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miércoles, 11 de junio de 2014

Notas para antes de dormir IV

A veces dormíamos juntos los tres. Quizá mn al pie de nuestra inmensa cama, para no despertar a ninguna de ellas.a otro y el resto del cuerpo en un tercer uchas más que lo que “a veces" pueda sugerir.

En principio, mi lugar no era el medio. Yo seguía usando el costado en el que dormía cuando sólo éramos A. y yo. J. se acomodaba entre nosotros. Ella se contorsiona al dormir; pareciera estar haciendo alguna pose de yoga, con la cara hacia un lado, el torso hacia otro y el resto del cuerpo en un tercer ángulo. Eso sí, su culo siempre protruye.

Pero una vez, por circunstancias que no recuerdo, me tocó estar en el centro de la cama, rodeado de mis amores. A. a mi izquierda, J. a mi derecha. Pasé calor, esa noche. En un primer momento no me terminó de gustar. Sin embargo, un alguito me quedó. Intuía que había encontrado un momento, ahí.

De a poco fui acostumbrándome a ese espacio que se repetía cada vez con más frecuencia. Desde una perspectiva, no era nada cómoda mi nueva ubicación: me levanto bastantes veces, para tomar agua e ir al baño, y tenía que deslizarme primero hacia arriba, saliendo de debajo de las sábanas, y después hacia abajo, en dirección al pie de nuestra inmensa cama, para no despertar a ninguna de ellas.

Siempre, al volver a acostarme, me quedaba unos instantes mirándolas dormir. Escuchando el ritmo de sus respiraciones, los suspiros que a veces se le escapaban a una o a la otra. Con ese espacio en el medio que era mío.

Me resultaba difícil encontrar una posición en la que descansar yo. Iba rotando, girando, como también es mi costumbre, distribuyendo mi tiempo de un lado y del otro, haciendo un acto de balance semidormido que reflejaba el que tenía que hacer cada día. Hasta que una vez, mientras estaba de cara a J., A. me agarró de espaldas, pasando su brazo por mi cintura. Y entonces yo tomé a J. de la mano, fuerte. Ella me la apretó. Así, los tres nos rendimos al sueño. Fue una de nuestras mejores noches.


Fue la última que dormimos juntos los tres.

miércoles, 2 de octubre de 2013

Notas para antes de dormir III

Un día A. estaba enferma. Nada grave, alguna gripe. Acostada en el sillón, tapada con la colcha que trajo a nuestra casa, se durmió. Una vez más, como tantas otras, la miré soñar. Y algo dentro mío necesitTe amo con la desesperación del que ó acercarse un poco y susurrarle:

“Te amo todo lo que puedo amar a una persona. Te amo como nunca pensé que iba a amar a alguien. Te amo con la fuerza que sólo le es posible a un cínico al que le mostraron que se equivocaba. Te amo como puede amar quien creía en cuentos e historias y descubrió que la vida real es mejor. Te amo con la desesperación del que sabe que un día va a morir, y que ese día todo termina.

Te amo como pez ama al agua, lombriz  a la tierra, pájaro al aire, demonio al fuego. Te amo con cada poro, cada pelo, cada diente. Con cada mano, cada ojo, cada sonrisa.

Te amo como si tuviera seis, quince, cuarenta años a la vez.

Te amo con el sol de mil veranos.

Te amo como un sediento de festejo desea una botella de vino tinto mediterráneo.

Te amo con la alegría de saber que vos me amás también.

Y con todo eso que te amo, con toda mi alegría, con todas esas botellas llenas de vino tinto, con todo el sol, con todos esos años, con todas las partes de mi cuerpo, con todos los elementos entremezclados, con toda mi desesperación, con todo el realismo, con toda la fuerza anti cínica, con todo ese pensamiento de amor, tengo aún más amor para dar. Mucho más. Pero sólo puedo darlo gracias a vos.

Amémonos. Amemos, juntos”.


