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miércoles, 4 de diciembre de 2013

Bacanales

Sin duda el vino está ligado a mi historia: España, Italia y el sur de Francia me atraviesan; el Mediterráneo me constituye.

Desde el abuelo Jesús, que a mis 10 u 11 años ya quería hacerme tomar un poco de tinto berreta con soda en el almuerzo, hasta mi primera borrachera, de sangría, un mediodía familiar que terminé durmiendo en el auto de mi padre mientras almorzábamos en un restorán gallego. Del Nápoles de una bisabuela camorrista al País Vasco francés que me hizo pelirrojo corre la pulsión carmesí.

Tengo una frase que uso para declarar mi amor por los helenos clásicos (esos de la mitología): “Los griegos eran tan grossos que le inventaron un dios al vino”. No creo que sea una frase inspiradísima, ojo. Hold your horses. La declaración expresa a qué nivel de sofisticación/decadencia me parece que llega una civilización que le inventó una deidad patrona a la vid y su fruto (que no su fruta).

Sí, hay otras bebidas alcohólicas que me gustan. Ya he dejado constancia de mi amor por el bourbon, una bebida tan preñada de un imaginario que uno casi podría en ella el ahumado, la turba y las bolas del destilador.

Pero no hay ningún etilo comparable al vino en el aspecto social, comunitario, relacional. El whisky es la bebida para tomar solo por excelencia, quizás mientras se escucha algo de Dino, Ella, Coltrane o (si estás melanco) Chet.

En contraposición, juntarse a comer “y tomar unos vinos” es el cimiento de cualquier afecto duradero, particularmente los amistosos. El vino une a la gente.

No puede ser es casual que las primeras codificaciones de uno de los artes más primigenios de la Humanidad, el teatro, haya estado intrínsecamente ligada al dios de la uva. Durante las Dionisya, las fiestas originales que luego los romanos transformaron en las Bacchanalia, se celebraba el cultivo de la vid. Tenían lugar durante el solsticio de invierno, el punto a partir del cual la estación fría comienza a alejarse.

Era, por supuesto, una fiesta comunal. Además de desfiles y competencias de danza se hacían obras de teatro. El sol y el vino reaparecían y traían arte consigo.

Y así quedó ligada indisolublemente la vid a lo colectivo: para festejar su fruto, la gente se unía a divertirse, comer, beber y expresarse con su cuerpo. ¿Qué mejor pasado se le puede pedir a una bebida espirituosa que, justamente, tener tanto espíritu?


Espíritu mismo que me mueve a escribir esta elegía al mismo tiempo que tengo enfrente una copa que la inspiración momentánea de este texto todavía no me ha dejado besar. Algo que solucionaré ipso facto: salud, salute y santé. A beber y a vivir.

miércoles, 31 de julio de 2013

As de Trébol

La edad de la mujer no es fácil de determinar. Podría tener veinte, o haber pasado la treintena. Su cabello es rojo, pero de un rojo artificial. Los labios también están pintados de ese color. Cubriéndole la parte de atrás de la cabeza usa una pañoleta con alguna clase de diseño que no se distingue bien, en donde vuelve a predominar el carmesí, esta vez mezclado con blanco y azul claro.

Sobre un fondo de pastos altos, amarillentos, la mujer se arrodilla, de tres cuartos, sobre un mantel. Es obvio que está de picnic. Su muñeca izquierda sostiene una canasta de mimbre, dentro de la cual se adivinan elementos que no se diferencian con claridad.

La mujer se muerde apenas el dedo índice de la mano derecha mientras mira pícara a cámara. Sus tetas son pequeñas pero se notan increíblemente firmes, con el pezón izquierdo mirando en la misma dirección que los ojos, como desafiando al observador.

Apostaría que en el momento de la foto lo único que tenía puesto era ese pañuelo, pero algún impulso censor hizo que después le pintaran la bombacha que usa: de color rojo, obvio, y con lunares blancos.

¿A quién esperaba esta señora, ya que a pesar de la edad indeterminada no puedo sacudirme la impresión de que es una “señora”? La foto está armada, no es espontánea, pero: ¿tendría confianza la modelo con el fotógrafo? ¿Será una imagen cándida, tomada como un juego entre amantes, que al final termina ilustrando un mazo de cartas francesas? ¿Se habrán revolcado por ese pasto seco después de la sesión de modelaje, clavándose gramilla en la espalda mientras arqueaban el cuerpo para acercarse el uno al otro, para meterse uno dentro de otra, disfrutándose?

