Mostrando entradas con la etiqueta la chica que no besaba. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta la chica que no besaba. Mostrar todas las entradas

miércoles, 11 de diciembre de 2013

La compra

Había comprado a un hombre en una subasta.

No lo había hecho solo. En realidad, la iniciativa ni siquiera había sido mía. No recuerdo si partió de T. o de Z., mis socios en la adquisición. En esa época hacíamos muchas cosas juntos; en particular, prestarnos pertenencias. Esto era sólo una extensión de nuestros juegos.

Nuestra adquisición era V., un puto cuarentón con mucha experiencia y bigotes estilo Village People. Estaba bien entrenado en las lides del servicio. A pesar de esto, no nos costó caro. A él, ya lo sabíamos, le había encantado ser comprado por tan poco.

Lo subimos del sótano donde lo habíamos obtenido. Queríamos que el resto de la concurrencia pudiera ver cómo nos entreteníamos con él. Nuestro objetivo era divertirnos humillándolo. El suyo también.

Lo tiramos al piso. Cayó de espaldas. Le puse un pie en el pecho, y dejé que considerable parte de mi peso cayera sobre él. Estaba desnudo salvo por un suspensorio negro, de cuero. Mi borcego, muy parecido a los que V. llevaba, dejó una huella sucia. Lo levanté apenas y lo reacomodé sobre su boca. Lo miré a los ojos. Una lengua ávida apareció y comenzó a lamer.

Mientras yo hac mi borcego del rostro ucio en la mano. Saquía esto, Z. le hizo flexionar las piernas. Después, comenzó a atárselas en esa posición usando cinta de embalar. Cuando estuvo bien asegurado, saqué mi borcego y T. tiró un trapo de piso sucio sobre la cara del puto.

Lo hicimos dar vuelta a patadas. No demasiado fuertes, pero los gemidos ahogados por el trapo nos marcaron que las sintió. Agarrándolo de los pelos de la nuca, lo fui llevando hacia los baños. Su movilidad estaba bastante reducida por tener que desplazarse sobre las rodillas. Alrededor nuestro ya se congregaba una pequeña multitud expectante.

Alguien nos abrió la puerta. Frente a nosotros había un pasillo iluminado con una bombita roja; el baño de mujeres se encontraba a la izquierda. Un par dejaron de retocarse el maquillaje para asomarse y ver qué era el tumulto. Entramos. T. iba delante de mí. Z., atrás. Cerraban la marcha los curiosos que querían ver hasta dónde llegaríamos.

El baño de hombres era más grande que el de mujeres; en realidad era una continuación del pasillo. Al fondo tenía un lavatorio, y a la derecha de éste un receso en el que había un mingitorio y una ducha. Antes, sin embargo, había una puerta lateral que daba a un excusado.

Ahí acomodé a V. El piso estaba húmedo, y tenía los firuletes negros de mugre semilíquida típicos de un piso muy transitado.

“Limpiá”, le ordené.

Se sacó el trapo de la boca y comenzó a frotar el piso con vigor. Mientras lo hacía, Z. le pegaba en el culo con algún implemento que ya no recuerdo. Una vara de fibra de vidrio, o una fusta, supongo. No hacía diferencia. V. era masoquista y disfrutaba de cualquier clase de dolor.

T. es un poco claustrofóbico, así que descargaba sobre nuestra compra parte de la violencia que le producía estar confinado. Reclinado sobre el lavatorio, le gritaba indicaciones con sorna, mofándose.

El pasillo estrecho estaba repleto de gente. Algunos, con bebidas en sus manos, se reían entre trago y trago. Entre el grupo estaban A., la entonces dueña de nuestro puto limpiador, y B., la chica que no besaba.

Mientras el puto pasaba a frotar los lados del inodoro comencé a aburrirme. Necesitaba más violencia. V. siempre me dio ganas de bajarle algún diente. Miré alrededor mío, buscando algún elemento que me inspirara. Mis ojos se detuvieron sobre una sopapa que había bajo el lavatorio, de mango largo. Le hice señas a T. para que me la alcanzara.

T. me la dio, dubitativo. Veía mis intenciones. Me comentó por lo bajo: “¿Te parece?”.

Yo estaba in the zone. Todo me importaba tres carajos. Pero las palabras de mi amigo me hicieron pausar un segundo y repensar mi estrategia.