Acostada en nuestro sillón, A. no se movió. Sólo una ligera sonrisa asomó, y ahí se quedó. Respiró profundo y siguió durmiendo.

miércoles, 14 de agosto de 2013

Notas para antes de dormir II

Soy un tipo complicado para dormir. Sufro de diversas maladies que me dificultan el descanso. Tengo apnea, que me impide dormir boca arriba. Si paso la noche boca abajo, al día siguiente tengo tortícolis. Entonces, sólo duermo de costado, alternando de lado a lo largo de la noche. Además, me acostumbré a usar una almohada entre las piernas para no apoyar una rodilla sobre otra. Por esta razón en nuestra cama hay tres almohadas.

Quedó claro, ¿no?: soy un tipo complicado para dormir.

Si a eso le sumamos una tendencia al insomnio, se entenderá porqué A. suele dormirse antes que yo, con esa facilidad extraordinaria que tiene. Mucho antes, la mayoría de las veces. No es raro que ella se vaya a la cama y se duerma sola, a pesar de todo lo que nos gusta entregarnos al sueño juntos.

Por otro lado, a mí me encanta acostarme y que ella esté ahí, dormida. La cama ya está caliente y eso se agradece mucho en invierno. Me gusta mirarle la cara en la semioscuridad. Escucharla respirar. Imaginar qué sueña, si lo hace conmigo.

Cuando me acuesto intento hacer el menor ruido posible, y alterarla lo mínimo indispensable, porque yo detesto que me hagan eso. La ruptura de un trabajosamente ganado sueño me saca de las casillas.

Pero a veces A. se duerme abrazando la tercer almohada. Bueno, no abrazándola del todo, pero con el brazo izquierdo sobre ésta, en una posición que me hace imposible no despertarla cuando la recupero. Me he vuelto loco tratando de extraerla de debajo suyo milímetro a trabajoso milímetro. Mas no importa el cuidado que ponga, siempre la despierto.

Una noche, después de una sesión de series seguida de abundante ingesta de un tintillo gentil, A. se quiso ir a dormir a una hora no tan tardía. Como yo me iba a quedar viendo televisión (la época en la que trasnochaba leyendo se ha perdido en el pasado), la acompañé y la ayudé a arroparse.

Mientras se acomodaba bajo frazadas y colcha, tomó la almohada rodillera y la colocó como ya he descrito. Sin pensarlo, le dije que no hiciera eso porque cuando volviera a acostarme iba a despertarla.

Me sonrió tímida, como no animándose a decir algo. Detecté un brillito pícaro en sus ojos. Ladeé mi cabeza, preguntándole en silencio. El rubor en su cara seguramente no era debido sólo al fruto de Baco.

Me dijo, en voz muy baja:

“Agarro la almohada para que me despiertes cuando te acostás, así sé que viniste a la cama”. Y se tapó el rostro con la colcha.

No pude más que mostrarle una sonrisa tan grande que no me entraba en la boca. Así, le di un beso de buenos sueños y salí del cuarto.


Desde esa noche, cuando me acuesto y ella ya está dormida, le saco la almohada con cuidado, pero sin culpa.

miércoles, 26 de junio de 2013

Notas para antes de dormir

A veces con A. nos dormimos agarrándonos la mano. Nos acostamos frente a frente. Yo estoy del lado derecho de la cama, y ella del izquierdo. Nos tomamos de las manos opuestas: A. toma mi diestra con su zurda.

Nuestros cuerpos no están tan cercanos, porque nos da mucho calor. En pleno invierno no dormimos más que con una frazada y una colcha, de tanta temperatura que generamos. Es común que la mañana nos encuentre desnudos. Ella, porque así duerme a menos que sea totalmente imposible. Yo, porque a lo largo de la noche voy haciendo un strip tease entre sueño y sueño, hasta quedar en pelotas y sudado.

Es invariable que A. se duerma antes que yo, a menos que hayamos tenido alguna discusión o entredicho. Aún ahora, después de tantas noches juntos, no deja de maravillarme la capacidad que tiene para entregarse a Morfeo en cuestión de segundos. Desde que dice buenas noches a que se duerme nunca pasan más de cinco minutos. Para mí, aquejado de miles de complicaciones previas a las visitas de los Oneiroi, esa habilidad me parece el Santo Grial. ¡Quién pudiera rendirse a la inconsciencia tan pronto!

