Mostrando entradas con la etiqueta Nueva York. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Nueva York. Mostrar todas las entradas

miércoles, 7 de agosto de 2013

Tres días después

La línea se balanceaba precaria sobre un costado del lavatorio, como una cordillerita blanca con ganas de derrumbarse. Me apuré a esnifarla.

Levanté la cabeza para aspirar bien hondo. Me froté la nariz, los dedos. Los bordes del pequeño lavabo estaban completamente ocupados con cosas y cositas femeninas, asumí que de la dueña de casa. La as encerrado ya era suficiente.rido que ssto no auguraba nada bueno, necesariamente. La mala noticia de la semana tambiurúnica superficie razonable desocupada en ese baño estrecho era donde yo había peinado, haciendo malabares para no desperdiciar nada.

Me miré al espejo, y vi a la chica que atrás mío, en el otro extremo del pasillo-baño, estaba sentada meando. Tenía anteojos hipster y una remera amarillo patito que en letras negras decía “Autopartes Mexicanas”. Era rubia, regordeta, y con un par de tetas que le hacían honor a la tierra del mescal, grandes y que desafiaban la gravedad.

Le sonreí con toda la boca cuando sus ojos se cruzaron con los míos en la superficie reflectante. Ella me devolvió una similar mueca maníaca mientras seguía descargando lo que parecía una eterna cantidad de agua.

Aproveché los instantes después del mini vínculo para tratar de recordar más claramente cómo había llegado ahí.

La semana había empezado para la mierda.

Lo siento, no hay un eufemismo capaz de mostrar con más exactitud lo mal que nos había golpeado. Después de varios días a la deriva, funcionando en automático, yendo a trabajar y estudiar sólo por inercia, el viernes a la tarde me sorprendió con un llamado de P., el Mexicano. Esto no auguraba nada bueno, per se. La mala noticia de la semana también me la había dado él, y a través del mismo teléfono.

Tampoco era tanta sorpresa: vivíamos juntos en un derpa en el campus de su universidad, en el Upper East Side. Yo estaba ahí medio de querusa: el roomate anterior de P. se había ido antes de lo que le correspondía pero nadie había notificado a la autoridad apropiada de la institución, por lo que no le habían asignado un nuevo co-habitante. Con un pie allá y otro acá y sin ganas de seguir viviendo donde vivía, me mudé con él hasta definir mejor mi situación neoyorquina.

O sea que mi amigo estaba llamando a su casa, donde estaba yo. Con lo que queda claro que no era inusual el telefonema.

Pero esta vez, la llamada:

“¿Cómo va, güey? ¿Tienes algún plan para la noche?”.

No tenía. De hecho, ni se me hubiera ocurrido que sí, tenía ganas de salir. Tres días encerrado ya era suficiente.

“No tengo nada, güey. Pensaba por ahí quedarme viendo una peli…”. Ni a mis oídos sonaba convencido.

Se me rió: “¡No mames, cabrón!”.

Antes de que pudiera contestarle, siguió: “Cumple años el hermano de A., y hace una reunión en su casa. Va a ser tranquila, pero mejor que quedarnos mirándonos las caras en el 4K, ¿no?”.

“A.” era una mexicana amiga de él, fresa, que estudiaba en Parsons. Buena onda, muy party girl de NYC. No parecía mal plan, aunque realmente los ánimos no estaban como para andar de joda.

Traté de trasmitirle ese sentimiento: “¿Pero va a ser tranqui? Mirá que honestamente no quiero bardearla”.

Volvió a reírse. “Pero que chabón eres, güey. La casa del hermano es pequeña, seremos pocos. Hay un compromiso informal de llevar sólo chelas, nada demasiado fuerte para tomar. No seas puto hombre”.

Su argumentación aristotélica me convenció. O será que para el quilombo tengo el sí fácil. Quedamos en que lo esperaría en casa, a dónde también vendría el B., otro mexicano que estaba haciendo un doctorado en la Big Apple, aunque ya no recuerdo de qué. Creo que en Matemáticas. O algo así. El B. era un tipazo buena onda, grandote y con mandíbula cuadrada, lo un rato: estaba en el negocio del cineEl B. estaba mles. larga y blanca. Cuando llegamos ya habun poco tímido hasta que tenía algo de etanol adentro, momento en el cual se transformaba en una aspiradora de cuanta bebida alcohólica hubiera cerca, hasta caer desmayado sonriendo de oreja a oreja.