Llamé la atención de B. pegándole un cachetazo. Siempre, por supuesto, cuidando sus anteojos.

“Bajá y pedile el strapon a k. Ponetelo y volvé”.

Una sonrisita perversa afloró a los labios de la chica que no besaba. Corrió a cumplir mi orden. Mientras esperábamos, dejé espacio para que Z. se ensañara más con las nalgas castigadas de V. Con cada golpe, el puto gemía de puro gusto.

A los pocos minutos reapareció B. El grupo de espectadores se abrió como las aguas del Mar Muerto ante la enorme pija de silicona roja que colgaba de la entrepierna de ella. Ya le había enfundado un forro. Estaba lista.

B. apenas escupió sus dedos y mojó el ano del puto. Segundos después, hundió el falo colorado hasta el fondo. Comenzó a moverse rítmicamente mientras sujetaba la cintura de V., que comenzó a gritar con placer creciente. Mientras, seguí limpiando.

T., Z. y yo dimos un paso atrás y nos contentamos con observar y dar indicaciones por unos minutos. Pero no era nuestra intención dejar que este puto acabara. La finalidad era nuestro placer, no el suyo. Así que mientras B. seguía cinturongueando, nos enfundamos sendos forros.

No íbamos a acabar, eso era seguro. Un puto viejo no nos alcanzaba. Pero queríamos que nos mamara juntos, como algunas otras ya lo habían hecho. B., por ejemplo. La empujé con el pie para indicarle que se saliera de V.

Al mismo tiempo, Z. lo tomó de los pelos, lo hizo voltearse y le ordenó:

“Chupá, putito”.

Con un hermoso entusiasmo, comenzó a tragar. Una pija; otra; otra. Nuestros espectadores aplaudieron. Estuvimos así poco tiempo porque a ninguno de los tres nos gustaban los forros.

Nos acercábamos al gran final. Con T. y Z. habíamos charlado antes lo que queríamos hacer: una gran meada sobre el puto. Sabíamos que él disfrutaría al máximo esa humillación. Y nosotros también. Pero había algunas dudas con respecto a las reglas del lugar donde estábamos sesionando. Las “lluvias doradas”, eufemismo horroroso, estaban prohibidas.

Pregunté en voz alta:

“¿Meamos al puto?”.

Durante un segundo consideramos cagarnos en la directiva. Sin embargo, dado el vínculo que teníamos con los dueños del local, nos inclinamos por no hacerlo. Habíamos llegado a un límite que no queríamos traspasar. Al día de hoy me arrepiento.

Con esa decisión no hablada, el juego terminó. Y justo a tiempo.

En ese momento, nos avisaron que nuestra media hora había finalizado. Le devolvimos el puto a su dueña, que sonrió complacida, y nos fuimos a la barra a tomar algo fresco. Necesitábamos descansar; a continuación teníamos agendada a m., una putita ultramasoca a la que íbamos a castigar entre Z. y yo.


Pero esa es otra historia.

miércoles, 30 de octubre de 2013

Tres puños

Bajé la escalera que me conducía al sótano, en donde estaba ella. Hacía media hora que me esperaba en cuatro, expuesta, desnuda salvo por unas medias negras de seda y un portaligas.

De fondo, su respiración. Desde lejos se notaba su esfuerzo por controlarla, pero los nervios la delataban. El tiempo que había pasado ahí ya empezaba a afectarla. Bien.

A sus costados, rodeadas de elementos de castigo, se encontraban B. y p.

A una ya me la había cogido; la otra la seguirste.﷽﷽﷽﷽﷽﷽s. Como uesta a someterse a mis deseos mare dle  los nervios la delataban.
ía no mucho tiempo después. Conocí el culo de una de ellas; la otra todavía me lo debe. Ambas fueron cercanas a nosotros, pero hoy ya no.

k. estaba atada a un potro. Tenía los ojos vendados. Ese detalle era parte importante del mind fuck. Ella no podía saber quién estaba presente en esa, la ceremonia que la marcaría por siempre como una puta. No, como “una” puta no. Eso ya lo era de antes, con orgullo.

La marcaría como mi puta. Como la puta dispuesta a someterse a mis deseos más perversos.

Como éste.

Mirando, tragos diversos en mano, había poco más de veinte personas expectantes, prestas a disfrutar del espectáculo que iba a desarrollarse a continuación. Una pequeña multitud voyeur que observaba un ano.