Cuando se duerme, A. me aprieta la mano. No de forma constante, no. La estruja rítmicamente: a veces con más fuerza, a veces con menos. Ella no sabía de esta costumbre suya hasta que se la conté, algún desayuno. Me miró como si le hubiera dicho que era sonámbula, y al principio le costó creerme. Después de despertarla un par de veces mientras lo estaba haciendo, se rindió a la evidencia. Creo que le daba un poco de vergüenza reconocer algunas de las implicaciones que tiene que me agarre así, como si no quisiera que yo me escapara mientras está distraída soñando.


Pero es justamente cuando camina por tierras oníricas que más cerca de ella quiero estar, para que las recorramos juntos. Entonces antes de dormir siempre le digo, suavecito, casi sin exhalar, bien cerca del oído: “Si me buscás en tus sueños, me vas a encontrar”. Sé que aún perdida en algún paisaje somnoliento me escucha. Y una que otra vez ella sonríe, todavía dormida; esa sonrisa me ayuda a descansar a mí.

miércoles, 3 de abril de 2013

Una de fantasmas


M. me contó esta historia hace ya (la puta madre cómo pasa el tiempo) unos veinte años.

Él venía de una típica, digamos, familia porteña: clase media que de vez en cuando se daba unos gustos; cierto nivel de cultura; un catolicismo de la boca para afuera; algunas supersticiones tontas legadas por su padre, cabulero hincha de Racing; vacaciones en Mardel. Era el más agraciado de tres hermanos rubios y de ojos claros, y el del medio. No necesariamente el más brillante, pero tampoco un boludo. Todo esto para decir: no creía en cuestiones sobrenaturales. O por lo menos, no en fantasmas.

En su infancia y adolescencia, M. tenía cierta habilidad con el esférico. Jugaba en no sé qué división infantil o pre púber del Club Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires.

Al equipo no le iba mal. De hecho, le iba tan bien que fue invitado a hacer una gira de demostración por los Estados Unidos. Imagino que the powers that be habían comenzado su campaña para popularizar el deporte más jugado del planeta en la tierra de Poe y Burroughs (ambos) y qué mejor que un grupo de argentinitos bien gringos demostrando que ese juego raro no era propiedad exclusiva de inmigrantes latinos.

M. partió, con todo el equipo, a pasar cerca de treinta días recorriendo ambas costas de los Estamos Sumidos, dale que te dale a la de cuero. El mes estaba cargadísimo. En más de una ocasión jugaban un partido en una ciudad y, apenas con tiempo de pegarse una ducha, salían rumbo a la próxima.

Esto conllevaba muchos viajes nocturnos, y muchos recorridos en tren durmiendo la noche estadounidense sobre rieles.

Pero suficiente set-up, y vamos a lo acaecido.

El mes futbolero se acercaba a su fin. Lentamente, el equipo había ido desplazándose desde la costa este a la oeste, y del norte al sur. Con uno o dos partidos todos los días, más una cuota de sueño apenas satisfecha (y mayormente sobre medios de transporte terrestre), la banda de pibes que representaba a la blanquiceleste (no la argentina, la de GEBA) aprovechaba cualquier ocasión para meter aunque fuera diez minutos de apolillo.

Habían casi celebrado el viaje que tenían enfrente: tren, por la costa del Pacífico, cinco o seis horas, de noche, rumbo al anteúltimo juego antes de volver a casa.

Partieron cerca de la medianoche, ya con los ojos cerrándose en el anden﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽l and de la medianoche, ya con los ojos cerrs de su progenitora.
 pesada de esas que le resultan graciosas a todos menén. Al subir al vagón, que era más largo que lo que estamos acostumbrados por estos pagos, todos notaron que sus ubicaciones estaban en un extremo. M. se acomodó cerca de la puerta, pero mirando a la opuesta, en el asiento de la ventana. Uno de sus mejores amigos, T., se le sentó al lado. Ambos estaban de espaldas a la dirección en la que se desplazaría el ferrocarril.

