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miércoles, 8 de octubre de 2014

Alas

Encontré mis alas hace algunos años.

La guerra había sido como todas: devastadora. Despiadada. Destructora. Si alguien me hubiera dicho que alguna vez iba a experimentar una trinchera, me habrrpro fin﷽﷽ me permiti. Sl sás de mnde mirara hab por ver a do.minar humano.
eran pasos cortos, pero a medida que avanzaba mis piía reído. Pero las Moiras se complacen en contrariarnos, y así terminé enfangado hasta las rodillas envuelto en batallas que ya no quería pelear, que ya estaban perdidas.

Algo me explotó en la mano, sin que me diera cuenta. Quizá fuera alguna granada que debía arrojar pero olvidé. Lo cierto es que el shock me hizo perder el conocimiento.

No sé cuánto tiempo estuve desvanecido. A veces se me antoja que fue sólo un segundo, un momento cuántico. Otras, que deben haber sido meses. Cuando despertrpro fin﷽﷽ me permiti. Sl sás de mnde mirara hab por ver a do.minar humano.
eran pasos cortos, pero a medida que avanzaba mis pié, me incorporé tambaleante. Sólo recuperar la verticalidad fue un triunfo. Intentar encontrar el eje se complicaba, y la tozudez fue lo que me permitió erguirme por fin.

Estaba solo.

Tuve que aprender a caminar de nuevo. Un pie delante del otro. Al principio eran pasos cortos, pero a medida que avanzaba mis pisadas se hacían más firmes y seguras, hasta que ya pude moverme en algo que remedaba un andar humano.

El haberme concentrado tanto en la mecánica de los pasos me había hecho no prestar atención a dónde me conducían. Cuando alcé la cabeza, me encontré en medio de un bosque tupido y silencioso. Detrás de mí, la espesura se había cerrado. En todas las direcciones una pared arbórea me impedía el paso.

Pero en el pequeño claro que formaba el círculo verde que ahora me rodeaba, sobre una piedra, había un par de alas.

Me acerqué temeroso, con lentitud. No podía creer mis ojos. Las alas eran de color rojo, vibrantes. Las toqué, y su contacto me calmó. Las contemplé un segundo, embelesado. Luego las tomé y las puse en mi espalda.

Con desearlo podía moverlas. Despacio al principio, pero enseguida con más fuerza, comencé a aletear. Y mis pies se separaron del suelo. Así me elevé, mirando hacia arriba, buscando escapar del laberinto clorofílico que me atrapaba, hasta que vi las copas de los árboles bajo mis pies.

El viento frío me refrescó la cara y comencé a probar cómo desplazarme, cómo debía acomodar el cuerpo y mover las alas para ir en la dirección que quería. Practiqué un rato largo, pero la ansiedad por surcar el cielo me consumía y me lancé a volar con una libertad que nunca había encontrado en la tierra.

Así recorrí kilómetros y kilómetros, aprovechando las corrientes termales para subir y bajar. Dejé al bosque atrás: vi praderas y lagos, mesetas y tundras, paisajes que se deslizaban raudos ante mis ojos, como modelos en miniatura con altísimo detalle.

Volé sin hambre, sin sed, sin sueño. Volé por años. Recorrí distancias que jamás hubiera podido surcar a pie. La felicidad de ese conocimiento me hacía sentir pleno.

Y me puse soberbio. Quise ver cuán alto podía llegar, cuan pequeñas podían verse las personas que quedaban debajo. Comencé un ascenso casi vertical, rápido.

Subí y subí. Me acerqué tanto al Sol que ocupaba todo mi campo visual. El calor era un apéndice que me envolvía, me apresaba; las alas empezaron a chamuscarse. Cada vez me costaba más esfuerzo agitarlas; cada vez tenía menos sustentación. La tozudez apareció de nuevo, esta vez transformándome en polilla.

Segundos antes de convertirme en émulo de Ícaro, sin embargo, encontré fuerzas para desistir y me arrojé en picada. Caí en un lago; quizá eso me haya salvado. Emergí con el cuerpo roto otra vez, y las alas ennegrecidas, deshilachadas. Quise llorar frente a la casi pérdida, pero mi cara ya estaba húmeda y no le vi el sentido.

Entendí la oportunidad que el destino me había dado. Me dediqumo. Pero tras mucho esfuerzoe nuevo, temeroso de haberme olvidado el cmano.
eran pasos cortos, pero a medida que avanzaba mis pié a recuperarme y fortalecer mis alas. Tuve que aprender a volar de nuevo, temeroso. Pero tras mucho esfuerzo, un día volví a sentir que mis pies se despegaban del piso. Sonreí y volví a vivir.


Encontré mis alas hace ya unos años. Casi las pierdo, pero quiero seguir volando. Ahora las cuido más, y vuelven a estar lustrosas, aunque tengan un fino borde negro que las contornea. Estoy impaciente por ver a dónde me llevan.

miércoles, 14 de mayo de 2014

Nombres

Nos nombran y nos marcan. Y es algo muy premeditado; durante meses, quizás, madres y padres buscan cual será la nomenclatura que nos aplicarán. Ese hecho, la elección de un nombre, puede llevar a peleas extremas: darle a alguien el patronímico de una persona ya existente se juzga como un halago, aún antes de saber si el retoño hará honor o no a la dudosa distinción. En contrapartida, favorecer a una rama familiar por sobre la otra puede desencadenar rencillas que avergonzarían las peleas interclanes de los Highlands.