El sótano en el que nos encontrábamos estaba apenas iluminado, a excepción de un foco de intensidad blanca que irradiaba sobre los generosos cuartos traseros de k.

Comencé a hablar.

“Buenas noches. Bienvenidos a esta noche especial, en la que intentaremos ver cuánto se puede abrir un culo. Tenemos una serie de elementos de diámetro creciente”. Señalé una mesita que había a un costado, en donde diversos objetos esperaban turno para conocer el interior de mi sumisa.

Continué: “El más pequeño tiene unos cinco centímetros de diámetro. El más grande…”

Dejé que mis palabras se perdieran en el aire mientras levantaba la mano derecha y la cerraba, mostrando mi puño a la audiencia. Sonreí de forma algo nicholsoniana.

Algunos rieron, otros se encresparon un poco ante la magnitud que, les parecía, tenía lo que iba a suceder. Nadie se paró y se fue. La audiencia de perversos venía calentando motores desde hacia rato.

Hice que p. le sostuviera las nalgas abiertas. Me di vuelta hacia B. y le ordené que comenzara a chuparle el culo. Era una linda inversión de lo habitual: B. no dejará que ninguna boca se acerque a su concha, pero le encanta sentir lenguas en su ano. k. se lo había comido en más de una ocasión, y me pareció apropiado que B. le devolviera el favor ayudándola a comenzar a aflojar el esfínter externo.

Me hice a un costado para que la audiencia pudiera disfrutar la vista, mientras hablaba acerca de la fisiología ano rectal. La información que salía de mi boca era correcta, pero irrelevante. Una pequeña presentación destinada más que nada a extender el tiempo antes de que k. comenzara a recibir elementos penetrativos. Cada segundo que pasaba, sabía yo, ella sufría (y por ende, disfrutaba) más.

Las tres tenían prohibido hablar. k. sólo tenía una palabra que podía decir, pero yo estaba seguro que no la diría. Querría demorar su uso lo más posible. Aunque ella creyera que no estaba lista para lo que iba a suceder, se entregaba a mi confianza de que sí lo estaba.

Me calcé  experiencia.relajándose, dntregndirecta, respirando, relajba a suceder, se entregaba a mi confianza de que stre sueño y sueño, guantes negros de látex, cortesía de una amiga médica. B. y p. también los tenían, y muy pocas cosas más encima además de piercings y tatuajes. Y un par de anteojos, claro.

Pronto la lengua de B. dio paso a dedos, que comenzaron a trabajar el primer esfínter. Ése es el fácil, el que se controla. El rebelde está unos centímetros más adentro, y su contracción es involuntaria. Sólo se puede manejar de forma indirecta, respirando, relajándose, dándose a la experiencia. Sometiéndose.

La situación no se trataba de hacer algo que no hubiéramos hecho antes. En privado ya nos habíamos entregado al placer de mi puño en su culo. Lo importante era la ceremonia, la simbología de su rendición. Hacía poco tiempo que había tomado a k., quien a pasos agigantados iba dejando atrás preconceptos y miedos en sus ansias de liberarse.

Con un toque de mi fusta hice que B. se apartara. Tomé el primer elemento, un plug de tamaño estándar, y lo sostuve en alto para que la audiencia lo viera. Era de vidrio, transparente, de unos cinco centímetros de diámetro.

El talento natural de k. comenzó a aflorar.

Es que ella es una profesional del culo. El control y la elasticidad que posee la convierten en una Maradona anal, haciendo jueguitos con una sencillez que a otra gente le resulta sobrenatural e imposible.

Así fui introduciendo elementos más y más amplios, abriendo de a poco ese espacio inicialmente estrecho. La rutina con cada uno era la misma: se lo mostraba a nuestro público, sin decir nada. k. recibía algo en su culo, más grande que lo anterior, pero sin saber qué.

Y al final, cuando nadie podía sorprenderse más de cómo devoraba cosas ese agujero, el primer puño entró en k. Dejé que ese honor lo tuviera B., que de todos modos ya también lo había hecho en privado. Mientras p. la abría como un libro, la chica que no besaba comenzó a fistear a k.

En el sótano sólo se escuchaban dos respiraciones: los jadeos de esfuerzo de B., y los gemidos de placer de k., hasta que estos ltimos dieron paso a gritosaciones: los jadeos de esfuerzo de B., y los gemidos de placer de k., hasta que estos últimos dieron paso a sus gritos
orgásmicos.

