriéndose a las bebidas y no al mobiliario, “yo me voy al Coqui’s a comprar. Los que quieran, colaboren con $20”. Me apresuré a sacar un billete y sumarlo a la pila de Jacksons que ya estaba juntando a cuatro manos porque sí, después de la semana que habíamos tenido era evidente para todos que necesitábamos la medicina del Dr. Freud.

Creo que nadie paró de beber durante el desplazamiento: salimos directamente con los vasos en la mano. Y un rato después unas cuarenta personas ya estábamos instaladas en lo de M., la-argentina-que-vivía-a-la-vuelta.

La casa era linda, con un comedor grande, una habitación y un patio muy agradable a pesar de la fresca del cercano otoño neoyorquino. Lo único particular era ese baño, que no debía tener más de tres metros de ancho.

Alguien puso música afuera, y allí nos encontró bailando la vuelta de A., que como una Mamá Noel de las drogas entró tirando bolsitas a troche y moche. Capturé una y, en menos de lo que canta un gallo duro, me colé un par de llavetazos.

A partir de ahí, las siguientes tres o cuatro horas de fiesta son sólo un montaje en mi cabeza:

Estoy bailando en el patio, a puro salto, riéndome como si me hubieran contado el mejor chiste del mundo. Corte.

Alguien me pasa una botella de tequila, con quizá un poco menos de la mitad. Le hago fondo blanco. Corte.

Con un grupo de chicas que incluye a “Autopartes Mexicanas” cantamos abrazados, girando. Me suelto, un poco por la fuerza centrífuga y un poco por problemas con mantenerme en pie. Corte.

Quiero sentarme al lado de la tetona, pero calculo mal donde está la reposera que era mi objetivo y caigo redondo al piso, arrastrando algo que me tajea la cara interna del brazo izquierdo. Corte.

Hablando con la misma chica, veo que me queda muy poco del polvo de la alegría. Con evidentes propósitos pérfidos, la invito a compartir las últimas líneas conmigo. Nos dirigimos al baño. Ella entra primero. Yo le pongo la traba a la puerta.

Así llegamos al momento en el que se inició el relato.

“Autopartes Mexicanas” terminó de mear, se secó, se paró, se vistió y tiró la cadena. Mientras ella hacía todo eso, yo dispuse los últimos restos de perico en ese borde para que ella pudiera liquidarlos. Le hice un gesto con la mano y la invité a acercarse.

Los dos no podíamos estar frente al espejo lado a lado por el poco espacio que había, así que enrocamos, siempre mirándonos de frente. Sentí la leve presión de sus tetas contra mi pecho, y me maravillé de su tamaño viéndolas tan de cerca.

Mientras ella se inclinaba para esnifar, la coca me golpeó como un mazazo. Me paré detrás suyo, asomándome por el costado. Me gusta ver mujeres tomando merca: me excita. Tiene que ver con lo violento de esa tiza blanca entrando en la nariz, penetrando un orificio. Me resulta muy porno. Me hubiera puesto la pija dura de no haber estado duro todo el resto de mi cuerpo.

Desviando mi atención un segundo de cómo la rubia aspiraba, volví a mirarme en el espejo. Mi reflejo me devolvió una sorpresa: por encima de mi labio superior tenía un enorme mostacho estilo Pancho Villa, negro, poblado.

De repente, me antojé revolucionario mexicano de principios del siglo veinte. Y la idea más revolucionaria que se me ocurrió fue bajarle los pantalones y la bombacha a “Autopartes” mientras ella terminaba de aspirar, al tiempo que le manoteaba las tetas.

También así, de la nada, surgió de mí una voz cavernosa, de tabaco oscuro. Mientras me frotaba contra ella, con el pantalón todavía puesto y el pene más fláccido de la historia, la voz no paraba de repetir: “¡Qué tetas! ¡Qu tetas!".﷽ude repetir: "oscuro, ntra ella deco que le manoteaba las tetas.desdensor, é tetas!".

Ella se preocupó primero de liquidar lo suyo, mientras me devolvía la frotada.
Sin darse vuelta del todo, empezó a besarme. Cuando parábamos a respirar, yo no dejaba de repetir esas palabras y apretar las dos masas de carne, como si fueran lo único que mi cerebro pudiera recordar en ese momento. De vez en cuando me miraba al espejo para comprobar que mis nuevos bigotes siguieran en el mismo lugar.