Cerca de las 20 estábamos los tres ya en camino hacia Brooklyn, donde vivía el hermano de A. en un coqueto one-bedroom con una cocina larga y blanca. Cuando llegamos ya había cierta concurrencia, un mix típico de esa ciudad: muchos latinos, algunos gringos.

Empezamos a entrarle a la Negra Modelo mientras examinábamos el ambiente en busca de potenciales parejas que nos ayudaran a dejar atrás el mal trago de la semana. Yo no encontraba nadie que me atrajera. El B. se dedicaba a libar más que a otra cosa. Sólo P. parecía estar parlándose a una mina, una anglo rubia de pelo corto y bajita, con quien yo había hablado sólo un rato: estaba en el negocio del cine. Era simpática, aunque no linda. Por supuesto, eso para mí no hubiera sido un límite necesariamente. Pero esta chica tenía una particularidad: del cuello, por debajo de donde estaría la manzana de Adán, le salía un larguísimo pelo negro.

No, en serio: el pelo era laaargo. Y oscuro. Parecía una cerda de cepillo más que una pilosidad humana. El tiempo que hablé con ella no pude dejar de mirárselo subrepticiamente cada tres o cuatro segundos. Mientras discurría sobre cine, actuación y la mar en coche, yo sólo quería preguntarle porqué, a los gritos y en la cara. No era posible que esta gringa no supiera lo que tenía en el cuello. Imaginé que intentaba hacer alguna especie de declaración política con respecto a las mujeres, su vello y los estándares de belleza de la modernidad, pero realmente no entendía cuál era. Calculo que algo del estilo: “Ámame a pesar de que me sale un tentáculo del cuello”. Who the fuck knows. Who the fuck cares. No me quedé hablando para averiguarlo. Ese pelo realmente me frikeó.

Por eso fue que un rato después cuandoí﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽bsena y ruidosa, lavatorio y mientras ella se lo mete, meo ruidosamentea puerta. la cara interna del brazo izquierdo.  vi que Cthulhu le había echado el ojo a P., me dispuse a rescatarlo. Pasé por al lado y le pedí disculpas a la interlocutora por llevármelo porque tenía que preguntarle algo. Ella se quedó como paralizada, pero su educado instinto WASP le impidió protestar.

Con P. nos fuimos en busca del B. y de algo más que beber, no imperiosamente en ese orden. El B. ya comenzaba a ponerse colorado a fuerza de cerveza, pero nosotros, víctimas del vello loco en pleno síndrome de estrés postraumático, decidimos que eso no era suficiente. Teníamos que escalar el grado de ingesta alcohólica.

Utilizando sus contactos aztecas, P. consiguió una botella de Absolut, que presumo sería del dueño de casa o de algún desubicado quien, por fortuna, había ignorado la regla tácita. La abrimos y algo comenzó a suceder.

Quienes han sabido tener su dosis de fiestas y que posean un mínimo sentido de la observación conocen que cada reunión de este tipo tiene lo que podríamos llamar momentos, y que se puede aprender a distinguir cuando sucede algo que anuncia el pasaje de un beat al otro.

La aparición de alguna otra botella más de vodka, y varias de tequila, un corto tiempo después de que nosotros empezáramos a tomar agua mineral rusa marcó uno de esos cambios de momento en la fiesta.

De repente, había mucha más gente. El departamento se llenó de voces, humo de tabaco y ruidos de vasos y copas entrechocándose. A., la chilanga fresa, sirvió de pararrayos de la electricidad del ambiente cuando declaró en voz alta que la fiesta se movía de casa. Nos íbamos a la vuelta de la esquina, al departamento de una amiga suya argentina. Y tendríamos una fies-ta.

La gente empezó a desplazarse hacia la puerta, pero A. se paró adelante cortando el paso. “Mientras ustedes mudan todo”, dijo, calculo que refiriéndose a las bebidas y no al mobiliario, “yo me voy al Coqui’s a comprar. Los que quieran, colaboren con $20”. Me apresuré a sacar un billete y sumarlo a la pila de Jacksons que ya estaba juntando a cuatro manos porque sí, después de la semana que habíamos tenido era evidente para todos que necesitábamos la medicina del Dr. Freud.