Uno.

Le di unos minutos de respiro, y luego hice que B. fuera reemplazada por p. Al principio ésta quiso ir despacio, pero k. estaba demasiado excitada y abierta como para sutilezas; antes de que pudiéramos darnos cuenta, una buena parte del antebrazo ya había entrado. Con movimientos de serrucho, p. se dispuso a hacerla acabar de nuevo.

Dos.

Hice que ambas ayudantes se pararan de nuevo a los costados. Me acerqué al oído de k. y le hablé.

“Sabés que viene ahora, ¿no?”. Movió la cabeza asintiendo. Estaba un poco transpirada, pero eso es de esperar cuando acabás de tener dos orgasmos demoledores.

“Pedímelo”.

“Su puño en mi culo, Amo”, dijo en voz baja.

“No te escucho”.

“Quiero su puño, por favor”, se esforzó por decir.

“Más fuerte, para que todos puedan oírte”, la azucé.

“Por favor, quiero su puño en mi culo, Amo”, gritó.

Me giré y le pregunté a la audiencia: “¿Les parece que se lo ganó?”.

Sin abrir la boca, todos asintieron con la cabeza.

Y allí fue mi puño.

Estar dentro de ella de esa forma es sublime. Siento cómo manejo su placer a mi antojo, como puedo hacerla acabar en un minuto.

En efecto, a los pocos segundos k. ya me estaba pidiendo permiso para acabar.

Decidí hacerla sufrir. La hice aguantarse algunos minutos. No muchos: mi brazo se cansa con los movimientos vigorosos que hago. Pero lo suficiente como para que creyera que quizá no la dejaría tener un orgasmo más.

Cuando liberó su clímax, los gritos resonaron en todo el sótano de forma muy satisfactoria.

Tres.

Ya afuera de ella, agradecí a nuestros invitados e invitadas su asistencia, y los hice subir mientras k. se recuperaba y las otras dos limpiaban y guardaban los implementos.

Una vez que todo estuvo guardado, me quedé sólo con k.

La desaté, la ayudé a incorporarse. La besé en la boca. “Estoy orgulloso”, le murmuré al oído. Ella sonrió y le saqué la venda. La dejé para que se vistiera y le dije que se reuniera conmigo cuando estuviera lista.

k. subió y fue recibida por un mar de rostros sonrientes. No toda esa gente había estado abajo; no toda esa gente sabía lo que había sucedido. Pero para ella, todas y cada una de las personas la habían estado observando; habían sido partícipes, de una forma u otra, de su placer.

Se sonrojó ligeramente, y saludó a cada uno con deferencia. Alguien le puso una copa de vino tinto en la mano, y ella se apuró a brindar.


Esa noche volvimos a casa caminando de la mano y sonrientes.

miércoles, 20 de marzo de 2013

Cita con B.


Hacía mucho tiempo que no me veía con B., la chica que no besaba.

Después de nuestro alejamiento seguimos en contacto por la infinidad de medios digitales que hacen imposible que dos personas dejen de saber de la otra a menos que pongan mucho esfuerzo.

Al mismo tiempo, algo seguía uniéndonos, vinculándonos. No podría precisar qué, aunque quizá tuviera que ver con que yo no me negaría a dejar que ella volviera a tragarse mi verga como supo hacerlo.

Pasaron meses. No sé cuántos exactamente. Menos de un año, seguro.

Un día recibí un mail. Sin muchas vueltas (no es su estilo), me decía que tenía ganas de verme, tomar algo, juntarse a charlar. Que había conocido un lugar cool por Belgrano, un ex petit hotel ahora convertido en espacio libativo/musical. Me dio la dirección y la fecha de la cita, descontando mi aquiescencia. Quizá sospechaba mis perennes ganas de cogerme su garganta o de manotear sus tetas generosas.

Así fue que me encontré el viernes siguiente, en una calle interna no lejos de Cabildo y Juramento, frente a un edificio que, desde afuera, más parecía una casa común y corriente, un poco venida a menos pero que todavía denotaba mejores épocas, que un bar.

No había timbre. Siguiendo las instrucciones de B., golpeé. De adentro venía una música apagada, que sólo pude identificar con claridad cuando la puerta se abrió: jazz.

Y, sí. Tenía que ser jazz.