No podría decir cuánto estuvimos así, en un escarceo vertical sobrecargado de excitación vacía que no podía ir mucho más lejos porque de haber estado más pétreos las autoridades habrndome con cara de culopuerta. La sus amigas, mir destrabja tremenda que portaba.encia. DE afuera llegaban voces femeninasían tenido que llamar a un forense.

En algún momento fuimos conscientes que estaban golpeando la puerta del baño con insistencia. De afuera llegaban voces femeninas: las amigas de la tetona la estaban llamando. Sus voces denotaban algo de preocupación; quizá temían lo que estuviera sucediendo dentro de ese baño.

Los golpes me sacaron el bigote y pude rescatarme un poco. Le subí bombacha y pantalones a la rubia, que no parecía haberse dado cuenta de que la estaban buscando.

Me mojndome con cara de culopuerta. La sus amigas, mir destrabja tremenda que portaba.encia. DE afuera llegaban voces femeninasé la cara, como si eso pudiera ayudarme a disimular el quiebre tremendo que portaba. Suavemente, dirigí a mi compañera de escarceos hacia la puerta. La destrabé. Al instante irrumpieron dos de sus amigas, mirándome con cara de culo. Sonreí, dije algunas palabras de ocasión, y me escabullí.

No quería más de esa noche; con Pancho Villa se habían disipado mis últimas energías. Antes de pensar si buscaba a P. o me volvía por las mías, apareció mi amigo, poniéndose la campera y con cara de apurado.

Nos hablamos al mismo tiempo, rápido.

“¿Nos vamos? Acabo de tener un encuentro en el baño que no me ha hecho popular con algunas mexicanas”, le dije.

“¿Nos vamos? Me quedé dormido en la cama, encima de toda la ropa, y me desperté con la gringa del pelo mamándome la verga, güey. La saqué pero me anda persiguiendo”, dijo él.

Tocaban retirada, estaba claro. Nos dirigimos hacia la puerta, cuando me acordé de algo: “¿Y el B.? ¿Dónde anda?”. “Tiene un pedo que no ve. Estaba durmiendo al lado mío”, me contestó. Y agregó: “Dejémoslo, que así no se va a mover a ningún lado”.

Como de todas formas el B. no viajaba en la misma dirección que nosotros porque vivía en el fondo de Brooklyn, al final de la línea D, decidimos dejarlo que durmiera la mona. A la tarde día siguiente nos enteraríamos que nuestro amigo había intentado volver a su casa, se había quedado dormido en el vagón y se había despertado en el otro extremo de la línea, en el culo del Bronx, sin la billetera.

Seguíamos parados ahí hablando cuando vi por el rabillo del ojo que la gringa succionadora amagaba acercarse, así que tomé a P. del brazo y salimos apurados mientras lo conminaba a no mirar atrás.

Una vez en la calle, el fresco de la mañana nos ayudó a despejarnos un poco mientras caminábamos hacia la estación de subte, comentando las aventuras de esa noche. Así, con un mosquetero menos, semiduros y medio borrachos, emprendimos la vuelta a casa. Había sido una buena y extraña noche.


Amanecía en Nueva York; era el sábado 15 de septiembre del 2001.

miércoles, 20 de marzo de 2013

Cita con B.


Hacía mucho tiempo que no me veía con B., la chica que no besaba.

Después de nuestro alejamiento seguimos en contacto por la infinidad de medios digitales que hacen imposible que dos personas dejen de saber de la otra a menos que pongan mucho esfuerzo.

Al mismo tiempo, algo seguía uniéndonos, vinculándonos. No podría precisar qué, aunque quizá tuviera que ver con que yo no me negaría a dejar que ella volviera a tragarse mi verga como supo hacerlo.

Pasaron meses. No sé cuántos exactamente. Menos de un año, seguro.

Un día recibí un mail. Sin muchas vueltas (no es su estilo), me decía que tenía ganas de verme, tomar algo, juntarse a charlar. Que había conocido un lugar cool por Belgrano, un ex petit hotel ahora convertido en espacio libativo/musical. Me dio la dirección y la fecha de la cita, descontando mi aquiescencia. Quizá sospechaba mis perennes ganas de cogerme su garganta o de manotear sus tetas generosas.