Creo que nadie paró de beber durante el desplazamiento: salimos directamente con los vasos en la mano. Y un rato después unas cuarenta personas ya estábamos instaladas en lo de M., la-argentina-que-vivía-a-la-vuelta.

La casa era linda, con un comedor grande, una habitación y un patio muy agradable a pesar de la fresca del cercano otoño neoyorquino. Lo único particular era ese baño, que no debía tener más de tres metros de ancho.

Alguien puso música afuera, y allí nos encontró bailando la vuelta de A., que como una Mamá Noel de las drogas entró tirando bolsitas a troche y moche. Capturé una y, en menos de lo que canta un gallo duro, me colé un par de llavetazos.

A partir de ahí, las siguientes tres o cuatro horas de fiesta son sólo un montaje en mi cabeza:

Estoy bailando en el patio, a puro salto, riéndome como si me hubieran contado el mejor chiste del mundo. Corte.

Alguien me pasa una botella de tequila, con quizá un poco menos de la mitad. Le hago fondo blanco. Corte.

Con un grupo de chicas que incluye a “Autopartes Mexicanas” cantamos abrazados, girando. Me suelto, un poco por la fuerza centrífuga y un poco por problemas con mantenerme en pie. Corte.

Quiero sentarme al lado de la tetona, pero calculo mal donde está la reposera que era mi objetivo y caigo redondo al piso, arrastrando algo que me tajea la cara interna del brazo izquierdo. Corte.

Hablando con la misma chica, veo que me queda muy poco del polvo de la alegría. Con evidentes propósitos pérfidos, la invito a compartir las últimas líneas conmigo. Nos dirigimos al baño. Ella entra primero. Yo le pongo la traba a la puerta.

Así llegamos al momento en el que se inició el relato.

“Autopartes Mexicanas” terminó de mear, se secó, se paró, se vistió y tiró la cadena. Mientras ella hacía todo eso, yo dispuse los últimos restos de perico en ese borde para que ella pudiera liquidarlos. Le hice un gesto con la mano y la invité a acercarse.

Los dos no podíamos estar frente al espejo lado a lado por el poco espacio que había, así que enrocamos, siempre mirándonos de frente. Sentí la leve presión de sus tetas contra mi pecho, y me maravillé de su tamaño viéndolas tan de cerca.

Mientras ella se inclinaba para esnifar, la coca me golpeó como un mazazo. Me paré detrás suyo, asomándome por el costado. Me gusta ver mujeres tomando merca: me excita. Tiene que ver con lo violento de esa tiza blanca entrando en la nariz, penetrando un orificio. Me resulta muy porno. Me hubiera puesto la pija dura de no haber estado duro todo el resto de mi cuerpo.

Desviando mi atención un segundo de cómo la rubia aspiraba, volví a mirarme en el espejo. Mi reflejo me devolvió una sorpresa: por encima de mi labio superior tenía un enorme mostacho estilo Pancho Villa, negro, poblado.

De repente, me antojé revolucionario mexicano de principios del siglo veinte. Y la idea más revolucionaria que se me ocurrió fue bajarle los pantalones y la bombacha a “Autopartes” mientras ella terminaba de aspirar, al tiempo que le manoteaba las tetas.

También así, de la nada, surgió de mí una voz cavernosa, de tabaco oscuro. Mientras me frotaba contra ella, con el pantalón todavía puesto y el pene más fláccido de la historia, la voz no paraba de repetir: “¡Qué tetas! ¡Qu tetas!".﷽ude repetir: "oscuro, ntra ella deco que le manoteaba las tetas.desdensor, é tetas!".

Ella se preocupó primero de liquidar lo suyo, mientras me devolvía la frotada.
Sin darse vuelta del todo, empezó a besarme. Cuando parábamos a respirar, yo no dejaba de repetir esas palabras y apretar las dos masas de carne, como si fueran lo único que mi cerebro pudiera recordar en ese momento. De vez en cuando me miraba al espejo para comprobar que mis nuevos bigotes siguieran en el mismo lugar.

No podría decir cuánto estuvimos así, en un escarceo vertical sobrecargado de excitación vacía que no podía ir mucho más lejos porque de haber estado más pétreos las autoridades habrndome con cara de culopuerta. La sus amigas, mir destrabja tremenda que portaba.encia. DE afuera llegaban voces femeninasían tenido que llamar a un forense.

