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miércoles, 29 de octubre de 2014

Doblecara

Doblecara te permite ver cuando vas y cuando venís.
Doblecara mira los dos semáforos al mismo tiempo cuando cruza la calle.
Doblecara se juega a todo y nada en simultáneo, para no perder nunca.
Doblecara se lleva bien con Dios y con el Diablo; no es ni ángel ni demonio, ni una cosa en el medio.
Doblecara es y no es al mismo tiempo, y no tiene dilema.
Doblecara elige no elegir y no elige elegir, que vendría a ser lo mismo dicho de dos formas diferentes.


Doblecara tiene dos nucas y ningún ojo. Dos bocas sin dientes. Dos sonrisas que no significan nada.

miércoles, 10 de septiembre de 2014

La mentirosa (Mitos II)

Príamo de Troya tuvo mucha descendencia, de variadas mujeres. La más famosa provino de Hécuba: el valiente Héctor; el desafortunado Paris; y la maldita Casandra, entre otros.

Casandra era sacerdotisa de Apolo y, como tal, había jurado mantenerse casta. Fue él mismo quien quiso forzarla romper su juramento, cuando se prendó de ella e intentó seducirla. De poco sirvieron las palabras melosas del dios dorado: Casandra no quería entregarse ni siquiera a él. Pero el gemelo de Diana no es conocido por cansarse fácil cuando se trata de conquistas, y terminó encontrando el punto débil de la mujer; le prometió que, si accedía a sus deseos, daría a Casandra el don de la profecía.

La mujer accedió pero puso una condición más, temerosa de la naturaleza inconstante de Febo y de que después de consumado su deseo éste quisiera deshacer su promesa; exigió que el don le fuera dado antes de su entrega. La pasión apolínea forzó su asentimiento y, con un toque, Casandra vio frente a ella el camino del futuro.

Indignada, comprobó cómo sus suposiciones sobre el amor de Apolo eran ciertas, y antes que verse abandonada, decidió renegar ella de su palabra, y mantener alejado al Arquero. Frente a eso, el dios la maldijo con un castigo cruel: escupiendo en su boca la condenó a ver el futuro, sí, pero sin que nadie creyera sus predicciones.

Pronto Casandra saboreó los frutos amargos de la maldición. Pronto comprobó la profundidad de la venganza divina. Pronto su nombre comenzó a ser asociado con la mentira y la locura: cada profecía que salía de sus labios era tomada con sorna o desprecio aún por quienes serían más afectados.

La mujer, ya no sacedortisa de un dios al que despreciaba, fue la primera en reconocer en Alexandro, también conocido como Paris, a su hermano, cuando éste fue traído a la corte con el ropaje de un simple pastor; auguró que el rapto de Helena causaría la ruina de su amada Troya; y previno a sus compatriotas sobre el enorme caballo de madera que los griegos habían dejado en las puertas de la ciudad como ofrenda a Poseidón.

Sus palabras cayeron siempre en oídos burlones, tal y como el vengativo dios sabía que sucedería. Para aumentar aún más la desdicha de la mujer, cuando Troya finalmente sucumbió al ingenio griego Casandra fue violada por Ájax el Menor en pleno templo de Atenea mientras buscaba refugio.

Ultrajada, abandonada, sin patria, la hija de Príamo se convirtió en amante de Agamenón, jefe de los griegos, cuando le tocó como parte de los despojos de la guerra. De esa relación nacieron dos hijos, Teledamos y Pelops; y quizá Casandra habría encontrado un módico de alegría en ellos.

Mas la venganza de Apolo no había sido consumada del todo: los dioses gustan de dar para después quitar. Porque si negarse a los avances de un Olímpico es peligroso, más aún es prometerle las mieles del deseo y luego faltar a ese juramento.

Porque ocurrió que durante al prolongada ausencia de Agamenón su esposa Clitemnestra, furiosa con el Atreida, había tomado a su mayor enemigo, Egisto, como amante. Ambos planearon la venganza contra el rey y a su regreso lo atrajeron a un baño caliente en donde Clitemnestra lo mató, para luego asesinar también a los hijos que había tenído con Casandra y también a ésta.


