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miércoles, 9 de abril de 2014

Escribo para ustedes

Escribo para ustedes.

Escribo para que me lean, y me experimenten. Para que puedan ver cómo les veo yo, cómo me paro frente al mundo, cómo indago en mis miserias y alegrías. Intento, a veces con más éxito y a veces con menos, hundir el tecladocuchillo en mi costado y que manenmanchen las letras, organizándose como quieran o puedan. Salpicré digital de devenires.

Ya ni sé si es catarsis o ejercicio. Quizá sean inconfundibles en el buen arte. O no. Ni arte ni parte. Quizá, las dos; aunque de ningún modo pretenderé convencer a alguien de que estas palabras lo sean.

Creo que nadie escribe porque quiera. Lo hacemos porque no queda otra; no hay opciones; no hay alternativas; si no, la cabeza sangra o el corazón estalla. Podés escribir para comer, pero la dimensión profunda de lo real aparece sólo cuando escribís para vivir. Y un día te das cuenta que vivís escribiendo.

A veces yo, que me he pasado la existencia queriendo ser lo que otros querían que fuera y envidiando a quienes tenían lo que creía que yo merecía tener, siento que me acerco a alguna verdad mientras tipeo. No con las palabras, si no con el acto. O, para ser preciso, la razón del acto: escribo porque lo necesito.


Escribo porque las necesito. Escribo para ustedes dos, porque las amo.

miércoles, 5 de febrero de 2014

Bigamia

Me pasé la vida buscando temas sobre los que escribir.

Soñé ser escritor, mi primer sueño. A los 8 años me senté a trabajar en una novela. Todavía no la terminé, ni tampoco la que pretendió seguirle.

Vamos, que ninguna novela que empecé la he finiquitado.

Es que tengo poca paciencia por la acción física de escribir. Me molesta, pero me daría vergüenza dictar cosas y pasárselas a alguien para que las transcriba. Eso no es lo que hace un artesano. Si a veces hasta me dan ganas de agarrar la Olivetti del abuelo, esa en la que empecé “El castillo oscuro” (título de mi prima opus, en plena etapa Poe) y martillar un poco las teclas para sentir que sudo más estas palabras. La computadora sirve, es funcional. Pero le quita encanto a la tarea.

Porque si escribir fue mi primer amor, mi primer calentura fue teclear en la máquina. Sentía un placer fetichista simplemente en oler la tinta, escuchar los ruidos mecánicos que causaban las teclas, y ver el impacto de la letra sobre el papel.

Me pasaba tardes enteras tipiando: una lista de mis libros; un índice para mi colección de Las Mil y Una Noches que marcaba en qué página empezaba y terminaba cada historia de Scherezade; nombres de dinosaurios; letras de canciones, transcritas con la oreja pegada al grabador.

No podría asegurar cuándo ese fetiche por una acción se convirtió en amor por la palabra escrita y ganas de aprender a encauzarla (que dominarla es una quimera, sé a esta altura). Pero seguro que tuvieron mucho que ver los libros de Salgari, Verne y Wells que poblaron mi infancia, y la claridad narrativa que tenían, más allá de la posible crítica literaria que pueda hacérseles. El cuento siempre era claro.

Pero cuando entendí que con una historia podías embelesar a otro ser humano, abrirle las puertas de un mundo nuevo, ahí fue que la palabra me capturó. Cuando Hesse, Heinlein y Tolkien me cambiaron la vida, comencé a entender algo.

Palabra, fuiste mi primer amor, mi amor infantil y adolescente, y la primera pérdida, cuando por el embeleso de vivir de vos me dediqué a escribir por dinero y lo nuestro se convirtió en un matrimonio rutinario del que sólo pude escapar engañándote con otro, el teatro.

Es que llevo la escena en mis genes. Mis abuelos se conocieron haciendo teatro. Mis padres, estudiándolo. Poco después de comenzar esa primera novela jamás culminada, aprendí a disfrutar el sentir los ojos fijos del público sobre mí. La adrenalina de la mirada ajena me transporta como ningún texto. Sin embargo, la letra también es mi herencia: otro abuelo fue escritor, y escribiendo recorrió el mundo. Así, tironeado entre las sangres, me debatí años.