En algún momento fuimos conscientes que estaban golpeando la puerta del baño con insistencia. De afuera llegaban voces femeninas: las amigas de la tetona la estaban llamando. Sus voces denotaban algo de preocupación; quizá temían lo que estuviera sucediendo dentro de ese baño.

Los golpes me sacaron el bigote y pude rescatarme un poco. Le subí bombacha y pantalones a la rubia, que no parecía haberse dado cuenta de que la estaban buscando.

Me mojndome con cara de culopuerta. La sus amigas, mir destrabja tremenda que portaba.encia. DE afuera llegaban voces femeninasé la cara, como si eso pudiera ayudarme a disimular el quiebre tremendo que portaba. Suavemente, dirigí a mi compañera de escarceos hacia la puerta. La destrabé. Al instante irrumpieron dos de sus amigas, mirándome con cara de culo. Sonreí, dije algunas palabras de ocasión, y me escabullí.

No quería más de esa noche; con Pancho Villa se habían disipado mis últimas energías. Antes de pensar si buscaba a P. o me volvía por las mías, apareció mi amigo, poniéndose la campera y con cara de apurado.

Nos hablamos al mismo tiempo, rápido.

“¿Nos vamos? Acabo de tener un encuentro en el baño que no me ha hecho popular con algunas mexicanas”, le dije.

“¿Nos vamos? Me quedé dormido en la cama, encima de toda la ropa, y me desperté con la gringa del pelo mamándome la verga, güey. La saqué pero me anda persiguiendo”, dijo él.

Tocaban retirada, estaba claro. Nos dirigimos hacia la puerta, cuando me acordé de algo: “¿Y el B.? ¿Dónde anda?”. “Tiene un pedo que no ve. Estaba durmiendo al lado mío”, me contestó. Y agregó: “Dejémoslo, que así no se va a mover a ningún lado”.

Como de todas formas el B. no viajaba en la misma dirección que nosotros porque vivía en el fondo de Brooklyn, al final de la línea D, decidimos dejarlo que durmiera la mona. A la tarde día siguiente nos enteraríamos que nuestro amigo había intentado volver a su casa, se había quedado dormido en el vagón y se había despertado en el otro extremo de la línea, en el culo del Bronx, sin la billetera.

Seguíamos parados ahí hablando cuando vi por el rabillo del ojo que la gringa succionadora amagaba acercarse, así que tomé a P. del brazo y salimos apurados mientras lo conminaba a no mirar atrás.

Una vez en la calle, el fresco de la mañana nos ayudó a despejarnos un poco mientras caminábamos hacia la estación de subte, comentando las aventuras de esa noche. Así, con un mosquetero menos, semiduros y medio borrachos, emprendimos la vuelta a casa. Había sido una buena y extraña noche.


Amanecía en Nueva York; era el sábado 15 de septiembre del 2001.

miércoles, 10 de julio de 2013

La llave

N. sacó una llave. No tenía nada de particular. Era una llave de puerta de calle. Irrelevante es su apariencia. Lo que importa es para qué íbamos a usar ese pedacito de  metal.

N. se mudaba del loft en el que vivía en Brooklyn, y estaba haciendo una fiesta de despedida. Mi amiga no se llevaba bien con sus compañeros de departamento, de quienes no sé el número exacto pero sí que eran todos artistas. Debo decir que debatí un rato conmigo mismo para no escribir “artistas” entre comillas, pero me parecía demasiada editorializaci en mi clasen una escuela de teatro. the way, un jonrones fornicatorias. Con N. ya larado prop que ón para este temprano tramo del relato.

No se llevaba bien con sus roomates, N., y en consecuencia había decidido despedirse con una fiesta a puro reviente con el semi declarado (a algunos íntimos) propósito de romper la casa.

Pero antes de romperla había que ponerla linda, y así fue que me encontré una tarde de sábado ayudando a N. a ajustar todo. Estábamos solos: nadie más había venido a dar una mano y los roomates brillaban por su ausencia.

Me convenció de ir a ayudar una mezcla de buena onda genuina con difusas intenciones fornicatorias. Con N. ya habíamos tenido roces. Unas tocatas y besos en noches tardías de vinos pos ensayo. Pero 100% all the way, un jonrón, un K.O. irreprochable… nunca. O, me decía yo, “not yet”. Viviendo una plena etapa de pistolero loco, no pensaba resignar ninguna posibilidad de ponerla, por remota que fuera; y en este caso, no era tan lejana tampoco.