Pero como si hubiera querido compensar la furia salvaje que su hijo había desplegado contra una simple mortal, a su muerte Zeus la juzgó digna, por su dedicación a los dioses y su fe religiosa, de ser transportada a los Campos Elíseos, la tierra inmortal donde residió por toda la Eternidad, ya sin el peso de saber el futuro. Que si algo hemos aprendido los simples mortales es que los Dioses castigan en vida y premian tras la muerte.

miércoles, 16 de abril de 2014

Elogio traicionero

Una rosa con una aguja clavada. Roja, gotea agua. La aguja todavía tiene el hilo carmesí con que se han bordado las palabras que revelan la escena oculta. Cada letra está delineada con claridad; imposible equivocar su significado.

Eso es traicionar.

Traicionar, pero por el gusto de hacerlo. Estimularse con la idea es forzoso. Ese es el secreto sucio que todos llevamos dentro: traicionar da gusto; traicionar libera. Todos hemos traicionado, o lo haremos en algún momento. Traicionar es inevitable. Lo único que se necesita es vivir lo suficiente.

Sólo cuando traicionamos las ideas que teníamos arraigadas encontramos nuevos puntos de vista. Sólo cuando traicionamos a quienes nos aman sabemos si era de verdad cierta esa incondicionalidad tan pregonada. Sólo cuando traicionamos la cita con la muerte es que seguimos respirando.

Aunque siempre se siente peor que alguien nos lo haga a nosotros, esto es claro. Tiene un costo. Traicionar, pero de frente. No de espaldas. Traicionar no por cobardía, si no con coraje. Traicionar con el corazón abierto y la mirada en el horizonte. Así da gusto una buena traición, aunque duela.


La traición es llorar.

lunes, 14 de enero de 2013

La infidelidad de Jack


Tengo un Glenlivet en mi biblioteca, al que de a poco voy asesinando.

Siempre disfruté el whisky, aunque cuando el abuelo Jesús intentaba darme de probar, a los 13 años, no lo hubiera adivinado. Ese brebaje espantoso que el valenciano bebía con deleite me resultaba… bueno, espantoso. Deleznable. Cerval. Nada más lejos en mi mente, ávida de experiencias adultas, que tomar eso.

Años después, ya habiendo atravesado ese umbral de la hombría que requiere aprender a tomar whisky gracias a una oportuna botellita de Chivas Regal cortesía de una función privada de James Bond (I kid you not), reconocí la razón por la cual el líquido amarillento que el Pater Familias tomaba ritualmente antes de cada cena me era insoportable: de whisky tenpicamente.veo reducido, entonces: a alguien que escribe cosas to, pero no me jodas. Para sublimez, el whisky. Para inspiraciía sólo el nombre en la etiqueta. "El Elegido de los Criadores”, decía la descarada. Y una olisqueada me confirmaba que esos bovinos de ojos vacuos que me observaban desde la etiqueta debían ser, sin dudas, quienes producían el líquido infernal, reemplazando mentalmente la palabra “Elegido” por “Orín”. O “Meo”. En esa picamente.veo reducido, entonces: a alguien que escribe cosas to, pero no me jodas. Para sublimez, el whisky. Para inspiraciépoca todavía no tenía la sofisticación de ahora.

Otro derroche de originalidad, este texto. Alguien que le escribe al whisky, mientras lo bebe. Pero el mito del scotch, la leyenda, es fuerte. ¿Qué otro alcohol tiene tanta mística? ¿El vino? Lejos estoy de querer denigrar la fruta de Baco, pero no me jodas. Para sublimez, el whisky. Para inspiración literaria. Para charlar con un amigo. Para llorar solo.

A esto me veo reducido, entonces: a alguien que tipea temas tópicos tópicamente. De un abuelo heredé el don de la palabra, pareciera. Del otro, el gusto por la malta. ¿A quién le debo más?

Ah, pero no le soy absolutamente fiel a ese cereal, no. Como en la vida amorosa, debo hacer un mix-n-match que me mantenga contento, y por eso acudo al maíz y a su mejor hijo, el bourbon.

Sí, Glenlivet, te he sido infiel como a tantas. Y con otro hombre. Jack.

Mientras te amasijo de a cortos tragos, esa intimidad homicida no me impide excitarme frente a la idea de un Gentleman J. Neat, sin rocas, puro calor destilado que quema la garganta y no se detiene en mi estómago sino en mi entrepierna.

Pero créeme esto, que digo desde el fondo de mi hígado: cuando mueras, Glenlivet, serás extrañado. Aunque más no sea, por un corto tiempo.