La necesidad monogámica de la sociedad también se impuso a mis deseos artísticos. Si amaba a una no podía amar a otro, y viceversa. ¡Si hasta pertenecen a géneros distintos! “La” palabra, “el” teatro. ¿Qué clase de degeneración era el querer tener a ambos?

Las frustraciones me hicieron elegir el teatro, hasta que las desilusiones con éste me dejaron sin opciones que considerar.

Así anduve perdido, hasta que un día nos volvimos a encontrar, palabra, dos viejos amantes que después de décadas se cruzan por casualidad y que descubren que aunque hayan cambiado mucho, entre ellos sigue habiendo algo. Se miran, se sonríen tímidamente. Se resisten pero saben que, más pronto que tarde, terminarán revolcándose, sudando como en sus mejores épocas.

Y como por arte de magia, recuperar mi primer amor me permitió recuperar al segundo.

Heme aquí, entonces: bígamo y bisexual. Amando situaciones con uno y momentos con otra. Compartiendo mi vida con dos. Sufriendo el doble, pero disfrutando al cuadrado.

No está tan mal mi vida. Tengo sobre qué escribir, y eso me alcanza.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Miles (Monólogo V)

El timbre metálico me eriza la piel. Me lleva a lugares prístinos. El ritmo del contrabajo me hace sudar las manos. El saxo sucede, me arrastra.

La mente se transporta a otro lugar. Huelo el humo espeso, mezcla de cigarrillo y marihuana. Huelo el sudor de ese negro que toca. Huelo las notas, huelo el amor por el instrumento. La declaración de un poema errático, asincopado, multiétnico.

Pocas cosas hay más distantes a la soledad de quien escribe que una banda de música. Un solista es una cosa, claro. Pero una banda… una banda es más que mucha gente tocando separadamente. En los mejores momentos, aparece un cuerpo invisible, una bifurcación que une. En esos momentos, la música es una buena sesión de sexo grupal, con bocas que soplan, dedos que tocan, orificios que se llenan, pieles que se golpean.

¿Un escritor? La expresión máxima de la masturbación. No dudo: una buena paja es algo imponente, digno de ser experimentado. Algo lindo de hacer de vez en cuando. Pero la soledad de la paja es agobiante. Nada que ver con la compañía que tiene un trompetista que sabe, que siente, que puede recostarse sobre los platillos, dejar entrar al piano y bailar con las cuerdas.

Quizá los músicos piensen de forma especular con respecto a la artesanía de tipear y poner una palabra atrás de otra. Puede ser que les pase, como a tantos, como a mí, que sueñen con tener lo que no tienen. Pero hay una desventaja que no le acaece: la música, aún la música mala, ataca su objetivo en un lugar que no tiene nada que ver con lo intelectual. El pie se menea al son del compás sin que el lóbulo frontal diga nada.

El escritor, por otro lado, tiene que romper no uno si no dos cerebros. Primero, el suyo. Romper la cuadratura de la propia cabeza, de las cadenas encarnadas, de la miseria de intuir que la palabra exacta siempre es otra. Y después el cerebro que tiempo después leerá esa serie de caracteres hechos palabras hechas frases hechas textos. Si abrir una mente es difícil, abrir dos lo es exponencialmente más.

Escribo desde hace treinta años, y recién empiezo a entender las sutilezas de este arte. Recién, quizá, comienzo a romper mi propia cabeza. Queda por ver si puedo desmantelar alguna otra.


Mientras tanto, escucho al dios de la trompeta explicarme de qué va la cosa.

lunes, 7 de enero de 2013

La escritura como expulsión de fluidos corporales


Escribir está a mitad de camino entre vomitar y eyacular. La necesidad imperiosa de poner palabras en el papel se enfrenta a la pereza, pero si uno se estimula previamente puede ser mucho más fácil.

¿Cuántos escritores escriben porque quieren? ¿Cuántos porque no pueden evitarlo?

A confesión de partes, relevo de pruebas, dicen los poco inspirados. Como yo acabo de hacer. Pero no es menos cierto por trillado. La confesión: no soy escritor. Escribir no me apasiona. Escribir es, simplemente, la mejor manera de poner un freno a los pensamientos que machacan mi cerebro, mi córtex. Un exorcismo.

Sí, eso.

Déjenme redefinir la primera frase entonces: “Escribir está a mitad de camino entre vomitar y hacer un exorcismo”. Esa síntesis me gusta.

Y entonces me voy a dormir.