N. era alemana. Estudiábamos juntos en una escuela de teatro llena de sus coterráneos, más muchos israelíes y argentinos. La conocí en mi clase de danza, donde lo primero que me llamó la atención fue su culo. Obviously. No soy un tipo original.

N. era alemana. Lo repito porque era muy típica germana del ideal Nazi: rubísima, ojos grises, pómulos altos, cara ligeramente caballuna con algunas cicatrices de acné. No era corpulenta pero tenía apenas centímetros menos que yo y una interesante distribución de masa muscular que favorecía su tren inferior, dato siempre agradable por cierto.

Habíamos terminado de ordenar todo: metimos infinidad de six-packs en la heladera y en una bañera llena de hielo; pusimos los snacks en las mesas; cambiamos luces de lugar y de color; probamos que la ma el gesto que universalmente todo coquero reconoceabeza, y hac la mheladera y en una bañera llena de hielo; pusimos los snacks úsica sonara bien.

La gente estaba citada a partir de las nueve de la noche, y eran poco más de las siete. N. me trajo un porrón de alguna birra no yanqui (como alemana entendía la diferencia entre meo frío y cerveza). Brindamos y dimos un trago, largo.

Ni bien lo hicimos N. me dijo: “Do you vant to do some coke?”. Ya estaba acostumbrado a que pronunciara la “W” como “V”, pero en esa frase además pensé que se había confundido “do” con “drink”. Y le dije que no, que no quería coca; la cerveza estaba perfecta.

Me miró un segundo sin entender y después soltó una risotada. “Not Coke! Coke!” dijo, mientras hacía la pantomima de tomar de un vaso, negar con la cabeza, y mostrarme el gesto que todo coquero reconoce: la palita a la nariz.

Yo me reí también, para cubrir la vergüenza que me daba haber quedado como un ignorante. Le dije que no la había entendido porque nunca había tomado cocaína. Lo que era cierto.

Se le agrandaron los ojos. “Ohhh! You’ll love it”.

N. no esperó a que yo agregara nada más, se fue para su cuarto y volvió rápido. En la mano, me mostró, tenía una bolsita minúscula, ponele que de cinco centímetros por cinco, con cierre ziploc. En la bolsita había un polvo blanco.

En los tres minutos que había estado solo confirmé conmigo mismo que sí, quería probar. Y es que a veces mi boca actúa por su cuenta y después me fuerza a desdecirme. Pero: ¿qué mejor ocasión para desvirgarme cocainómanamente que en Nueva York, en un loft ultra cool de Brooklyn y en la previa de una fiesta de reviente completo? Los dioses de las drogas me habían alineado todas las estrellas, me habían puesto la pelota en el punto de penal, me habían enmantecado y acercado a la boca la tostada… You get what I mean. ¿Qué sí quería tomar? Fuck yeah.

Y ahí fue como llegamos a lo de la llave.

Me sorprendió que N. no se pusiera a peinar una l ser de un reviente memorable.esar de eso, esa noche prometínea en una mesa, como Hollywood me había enseñado se tomaba cocaína; en cambio, metió la punta de la llave en la bolsita, levantó una puntita del polvo blanco y se lo mandó por la fosa derecha. Bastante tiempo después noté que cuando se consume así (o con cucharitas o elementos similares, en contraposición a la tirada) generalmente mandás la primera tanda al orificio del lado de tu mano hábil; en menos palabras, N. era diestra, e iba a esa fosa primero.

Después de repetir la operación con la izquierda, mi amiga me pasó los elementos. No fue difícil imitarla, aunque la primer carga de llave fue un poco excesiva.

A medida que mi nariz se hacía amiga del perico, tuve dos claros pensamientos. Uno: que nunca sería adicto a ese polvo símil tiza. No me gustaba el sabor amargo que me había dejado en la parte de atrás de la garganta. Dos: que a pesar de la consideración “Uno”, esa noche blanca estaba perfilándose como memorable.


No me equivoqumil tiza﷽﷽se polvo saína; en cambio,é. Fue memorable. Aunque eso sí, jamás me pude coger a N.