Nos nombran y nos ponen un género. No hay hombres llamados “Isolda”. No hay mujeres llamadas “Tristán”. La pregunta sería por qué. ¿Qué hace que un nombre sea “de varón” o “de mujer”? Ese constructo social es la primer etiqueta que nos asignan, y de allí la fuerza que cobra el poder autonombrarse. Quienes lo asignan sienten amor, pero ya nos están coartando la libertad.

Un nombre, entonces, es violencia y querencia al mismo tiempo, en un mismo cuerpo. Cargar esa contradicción es a veces insostenible.

Entonces puede ser que busquemos renombrarnos. Cambiar el cartelito con el que nos presentamos al mundo. Este acto es liberador. Quitarse una marcación que nos fue asignada a la fuerza y elegir la que queramos, la que sintamos que nos describe y comprende.

Ponerse el nombre propio abre puertas y clausura oscuridades. La nueva nomenclatura de necesario tendrá más consonancia con quien seamos que la que nos recibió al nacer, decidida antes del momento en el que dejamos el calor líquido del vientre maternal.

Muchas culturas tienen nombres sucesivos: nombres que usa la familia, nombres formales, nombres a partir de la mayoría de edad, nombres que la persona en cuestión elige por sí misma.

No deja de resultarme extraño que en este mundo de capitalismo individualista en el que nos venden que somos todos únicos, debamos cargar desde el nacimiento hasta la muerte con un mote que quizá no nos defina, o no lo haga por completo.¿Será que lo que nos quieren imponer es el individualismo pero no la individuación?


Yo sigo buscando mi nombre, el más verdadero. Algún día, lo encontraré. Ese día seré libre, aunque más no sea por un rato.

miércoles, 23 de abril de 2014

Noche de estreno

La gente me pregunta si estoy nervioso. Si hoy, que es la gran noche, me siento diferente. Y lo cierto es que no sé qué contestar. Yo, el verborrágico, no encuentro palabras exactas.

Nervioso-nervioso no estoy. Lo que sucede antes de salir a escena sólo lo conoce quien lo ha experimentado, y no es nerviosismo. Tampoco miedo. Es una mezcla de ambas, matizada con un montón de otras más, que nos conmueven de una forma poco habitual en la modernidad diaria que nos atraviesa.

Soy Neil Armstrong dando el primer paso en la Luna. Soy Arquímedes sumergiéndose en la tina buscando la respuesta a un problema en apariencia inatacable. Soy Darwin en la Gran Galápagos, intentando entender porqué hay tantos pinzones diferentes en esas islas.

Sensación de descubrimiento es lo que me atraviesa. Un gran salto al vacío, diría, si no fuera porque el vacío está lleno de trabajo. Y, si tenemos suerte hoy, de generosidad y amor, de comunión y sentires.


Es noche de estreno. Me siento vivo.

miércoles, 2 de abril de 2014

Cuando haya besado cada uno de tus dientes

Mi búsqueda es cualquier cosa menos mundana.

Busco el color que no he visto, la nota que sólo escucha un felino, el aroma sutil que mi nariz no capta, la piel que no he acariciado aún.

¿Porqué? ¿Qué sentido tiene ver, oler, saborear, tocar, lo que cada persona desde el comienzo de la Humanidad, desde que el primer primate que se autonombró ha visto, olido, saboreado, tocado?

No saber el sentido no implica no tener la compulsión de la búsqueda de todos modos. Porque el impulso de ir más allá está siempre presente, ese deseo de querer mover la frontera.

Un paso atrás de otro, y el impulso de dar uno más. Así se avanza, aunque a veces parezca que se retroceda. Lo viejo es lo nuevo, tanto como que lo novedoso se convertirá en antiguo en un parpadear.

La indagación es a solas aunque estemos rodeados de un oleaje de carne. Sin embargo, un círculo de amor es la mejor compañía para el viaje. Por eso estamos acá.

Y cuando haya besado cada uno de tus dientes; cuando haya lamido todos tus recovecos; cuando haya saboreado cada agujero de nuestros placeres; cuando haya acariciado y castigado cada parte de tu cuerpo; cuando haya conocido y deconstruido tu alma; cuando nuestras huellas se confundan en una sola, allí comenzará la aventura de recorrernos de nuevo.

lunes, 7 de enero de 2013

La escritura como expulsión de fluidos corporales


Escribir está a mitad de camino entre vomitar y eyacular. La necesidad imperiosa de poner palabras en el papel se enfrenta a la pereza, pero si uno se estimula previamente puede ser mucho más fácil.

¿Cuántos escritores escriben porque quieren? ¿Cuántos porque no pueden evitarlo?

A confesión de partes, relevo de pruebas, dicen los poco inspirados. Como yo acabo de hacer. Pero no es menos cierto por trillado. La confesión: no soy escritor. Escribir no me apasiona. Escribir es, simplemente, la mejor manera de poner un freno a los pensamientos que machacan mi cerebro, mi córtex. Un exorcismo.

Sí, eso.

Déjenme redefinir la primera frase entonces: “Escribir está a mitad de camino entre vomitar y hacer un exorcismo”. Esa síntesis me gusta.

Y entonces me voy a dormir.