Así fue que me encontré el viernes siguiente, en una calle interna no lejos de Cabildo y Juramento, frente a un edificio que, desde afuera, más parecía una casa común y corriente, un poco venida a menos pero que todavía denotaba mejores épocas, que un bar.

No había timbre. Siguiendo las instrucciones de B., golpeé. De adentro venía una música apagada, que sólo pude identificar con claridad cuando la puerta se abrió: jazz.

Y, sí. Tenía que ser jazz.

Párrafo propio merece el morrudo que oficiaba de portero: un tipo más bien bajo, con cabeza afeitada, y con ese sobrepeso característico de los fanáticos de los músculos cuando deciden dejar de impresionar a sus amiguetes del gimnasio en esas largas sesiones homoeróticas de levantamiento de pesas, y entregarse a los placeres gastronómicos tanto tiempo vedados.

Sus ojos hundidos se clavaron en mi cara mientras me preguntaba el nombre. Todavía siguiendo las instrucciones de B., respondí “Fidelio”. Es cinéfila como yo. El pelado no entendió la referencia, o se hizo el boludo, pero revisó la lista que tenía en la tablita que llevaba en la mano izquierda, encontró el nombre y me franqueó la entrada.

Ingresé al foyer, que daba a un salón más o menos iluminado. En el extremo más alejado había un escenario en donde tres músicos tocaban la música que llenaba el ambiente: guitarra, batería, contrabajo.

Su sonido no era lo único que ocupaba el aire: el humo del tabaco se hacía más denso a medida que me adentraba en la sala rumbo a la escalera que había a un costado. B. me había dicho que me esperaba en el segundo piso.

Había gente, pero no mucha. Todo el lugar transpiraba intimidad. Abundaban los sillones, silloncitos y banquetas mullidas rodeando unas cuantas mesas ratonas. Al pie de la escalera, en un sofá contra la pared, dos chicos andróginos y veinteañeros se besaban non stop. O quizás eran dos chicas. O alguna otra combinación. Como digo, eran andróginos. La  media luz y el pelo corto jugaban con la percepción. “Primera cita”, pensé.

Subí la escalera. La madera protestaba cada paso, con un crujido no del todo desagradable.

El primer piso estaba más iluminado que la planta baja, y también más poblado de gente con tragos. Era donde estaba la barra, además. Hice una pausa en mi ascenso para escudriñar la pared detrás de esa barra, que mostraba una interesante cantidad de botellas. Dudé en comprarme algo, pero decidí ir al encuentro de B. antes de comenzar lo que, esperaba, sería una noche alcohólica.

Mientras me acercaba al segundo piso, lica﷽﷽﷽﷽﷽﷽e alcohcohol.antes de comenzar lo que, esperaba, serlas variadas. dudtrsrgas sesiones homoerque dos personas dejen de una duda apareció en mi mente: ¿con qué B. me encontraría? Porque, verán, ella tiene dos estilos: uno trash-trash en el que parece tener el pelo sucio, y la ropa rota que suele usar transmite una onda destroyed que no me cabe; y uno trash-cute en el que me dan ganas de terminar de romperle la ropa mientras le pego. Y me chupa la pija.

Nunca olvidemos eso: sus mad skillz in cocksucking.

Sabía que si estaba en Modo Trash-Trash On la cosa no iría más allá de tomar algo.

Me asomé al segundo piso, que en realidad era una especia de jardín de invierno construido techando más o menos la mitad de una terraza pequeña. Acá el olor a tabaco era sustituido por el más dulzón de la marihuana que llegaba desde afuera, de la parte no techada. La escalera seguía un piso más, pero una cadena de plástico cortaba el paso. Supuse que en el último piso era donde vivía la gente que administraba el lugar.

Ya entrando a pleno en el saloncito, vi que acá había menos gente aún que en el resto del bar. Cerca del fondo había un grupo de personas que, se notaba, ya hacía rato que estaban bebiendo.

Y en la única mesa alta, estilo americano, tomando lo que parecía un destornillador (jugo de naranja solo seguro no era), estaba B.