T. era uno de los jodones del grupo, siempre dispuesto a hacer alguna broma pesada de esas que le resultan graciosas a todos menos al que la sufre, y que llevan a cuestionar la sociabilización del causante, o directamente a recordar los genitales de su progenitora.

Pero, cansados como estaban, tanto M. como T. se durmieron sin ning con reluctancia.levantara. T. obedeciassillo y, cuando os sueños. a dormirse, y sus cerebros a explicar racionalmente lo que noún chiste pesado de este último. M., el carilindo, probablemente soñando con alguna gringuita que viera en un partido. T., el chistoso, craneando malévolas ideas con las que atormentar a sus amigos.

No tenemos idea de cuánto tiempo pasó.

M. fue despertado de forma brusca por un sacudón y un susurro de T. El vagón estaba en la oscuridad más completa. Alguna luz de piso apenas iluminaba, y no se escuchaba otro sonido que el del resto de la gente durmiendo. El entrenador del equipo roncaba sonoramente.

Al principio, M. quiso hacerse el boludo. Pero T. insistía en sacudirlo, mientras repetía: “¡Mirá, mirá!”. Dado que su amigo no parecía dispuesto a dejarlo dormir, M. intentó despertarse lo menos posible para contestarle: “¿Qué?”.

Agarrándolo del buzo (el aire acondicionado del vagón estaba un poco fuerte), T. lo forzó a asomarse por encima de él y mirar por el pasillo en dirección a la puerta más lejana, que daba paso al vagón siguiente.

M. no vio nada que le llamara la atención. También susurrando, preguntó: “¿Qué? No veo nada. ¿Qué hay?”.

Su amigo le contestó con impaciencia: “No en este vagón, boludo. En el otro. ¿No ves eso flotando?”.

Y ahí sí, M. vio lo que le señalaba su amigo. A través de los vidrios de las puertas de ambos vagones pudo apreciar una masa informe y blanca que flotaba a más o menos un metro y medio del piso.

Sería un cliché decir que M. se frotó los ojos, desconfiando de lo que veía. Más eso hizo. Se los frotó, parpadeó un par de veces, y volvió a mirar. Para su creciente nerviosismo, la forma blanca seguía ahí. Lo que era peor, parecía estar moviéndose en dirección a ellos.

M. volvió a sentarse de forma normal, y los dos amigos se miraron, dejando que el sistema lpidamente de nuevo y susurrar, nervioso: "arse de nuevo. Tardando que el sistema los;  el resto de la , craneando mala todos menímbico tomara posesión de las funciones cerebrales superiores, entregándose al miedo atávico a lo desconocido.

“¡Boludoooooooo!”, dijo T.

“¿Qué carajo es?”, le contestó M.pidamente de nuevo y susurrar, nervioso: "arse de nuevo. Tardando que el sistema los;  el resto de la , craneando mala todos men

Su amigo lo miró sin contestar, juntando fuerzas para asomarse de nuevo. Tardó unos segundos, pero lo hizo, sólo para meterse rápidamente de nuevo y susurrar, nervioso: “¡Creo que quiere entrar al vagón!”.

M. le sostuvo la mirada, juntando todos los restos posibles de su escepticismo. ¿Sería alguna broma de las típicas de T.? No podía decirlo. Y ciertamente, si lo era, la de T. era una actuación digna de un Oscar, o por lo menos un SAG Award.

Se asomó al pasillo para cerciorarse de lo que le decía T.

Y volvió a su asiento con un grito apenas ahogado.

Porque, efectivamente, el manchón blanco fantasmal se había metido en el vagón en el que estaban ellos. Es más, continuaba avanzando en su dirección.

El sonido que emitió M. propició una descarga violenta pero aún susurrada por parte de T. “¡No hagás ruido, pelotudo! ¿Querés que nos escuche y venga para acá?”.

Ambos se quedaron en sus asientos un momento, juntando fuerzas, hasta que T. se asomó de nuevo.