Toda la escena, a pesar de la muy clara intención de agitar las llamas de los malos pensamientos, tiene una cuota de inocencia. Ella está feliz de mostrar sus pechitos al amante-cámara, un ojo fijo que la inmortalizará, que hará que ese rostro no tan joven nunca se arrugue, que sus tetas saltarinas y campechanas no cedan al impulso de caer.

No se le puede haber cruzado por la cabeza a la modelo, ni al fotógrafo, que quién sabe cuántos años después, a miles y miles de kilómetros de distancia del prado de colores amarillentos que los inspiró, un chico de diez u once se escabulliríaLa contraposicismo en secreto cada vez que podía para observarla horas y horas, sin terminar de entender bien qué le pasaba en la entrepierna durante esa contemplación.

Escondida en un cajón, dentro de una cajita de plástico con otras chica señoras, atrás del cortaúñas y otras minucias personales del abuelo, me la imagino esperando el momento de salir a la luz, aunque fuera por un período breve, durmiendo un sueño de cartón pintado sólo interrumpido por mis manos ansiosas. Siempre sentí que esa sonrisa cómplice me la daba como para tranquilizar los latidos acelerados de mi corazón preadolescente. No diría que la amé, pero sí que acompañó muchas de mis tardes y que, cuando durante un tiempo la creí extraviada, me sentí triste.

Pero no estaba perdida; después de una mudanza, un día la encontré, y a todas las demás, rebuscando en viejas cajas. Estaba en una valija antigua, de tela, llena de fotos en blanco y negro desde las que me miraban unos abuelos jóvenes y sonrientes.

Durante unos segundos, contuve la respiración, temiendo romper algún hechizo que me la hubiera traído de vuelta. Pero no era un espejismo. Ahí estaba, junto con las diez y tantas amigas que tan bien recordaba.


Le di un lugar en mi biblioteca. Ahora cada vez que quiero verla no tengo que esconderme. Y su sonrisa sigue igual, tan invitadora como sus tetas.

miércoles, 19 de junio de 2013

El exilio del abuelo

Mi abuelo llegó a la Argentina en 1949. Traía una esposa, un hijo de siete años y la amargura del exilio franquista. Venía de vivir casi toda su vida en tierra tomada, el llamado “Marruecos Español”, la franja del norte de África que España soñó con hacer su propia Argelia.

Allá, don Jesús llevaba los números de unas granjas. Siempre tuvo buena cabeza para los números, el valenciano. Hasta los treinta años había sido un comunista bon-vivant. Gustaba de contar cómo en sus años adolescentes usar la corbata de cinturón equivalía a ser transgresor. Eran épocas de bonanzas para los hijos de maestros enviados a enseñarle a los colonos españoles en territorio marroquí. Después, las circunstancias lo forzaron a laburar.

Peleó por la República y cayó preso. Volvió a Larache, donde nació mi padre. Mal no le iría en términos de dinero, o prestigio. Pero en algún momento la idea de vivir bajo la efigie de El Caudillo de España (por Gracia de Dios) se le hizo insoportable y así rumbeó para el sur.

En Argentina no pudo quejarse de su destino económico-social. Aterrizó en pleno peronismo y lo odio desde su marxismo pero se benefició laboralmente por él. Mas su amargura nunca terminó de disiparse. Viajó cinco veces a España, las últimas dos ya después de la muerte del Generalísimo. Su amargura, cual cachorrito, lo seguía. El abuelo puteaba contra este país que lo había acogido. Puteaba contra el país que lo había echado.

Cuando don Jesús insultaba estas Pampas, yo lo hacía callar preguntándole porqué no se había vuelto. Esa bronca que tenía contra mi país no la entendí nunca. Su odio hacia factores básicos que constituyen este maltratado rincón del mundo nunca dejó de sorprenderme. Me la cobraba llamándolo para gritarle por teléfono cada vez que la selección de fútbol hacía un gol en un partido. Él siempre hinchaba por el otro equipo. Salvo que el otro equipo fuera Alemania. A “esos Nazis” no los alentaría nunca.