Mi corazón y mi bragueta se aceleraron un poco cuando comprobé que había decidido presentarse de la forma que más me gustaba. Tenía puesto un vestido negro inmensamente escotado, con falda apenas por debajo de la rodilla. Las medias de red estaban rotas en tres lugares estratégicos. Y, sorpresa de sorpresas, esta chica All-Star se había puesto zapatos. El detalle no me pasó para nada desapercibido. Puedo contar con los dedos de una mano las veces que la vi con calzado semi formal, ni hablar con los tacos que tenía ahora. Y estaba maquillada. Mía importarle salvo aos. A nadie parec, miraba a ver si en la otra mesa notaban nuestros cada vez mo ascendente que eventualmentenimamente, pero lo estaba.

De repente, la noche cambió de perspectiva. “Acá puede pasar algo”, pensé.

Famous last words.

Me acerqué, nos saludamos con un beso. En la mejilla, por supuesto. Me senté y ella, espontáneamente, se ofreció a traerme una bebida. Asentí y antes de que pudiera decirle qué, bajó. Tanta solicitud me descolocó un poco, pero no me niego a que me atiendan, y menos una mujer cuyo cada movimiento amenaza con provocar un desparramo de tetas.

Volvió con un Jack, neat, y una botella de agua mineral. Wow. La cosa venía en serio.

Nos sentamos y comenzamos a charlar y tomar. Nos pusimos al día con las cuestiones de cada uno: a quién nos estábamos cogiendo y cómo, qué series nuevas veíamos, y qué películas esperábamos con ansiedad.

Habrán pasado un par de horas, o cuatro, con frecuentes interrupciones de la charla para ir alternadamente al baño y a traer más tragos. Después del quinto Jack (y el segundo shot de José Cuervo), perdí la cuenta de la ingesta.

Habíamos comenzado la noche casi frente a frente con la mesa de por medio, pero de a poco fuimos acercando las banquetas altas hasta quedar casi pegados. Esto facilitaba mi obsesiva visión de su escote y los toques cada vez menos furtivos que ella le prodigaba a mi pierna, en un camino ascendente que eventualmente terminó en donde yo quería que terminara.

De vez en cuando, alcoholizado y todo, miraba a ver si alguien más notaba nuestros cada vez más frecuentes toqueteos. A nadie parecía importarle salvo a un tipo vestido con remera negra y jean, un rubio mega ario cuyo corte militar no hubiera estado fuera de lugar en la Hitler-Jugend. Hans (llamémoslo así) relojeaba de vez en cuando nuestros escarceos, tomando a solas en un rincón. Era el único que había quedado en todo el piso.

Cuando lo noté, me incliné y le pregunté a B. si sabía quién carajo era. Ella miró con toda la sutileza posible para una persona que ya llevaba, según mis cálculos, casi un litro de vodka dentro. Después se acercó a mi oído para gritarme que era uno de los dueños del local, al que tenía visto de antes, y que alguna vez había intentado levantársela. Vivía ahí.

Con esa información y una sonrisa sobradora me giré hacia él, está vez encargándome de que se diera cuenta de que lo estaba observando, y alcé mi vaso de Jack en un brindis burlón, para después liquidar mi whisky y volver mi atención sobre B. y, muy lentamente, manosearle las tetas.

B. se rió y se paró para ir a orinar por enésima vez.

Cuando llegó a la esquina del pasillo que desembocaba en el baño de damas se volvió para mirarme, desafiante.

Un segundo después, recogí ese guante. Si esta golfilla quería provocarme, pues yo me dejaría provocar. Me mandé atrás de ella.

Entré al baño de mujeres. Era un pasillo corto, iluminado con una bombita verde. Las paredes tenían dibujos medio girlie. Atrás estaba el inodoro, sobre el que se encontraba B., las medias bajas y la pollera levantada, haciendo equilibrio (no facilitado por su estado etílico) para mear sin tocarlo. No dijo nada cuando me vio entrar.

Cerré la puerta con cuidado.

Un instante después, le di un cachetazo que resonó en mis oídos como el mejor jazz del mundo. Inmediatamente volví a cruzarle la cara en la dirección opuesta, intentando darle aún más fuerte. Sus ojos se pusieron en blanco un instante. Sonrió. Quería más.

Happy to oblige.

Le tomé el cuello con las dos manos y comencé a apretar al tiempo que intentaba levantarla. La sonrisa se borró de su rostro, y sus manos manotearon mis antebrazos, golpeando débilmente. Detrás de los anteojos, sus ojos me miraban fijos, con un lindo asomo de miedo que nunca había visto antes en ella.

