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miércoles, 25 de junio de 2014

Me gusta verte putoneando feliz (Monólogo II)

Me gusta verte putoneando feliz.

Me gusta sentir la vida que emana de vos cuando te dejás, cuando te entregás a existir. Volás y me hacés feliz, y me liberás.

Me gusta el rebote que le da a tu paso, la sonrisa que imprime en tu cara, la canción que se cuela en tu garganta.

Me gusta el meneo que el deseo le pone a tu culo; carne amplia, inmanente, atávica y complaciente, magreable hasta el fin de los días.


Me gusta cómo se encienden las luces detrás de tus ojos cuando sos libre.

miércoles, 2 de abril de 2014

Cuando haya besado cada uno de tus dientes

Mi búsqueda es cualquier cosa menos mundana.

Busco el color que no he visto, la nota que sólo escucha un felino, el aroma sutil que mi nariz no capta, la piel que no he acariciado aún.

¿Porqué? ¿Qué sentido tiene ver, oler, saborear, tocar, lo que cada persona desde el comienzo de la Humanidad, desde que el primer primate que se autonombró ha visto, olido, saboreado, tocado?

No saber el sentido no implica no tener la compulsión de la búsqueda de todos modos. Porque el impulso de ir más allá está siempre presente, ese deseo de querer mover la frontera.

Un paso atrás de otro, y el impulso de dar uno más. Así se avanza, aunque a veces parezca que se retroceda. Lo viejo es lo nuevo, tanto como que lo novedoso se convertirá en antiguo en un parpadear.

La indagación es a solas aunque estemos rodeados de un oleaje de carne. Sin embargo, un círculo de amor es la mejor compañía para el viaje. Por eso estamos acá.

Y cuando haya besado cada uno de tus dientes; cuando haya lamido todos tus recovecos; cuando haya saboreado cada agujero de nuestros placeres; cuando haya acariciado y castigado cada parte de tu cuerpo; cuando haya conocido y deconstruido tu alma; cuando nuestras huellas se confundan en una sola, allí comenzará la aventura de recorrernos de nuevo.

miércoles, 25 de septiembre de 2013

Miles (Monólogo V)

El timbre metálico me eriza la piel. Me lleva a lugares prístinos. El ritmo del contrabajo me hace sudar las manos. El saxo sucede, me arrastra.

La mente se transporta a otro lugar. Huelo el humo espeso, mezcla de cigarrillo y marihuana. Huelo el sudor de ese negro que toca. Huelo las notas, huelo el amor por el instrumento. La declaración de un poema errático, asincopado, multiétnico.

Pocas cosas hay más distantes a la soledad de quien escribe que una banda de música. Un solista es una cosa, claro. Pero una banda… una banda es más que mucha gente tocando separadamente. En los mejores momentos, aparece un cuerpo invisible, una bifurcación que une. En esos momentos, la música es una buena sesión de sexo grupal, con bocas que soplan, dedos que tocan, orificios que se llenan, pieles que se golpean.

¿Un escritor? La expresión máxima de la masturbación. No dudo: una buena paja es algo imponente, digno de ser experimentado. Algo lindo de hacer de vez en cuando. Pero la soledad de la paja es agobiante. Nada que ver con la compañía que tiene un trompetista que sabe, que siente, que puede recostarse sobre los platillos, dejar entrar al piano y bailar con las cuerdas.

Quizá los músicos piensen de forma especular con respecto a la artesanía de tipear y poner una palabra atrás de otra. Puede ser que les pase, como a tantos, como a mí, que sueñen con tener lo que no tienen. Pero hay una desventaja que no le acaece: la música, aún la música mala, ataca su objetivo en un lugar que no tiene nada que ver con lo intelectual. El pie se menea al son del compás sin que el lóbulo frontal diga nada.

El escritor, por otro lado, tiene que romper no uno si no dos cerebros. Primero, el suyo. Romper la cuadratura de la propia cabeza, de las cadenas encarnadas, de la miseria de intuir que la palabra exacta siempre es otra. Y después el cerebro que tiempo después leerá esa serie de caracteres hechos palabras hechas frases hechas textos. Si abrir una mente es difícil, abrir dos lo es exponencialmente más.

Escribo desde hace treinta años, y recién empiezo a entender las sutilezas de este arte. Recién, quizá, comienzo a romper mi propia cabeza. Queda por ver si puedo desmantelar alguna otra.


Mientras tanto, escucho al dios de la trompeta explicarme de qué va la cosa.

miércoles, 24 de julio de 2013

Yukón (Monólogo II)

Ella cambió.

Cambió por mí. Para mí. A causa mía. Por mi placer.

No hay quejas, no. Hay… silencios. Revisiones. Nuevos recorridos.

Me pesan los cambios, por auténticos que sean. La honestidad misma tiene un límite. Hay fronteras que sólo pueden cruzarse una vez.

Pero, ¿qué pasa cuando el territorio frente al que nos paramos nos asusta? La inmensidad de ese Yukón amedrenta. ¿Porqué? Quizá porque ser el todo de alguien se parece demasiado a no ser nada. Es una resposabilidadd que no queremos.

Los buscadores de oro que iban a ese lugar inhóspito de Canadá arriesgaban todo en un sueño dorado del capitalismo más completo: tener ese golpe de fortuna, que la Diosa misma les sonriera. Con un solo beso, su vida se vería redimida. Explicada.

Por la quimera de su oro enfrentaban fríos cuasi polares, extraños animales velludos y la locura blanca que a veces los convertía en caníbales.

El Yukón del cambio es igual: nos adentramos en la desolación helada de que alguien deje de ser para ser en nosotros. Con un enclenque trineo nos metemos, asustados de las posibles consecuencias, en la vastedad de un territorio que no nos pertenece, porque es de la Naturaleza. Y soñamos con encontrar una pepita de oro enorme que justifique el riesgo, el miedo, el esfuerzo.

Como con tantas otras cosas, nos sobrevendemos las chances que tenemos. Sabiendo que la búsqueda es casi imposible, igual persistimos. ¿Porqué? ¿Tan fuerte es la pulsión del descubrir? Aún con el conocimiento de que lo que queremos hallar es difícilmente encontrado, seguimos adelante.


Y muchas veces, como esos cazadores de ilusiones doradas, nos quedamos congelados en medio de la nada.

El Yukón gana otra vez.

miércoles, 24 de abril de 2013

La necesidad (Monólogo I)


Esto es lo que yo necesito: la desnudez de la obediencia.

El estado cándido en el que dejás de ser tuya para ser mía.

El momento en el que la voluntad se rinde, se entrega, se disuelve. Como un humo picante y dulce, se desvanece en nuestro aire.

Acatás mis órdenes porque querés hacerlo. Algo en vos me llama, pidiendo ser reducida a un objeto. Ser usada, abandonarte al no-pensamiento, no decidir más. Ansiás la libertad de no elegir.

Y el valor de todo reside en que lo hacés por vos. No por mí. No obedecés porque yo quiera. Obedecés porque te calienta, porque frente a mí no tenés miedo de ser, mostrar tu yo más real y profundo.

Eso es lo que vos necesitás.

Que otros opinen. Que otras vilipendien, juzguen, califiquen.

Nosotros vivimos nuestra vida, en el rol que nos llena.

Ahora vení a tu jaula. Es hora de jugar. Entrá si querés ser libre.