Mi abuelo murió, todavía en el país del sur en donde había muerto su compañera de viaje y donde quedaba la gente que él más quería: su hijo y los hijos de su hijo. Murió triste, estoy seguro, con tristeza de inmigrante.

Un día me tocó irme a mí. Yo también dejé mi país y me expulsé, o expulsaron. Honestamente, ya no lo recuerdo. Y cuando estuve lejos entendí. Entendí a don Jesús y su cólera ciega y mansa contra un país que no lo quería y contra otro que lo había recibido pero que él hubiera preferido no querer; hubiera deseado no echar raíces acá. Comprendí el exilio interminable, el sentirse diferente todo el tiempo, hasta la muerte. Su afán de hablar “en argentino” no alcanzaba. El acento se colaba por todas partes. Creo que nunca dejó de sentirse extranjero.

Como me pasó a mí, más allá de que la diferencia de idioma fuera mayor que sólo un acento. Yo pude escapar a mi escape, y volver, aunque nadie sepa por cuánto tiempo se queda en casa. O, siquiera, dónde está “casa”.


Pero desde ese día en que pisé costas lejanas estoy más cerca de mi abuelo. Cada vez que la Selección hace un gol, sonrío un poco para mis adentros, y se lo dedico a don Jesús.

lunes, 14 de enero de 2013

La infidelidad de Jack


Tengo un Glenlivet en mi biblioteca, al que de a poco voy asesinando.

Siempre disfruté el whisky, aunque cuando el abuelo Jesús intentaba darme de probar, a los 13 años, no lo hubiera adivinado. Ese brebaje espantoso que el valenciano bebía con deleite me resultaba… bueno, espantoso. Deleznable. Cerval. Nada más lejos en mi mente, ávida de experiencias adultas, que tomar eso.

Años después, ya habiendo atravesado ese umbral de la hombría que requiere aprender a tomar whisky gracias a una oportuna botellita de Chivas Regal cortesía de una función privada de James Bond (I kid you not), reconocí la razón por la cual el líquido amarillento que el Pater Familias tomaba ritualmente antes de cada cena me era insoportable: de whisky tenpicamente.veo reducido, entonces: a alguien que escribe cosas to, pero no me jodas. Para sublimez, el whisky. Para inspiraciía sólo el nombre en la etiqueta. "El Elegido de los Criadores”, decía la descarada. Y una olisqueada me confirmaba que esos bovinos de ojos vacuos que me observaban desde la etiqueta debían ser, sin dudas, quienes producían el líquido infernal, reemplazando mentalmente la palabra “Elegido” por “Orín”. O “Meo”. En esa picamente.veo reducido, entonces: a alguien que escribe cosas to, pero no me jodas. Para sublimez, el whisky. Para inspiraciépoca todavía no tenía la sofisticación de ahora.

Otro derroche de originalidad, este texto. Alguien que le escribe al whisky, mientras lo bebe. Pero el mito del scotch, la leyenda, es fuerte. ¿Qué otro alcohol tiene tanta mística? ¿El vino? Lejos estoy de querer denigrar la fruta de Baco, pero no me jodas. Para sublimez, el whisky. Para inspiración literaria. Para charlar con un amigo. Para llorar solo.

A esto me veo reducido, entonces: a alguien que tipea temas tópicos tópicamente. De un abuelo heredé el don de la palabra, pareciera. Del otro, el gusto por la malta. ¿A quién le debo más?

Ah, pero no le soy absolutamente fiel a ese cereal, no. Como en la vida amorosa, debo hacer un mix-n-match que me mantenga contento, y por eso acudo al maíz y a su mejor hijo, el bourbon.

Sí, Glenlivet, te he sido infiel como a tantas. Y con otro hombre. Jack.

Mientras te amasijo de a cortos tragos, esa intimidad homicida no me impide excitarme frente a la idea de un Gentleman J. Neat, sin rocas, puro calor destilado que quema la garganta y no se detiene en mi estómago sino en mi entrepierna.

Pero créeme esto, que digo desde el fondo de mi hígado: cuando mueras, Glenlivet, serás extrañado. Aunque más no sea, por un corto tiempo.