Mi pija se endureció. Me reí mientras regulaba la presión que ejercía sobre su garganta. Su respiración era sibilante. Sus piernas flaqueaban. Me acerqué a su oído y susurré:

“No pares de mear, puta. Y no te desmayes, eh. No sin permiso. ¿Esto te gusta? Sabés lo que tenés que decir, ¿no?”.

No contestó. Volví a mirarla a los ojos. Atrás del temor estaba la comprensión. Le pregunté de nuevo:

“¿Sabés lo que tenés que decir?”.

Con esfuerzo sonrió, cada vez con menos aire, y asintió con los ojos. Mi conciencia liberada me permitió apretarle el cuello un poco más. Sentí que ella empezaba a perder el conocimiento. Su cuerpo se convirtió en peso muerto por un segundo.

En ese momento, alguien irrumpió en el baño, rompiendo de una patada el débil cerrojo que mantenía la puerta en su lugar. Era Hans.

Solté a B. y me giré para enfrentarlo.

Él intentó manotearme la camisa y sacarme del baño. Yo, con un ojo puesto en B. y en su estado, lo empujé y salí.

Afuera, nos trenzamos. Esas peleas de borrachos son difíciles de describir a posteriori: uno tira piñas, patadas, lo que sea, y espera que algo conecte. Caímos al piso, revolcándonos. De lejos creí escuchar algún grito de B.

Pronto, otra manos me asían, tratando de separarme de Hans. Me gustaría decir que estaba ganando los trompis, pero honestamente ni recuerdo. La poca lucidez etílica que me quedaba sí me permitió ver que el morrudo de la puerta era el que me había agarrado, desde atrás. Calzó mi cuello en el hueco de su codo, en una llave de estrangulación que me hizo caer en una semiinconsciencia.

Desde el piso, entre brumas, pude divisar como el pelado ayudaba a Hans a levantarse. El rubio lo empujó a un costado y se dirigió a B., que parecía estar gritando desde la puerta del baño. La calidad de los gritos cambió cuando Hans le pegó un trompazo en la mandíbula. B. cayó la piso, cerca de mí.

Me desvanecí unos segundos. Creo. Es difícil de precisar. Pero no fue mucho más de un minuto porque cuando comencé a volver a la consciencia B. todavía estaba en el piso. Y gritaba de forma ahogada.

El pelado le sujetaba las muñecas, mirando con ojos enrojecidos y respiración entrecortada la escena de la que era partícipe. Ella tenía el vestido roto; sus tetas se desparramaban para los costados mientras se sacudía e intentaba cerrar las piernas, en vano. No podía hacerlo porque Hans estaba ahí metido. Desde mi perspectiva podía ver bombear su culo lampiño, furiosamente. De vez en cuando sacaba la mano con la que estaba tapando la boca de B. para darle un cachetazo fuerte.

Me incorporé como pude. Todavía mareado, miré alrededor, buscando algún elemento contundente. Mi mano se cerró, medio a ciegas, sobre un botella de cerveza.

Hans y su mono estaban tan concentrados en lo suyo que no se dieron cuenta de lo que estaba por pasar.

Le rompí la cabeza al ario de un botellazo. El sonido me resultó muy satisfactorio. El gordo soltó a B. e intentó tirarse sobre mí, pero con los restos del envase amagué cortarlo y lo mantuve a distancia. Me rodeó para dirigirse a reanimar a su amo mientras yo mantenía parte de mi atención sobre ambos y me inclinaba para ayudar a B.

Además de la ropa destrozada, ella tenía marcas en todo el cuerpo: las manos del morrudo le habían lastimado las muñecas, tenía el labio roto y multitud de moretones en el estómago y piernas. Pero algo me llamó la atención.

Sus anteojos estaban intactos.

Los seguía teniendo puestos, si que quizás un poco ladeados. Pero estaban incólumes.

Acerqué mi rostro al suyo para comprobar que esto era cierto. Y con un hilo de voz, B. susurró:

“Sé lo que tengo que decir”.

La miré a los ojos. Y ella me sonrió, con los dientes manchados de sangre, la sangre de su labio.

No hizo falta que me lo repitiera.

Retrocedí hacia la escalera. Hans ya había vuelto en sí y, ayudado por el morrudo, comenzaba a incorporarse.

Intercambiamos una mirada interminable que habrá durado dos segundos.

Bajé la escalera lentamente. Y me fui.

No volví a encontrarme más con B.