Párrafo propio merece el morrudo que oficiaba de portero: un tipo más bien bajo, con cabeza afeitada, y con ese sobrepeso característico de los fanáticos de los músculos cuando deciden dejar de impresionar a sus amiguetes del gimnasio en esas largas sesiones homoeróticas de levantamiento de pesas, y entregarse a los placeres gastronómicos tanto tiempo vedados.

Sus ojos hundidos se clavaron en mi cara mientras me preguntaba el nombre. Todavía siguiendo las instrucciones de B., respondí “Fidelio”. Es cinéfila como yo. El pelado no entendió la referencia, o se hizo el boludo, pero revisó la lista que tenía en la tablita que llevaba en la mano izquierda, encontró el nombre y me franqueó la entrada.

Ingresé al foyer, que daba a un salón más o menos iluminado. En el extremo más alejado había un escenario en donde tres músicos tocaban la música que llenaba el ambiente: guitarra, batería, contrabajo.

Su sonido no era lo único que ocupaba el aire: el humo del tabaco se hacía más denso a medida que me adentraba en la sala rumbo a la escalera que había a un costado. B. me había dicho que me esperaba en el segundo piso.

Había gente, pero no mucha. Todo el lugar transpiraba intimidad. Abundaban los sillones, silloncitos y banquetas mullidas rodeando unas cuantas mesas ratonas. Al pie de la escalera, en un sofá contra la pared, dos chicos andróginos y veinteañeros se besaban non stop. O quizás eran dos chicas. O alguna otra combinación. Como digo, eran andróginos. La  media luz y el pelo corto jugaban con la percepción. “Primera cita”, pensé.

Subí la escalera. La madera protestaba cada paso, con un crujido no del todo desagradable.

El primer piso estaba más iluminado que la planta baja, y también más poblado de gente con tragos. Era donde estaba la barra, además. Hice una pausa en mi ascenso para escudriñar la pared detrás de esa barra, que mostraba una interesante cantidad de botellas. Dudé en comprarme algo, pero decidí ir al encuentro de B. antes de comenzar lo que, esperaba, sería una noche alcohólica.

Mientras me acercaba al segundo piso, lica﷽﷽﷽﷽﷽﷽e alcohcohol.antes de comenzar lo que, esperaba, serlas variadas. dudtrsrgas sesiones homoerque dos personas dejen de una duda apareció en mi mente: ¿con qué B. me encontraría? Porque, verán, ella tiene dos estilos: uno trash-trash en el que parece tener el pelo sucio, y la ropa rota que suele usar transmite una onda destroyed que no me cabe; y uno trash-cute en el que me dan ganas de terminar de romperle la ropa mientras le pego. Y me chupa la pija.

Nunca olvidemos eso: sus mad skillz in cocksucking.

Sabía que si estaba en Modo Trash-Trash On la cosa no iría más allá de tomar algo.

Me asomé al segundo piso, que en realidad era una especia de jardín de invierno construido techando más o menos la mitad de una terraza pequeña. Acá el olor a tabaco era sustituido por el más dulzón de la marihuana que llegaba desde afuera, de la parte no techada. La escalera seguía un piso más, pero una cadena de plástico cortaba el paso. Supuse que en el último piso era donde vivía la gente que administraba el lugar.

Ya entrando a pleno en el saloncito, vi que acá había menos gente aún que en el resto del bar. Cerca del fondo había un grupo de personas que, se notaba, ya hacía rato que estaban bebiendo.

Y en la única mesa alta, estilo americano, tomando lo que parecía un destornillador (jugo de naranja solo seguro no era), estaba B.

Mi corazón y mi bragueta se aceleraron un poco cuando comprobé que había decidido presentarse de la forma que más me gustaba. Tenía puesto un vestido negro inmensamente escotado, con falda apenas por debajo de la rodilla. Las medias de red estaban rotas en tres lugares estratégicos. Y, sorpresa de sorpresas, esta chica All-Star se había puesto zapatos. El detalle no me pasó para nada desapercibido. Puedo contar con los dedos de una mano las veces que la vi con calzado semi formal, ni hablar con los tacos que tenía ahora. Y estaba maquillada. Mía importarle salvo aos. A nadie parec, miraba a ver si en la otra mesa notaban nuestros cada vez mo ascendente que eventualmentenimamente, pero lo estaba.

De repente, la noche cambió de perspectiva. “Acá puede pasar algo”, pensé.

Famous last words.

Me acerqué, nos saludamos con un beso. En la mejilla, por supuesto. Me senté y ella, espontáneamente, se ofreció a traerme una bebida. Asentí y antes de que pudiera decirle qué, bajó. Tanta solicitud me descolocó un poco, pero no me niego a que me atiendan, y menos una mujer cuyo cada movimiento amenaza con provocar un desparramo de tetas.

Volvió con un Jack, neat, y una botella de agua mineral. Wow. La cosa venía en serio.

Nos sentamos y comenzamos a charlar y tomar. Nos pusimos al día con las cuestiones de cada uno: a quién nos estábamos cogiendo y cómo, qué series nuevas veíamos, y qué películas esperábamos con ansiedad.

Habrán pasado un par de horas, o cuatro, con frecuentes interrupciones de la charla para ir alternadamente al baño y a traer más tragos. Después del quinto Jack (y el segundo shot de José Cuervo), perdí la cuenta de la ingesta.

Habíamos comenzado la noche casi frente a frente con la mesa de por medio, pero de a poco fuimos acercando las banquetas altas hasta quedar casi pegados. Esto facilitaba mi obsesiva visión de su escote y los toques cada vez menos furtivos que ella le prodigaba a mi pierna, en un camino ascendente que eventualmente terminó en donde yo quería que terminara.

De vez en cuando, alcoholizado y todo, miraba a ver si alguien más notaba nuestros cada vez más frecuentes toqueteos. A nadie parecía importarle salvo a un tipo vestido con remera negra y jean, un rubio mega ario cuyo corte militar no hubiera estado fuera de lugar en la Hitler-Jugend. Hans (llamémoslo así) relojeaba de vez en cuando nuestros escarceos, tomando a solas en un rincón. Era el único que había quedado en todo el piso.

Cuando lo noté, me incliné y le pregunté a B. si sabía quién carajo era. Ella miró con toda la sutileza posible para una persona que ya llevaba, según mis cálculos, casi un litro de vodka dentro. Después se acercó a mi oído para gritarme que era uno de los dueños del local, al que tenía visto de antes, y que alguna vez había intentado levantársela. Vivía ahí.

Con esa información y una sonrisa sobradora me giré hacia él, está vez encargándome de que se diera cuenta de que lo estaba observando, y alcé mi vaso de Jack en un brindis burlón, para después liquidar mi whisky y volver mi atención sobre B. y, muy lentamente, manosearle las tetas.

B. se rió y se paró para ir a orinar por enésima vez.

Cuando llegó a la esquina del pasillo que desembocaba en el baño de damas se volvió para mirarme, desafiante.

Un segundo después, recogí ese guante. Si esta golfilla quería provocarme, pues yo me dejaría provocar. Me mandé atrás de ella.

Entré al baño de mujeres. Era un pasillo corto, iluminado con una bombita verde. Las paredes tenían dibujos medio girlie. Atrás estaba el inodoro, sobre el que se encontraba B., las medias bajas y la pollera levantada, haciendo equilibrio (no facilitado por su estado etílico) para mear sin tocarlo. No dijo nada cuando me vio entrar.

Cerré la puerta con cuidado.

Un instante después, le di un cachetazo que resonó en mis oídos como el mejor jazz del mundo. Inmediatamente volví a cruzarle la cara en la dirección opuesta, intentando darle aún más fuerte. Sus ojos se pusieron en blanco un instante. Sonrió. Quería más.

Happy to oblige.

Le tomé el cuello con las dos manos y comencé a apretar al tiempo que intentaba levantarla. La sonrisa se borró de su rostro, y sus manos manotearon mis antebrazos, golpeando débilmente. Detrás de los anteojos, sus ojos me miraban fijos, con un lindo asomo de miedo que nunca había visto antes en ella.

Mi pija se endureció. Me reí mientras regulaba la presión que ejercía sobre su garganta. Su respiración era sibilante. Sus piernas flaqueaban. Me acerqué a su oído y susurré:

“No pares de mear, puta. Y no te desmayes, eh. No sin permiso. ¿Esto te gusta? Sabés lo que tenés que decir, ¿no?”.

No contestó. Volví a mirarla a los ojos. Atrás del temor estaba la comprensión. Le pregunté de nuevo:

“¿Sabés lo que tenés que decir?”.

Con esfuerzo sonrió, cada vez con menos aire, y asintió con los ojos. Mi conciencia liberada me permitió apretarle el cuello un poco más. Sentí que ella empezaba a perder el conocimiento. Su cuerpo se convirtió en peso muerto por un segundo.

En ese momento, alguien irrumpió en el baño, rompiendo de una patada el débil cerrojo que mantenía la puerta en su lugar. Era Hans.

Solté a B. y me giré para enfrentarlo.

Él intentó manotearme la camisa y sacarme del baño. Yo, con un ojo puesto en B. y en su estado, lo empujé y salí.

Afuera, nos trenzamos. Esas peleas de borrachos son difíciles de describir a posteriori: uno tira piñas, patadas, lo que sea, y espera que algo conecte. Caímos al piso, revolcándonos. De lejos creí escuchar algún grito de B.

Pronto, otra manos me asían, tratando de separarme de Hans. Me gustaría decir que estaba ganando los trompis, pero honestamente ni recuerdo. La poca lucidez etílica que me quedaba sí me permitió ver que el morrudo de la puerta era el que me había agarrado, desde atrás. Calzó mi cuello en el hueco de su codo, en una llave de estrangulación que me hizo caer en una semiinconsciencia.

Desde el piso, entre brumas, pude divisar como el pelado ayudaba a Hans a levantarse. El rubio lo empujó a un costado y se dirigió a B., que parecía estar gritando desde la puerta del baño. La calidad de los gritos cambió cuando Hans le pegó un trompazo en la mandíbula. B. cayó la piso, cerca de mí.

Me desvanecí unos segundos. Creo. Es difícil de precisar. Pero no fue mucho más de un minuto porque cuando comencé a volver a la consciencia B. todavía estaba en el piso. Y gritaba de forma ahogada.

El pelado le sujetaba las muñecas, mirando con ojos enrojecidos y respiración entrecortada la escena de la que era partícipe. Ella tenía el vestido roto; sus tetas se desparramaban para los costados mientras se sacudía e intentaba cerrar las piernas, en vano. No podía hacerlo porque Hans estaba ahí metido. Desde mi perspectiva podía ver bombear su culo lampiño, furiosamente. De vez en cuando sacaba la mano con la que estaba tapando la boca de B. para darle un cachetazo fuerte.

Me incorporé como pude. Todavía mareado, miré alrededor, buscando algún elemento contundente. Mi mano se cerró, medio a ciegas, sobre un botella de cerveza.

Hans y su mono estaban tan concentrados en lo suyo que no se dieron cuenta de lo que estaba por pasar.

Le rompí la cabeza al ario de un botellazo. El sonido me resultó muy satisfactorio. El gordo soltó a B. e intentó tirarse sobre mí, pero con los restos del envase amagué cortarlo y lo mantuve a distancia. Me rodeó para dirigirse a reanimar a su amo mientras yo mantenía parte de mi atención sobre ambos y me inclinaba para ayudar a B.

Además de la ropa destrozada, ella tenía marcas en todo el cuerpo: las manos del morrudo le habían lastimado las muñecas, tenía el labio roto y multitud de moretones en el estómago y piernas. Pero algo me llamó la atención.

Sus anteojos estaban intactos.

Los seguía teniendo puestos, si que quizás un poco ladeados. Pero estaban incólumes.

Acerqué mi rostro al suyo para comprobar que esto era cierto. Y con un hilo de voz, B. susurró:

“Sé lo que tengo que decir”.

La miré a los ojos. Y ella me sonrió, con los dientes manchados de sangre, la sangre de su labio.

No hizo falta que me lo repitiera.

Retrocedí hacia la escalera. Hans ya había vuelto en sí y, ayudado por el morrudo, comenzaba a incorporarse.

Intercambiamos una mirada interminable que habrá durado dos segundos.

Bajé la escalera lentamente. Y me fui.

No volví a encontrarme más con B.

lunes, 7 de enero de 2013

La chica que no besaba


La primera vez que vi a B. le estaban pegando.

No fue eso lo que me sorprendió. A esta altura, ya he visto mucha gente en circunstancias similares. Lo que me llamó la atención fue la forma en la que le pegaban. Parado con un pie al lado de la cruz en la que ella estaba atada, un hombre de unos cincuenta años le daba piñas en la cara.

El ángulo estaba calculado para maximizar el recorrido e impacto de cada puñete. El peso de su cuerpo se balanceaba de atrás hacia adelante cuando su brazo trazaba el recorrido del puño que terminaba en un rostro.

Los golpes eran secos. Los nudillos del hombre impactaban y ahí se quedaban. Luego, se retiraban lentamente, como si estuvieran amartillando cuatro armas que volvían a dispararse una y otra vez. Al comienzo del ciclo, el hombre inspiraba. Con el estallido de violencia, el hombre exhalaba.

Los golpes eran precisos. Los anteojos de B., una de sus posesiones más atesoradas, apenas se movían. La colisión de carnes no los inmutaba. Sólo tiempo después, cuando mi mano suplantó a la de ese hombre, supe que una de las pocas reglas de B. era que no le rompieran los anteojos. Moretones, sangre, dolor: sí. Anteojos rotos: límite duro.

El puño del hombre impactaba y B. gemía. Un gemido animal, básico. Orgásmico.

Alrededor de esta danza se congregaba una audiencia expectante. Decenas de ojos seguían el camino de la mano a la cara. Muchas gargantas respiraban al unísono: algunas con el castigador, otras con la castigada. Reinaba el silencio, roto sólo por las inspiraciones cada vez más pesadas del hombre y los suspiros cada vez más agudos de B.

No sé si acabó. No sé si le era tan importante. La sesión de box unilateral terminó porque el hombre se cansó antes que B. Al tiempo que las miradas de la gente se trasladaban a algún otro juego, yo la seguí con la mía mientras ella iba al baño.

Cuando salió me acerqué a hablarle. A los diez minutos, me garroneó diez pesos que le faltaban para tomarse un Speed con vodka. Lo hizo muy educadamente, eso sí. Me resultó simpático que me pidiera sólo parte de un trago, y decidí invitárselo yo. Tuve que insistir para que aceptara.

A partir de ahí nos hicimos amigos. O algo así. De vez en cuando nos juntábamos a intercambiar violencia. Bueno, “intercambiar” no es exacto. A que ella recibiera mi violencia y la convirtiera en su placer. Pero mi violencia siempre tenía un freno que yo sabía que la dejaba insatisfecha en algún lugar. No podía entregarme de forma completa a su receptividad, a su necesidad de dolor y humillación.

Ella me pagaba los golpes engulliendo mi pija con una devoción que ya hubiera deseado poder fingir Linda Lovelace. Le gustaba quedarse ahí, ahogándose, babeando, hasta no dar más. Tragando mi carne me miraba, siempre con los ojos enmarcados por sus gafas de semi-hipster, con las que yo siempre tenía extremo cuidado.

Y sus otras dos reglas me molestaban mucho más que la de los anteojos, la verdad.

La primera era que no le gustaba que le chuparan la concha, sin importar la genitalidad de quien lo hiciera. Pocas han sido las criaturas que me he cruzado a quienes no les apasionara que les comieran el sexo y para todas (me arriesgaría a decir) la causa era fácil de rastrear hasta alguna clase de inhibición. Extraño me resultaba que ella, ser libre como pocos, sufriera de ese obstáculo. Mil y una vez la sondeé buscando alguna explicación, en vano.

Podría haberme resignado a no saborearla. Pero era la segunda regla la que más me perturbaba, y de una forma que al día de hoy no puedo terminar de precisar.

B. no besa en la boca si puede evitarlo.

Si se ve arrinconada, te deja hacer. Pero no responde, o la respuesta es como besar una rodaja de matambre.

¡Como me volvía loco esa regla de mierda! ¿Cómo podía ser que ella, cuya oralidad estaba a flor de piel, a quien había visto satisfacer a buen número de hombres y mujeres por separado y en simultáneo, ella mismita, que tomaba cerveza como si fuera el fin del mundo y fumaba como si se le hubiera acabado esa cerveza en los últimos minutos, no quisiera entregarse a los placeres osculásticos?

Inútil discutir el tema. Se negaba a analizar sus razones. Y eso no me gustaba un carajo. Me frustraba no poder besarla, no poder comer su boca.

Así transcurrieron los breves meses en los que nos vimos con cierta regularidad, pero al final nuestros propios limites nos alejaron. Nos faltaba una coincidencia fundamental: Yo no estaba dispuesto a pegarle como ella necesitaba. Ella no quería besar. Violencia sí﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽no. en cuandos propios limites nos alejaron. Yo no estaba dispuesto a pegarle como ella necesitaba. Ella no estaba disí. Ternura no.

Ambos coincidimos en “adiós”.