M. vio como su amigo se congelaba mirando por el pasillo. Preocupado, le preguntó: “¿Y? ¿Qué pasa?”, mientras le tironeaba la campera.

T. no le contestó, por lo que M. decidió arriesgarse y asomarse.

El bulto blanco efectivamente se desplazaba a lo largo del pasillo en dirección a ellos, acercándose segundo a segundo. No se movía rápido, y se detenía de vez en cuando, pero era claro que avanzaba. Hacia. Ellos.

Esta vez fueron los dos quienes se tragaron un grito cuando volvieron a acomodarse en sus asientos.

“¡Nos escuchó!”, gritosusurró M. “¡Viene a buscarnos!”, susurrogritó T.

Ambos cerraron fuerte los ojos, como niños que creen que lo que no se ve no existe. Por cierto que estaban deseando que fuera así, que ese mantra infantil se cumpliera.

Después de unos segundos que les parecieron décadas, M. no pudo contenerse más y dijo: “Asomate. ¡Fijate si se sigue moviendo!”.

En silencio pero enfáticamente, T. se negó, y siguió con los ojos cerrados. M. lo sacudió pero no hubo caso.

M. se asomó nuevamente al pasillo. El miedo era grande, pero la necesidad de saber lo era aún más.

La forma estaba más cerca, era indudable. Hipnotizado, M. se dedicó a observarla. Parecía ser un torso humano, con dos largos brazos, y sin cabeza. Se deslizaba silenciosamente, y con cada segundo acortaba la distancia entre ella y los amigos.

Cuando llegó a unos seis metros, la figura flotante se detuvo, dubitativa. En ese momento, M. volvió a apoyarse en el respaldo de su asiento, y después habló al oído de su amigo: “¡Está muy cerca, pero se frenó! ¿Qué hacemos?”.

T. abrió los ojos para mirarlo como si estuviera loco: “¿Hacer qué? ¿Estás en pedo? Quedate quieto y no le des bola. Hacete el dormido y no nos va a joder”.

M. no supo bien qué contestarle. Si bien su instinto era similar, al mismo tiempo cuestionaba la sabiduría de ignorar un fenómeno como el que se estaba desarrollando frente a sus ojos.

Dudó un instante y decidió hacerle caso a su amigo, pero antes cerciorarse de dónde estaba la aparición.

Cuando M. asomó la cabeza, no vio nada. La forma blanca había desaparecido, tan silenciosamente como se había hecho presente.

Con un suspiro de alivio, M. se dej con reluctancia.levantara. T. obedeciassillo y, cuando os sueños. a dormirse, y sus cerebros a explicar racionalmente lo que noó caer sobre el respaldo de su asiento. T. abrió un solo ojo y le preguntó: “¿Y? ¿Dónde está?”. “No la veo más”, contestó M.

Con ese exiguo intercambio, ambos se dedicaron a intentar dormirse de nuevo, y sus cerebros a explicar aquello a lo que no le encontraban explicación. Y aunque tardó, Morfeo terminó haciéndose presente y los escoltó hacia el olvido de los sueños.

M. esta vez se despertó solo y antes que T., que seguía durmiendo a pesar de la luz que se filtraba por las persianas bajas.

A medida que la desorientación de la somnolencia se desvanecía, M. fue recordando lo que había pasado hacía no sabía con seguridad cuántas horas. De a poco reconstruyó los momentos previos a dormir y, cuando cayó la última ficha, sintió que cierta parálisis amenazaba capturarlo.

Despertó a T.

Vio en el rostro de su amigo la misma sucesión de sentimientos que acababa de atravesarlo y, cuando ésta terminó, los dos se quedaron mirándose fijo, sin decir palabra.

Casi al unísono, se asomaron al pasillo. A primera vista, no había nada anormal. Casi todo el vagón seguía durmiendo. M. hizo señas a T. para que se levantara. T. obedeció con reluctancia, despacio, y retrocedió un paso para dejar que el otro chico se le adelantara.

Con el corazón latiincha de Racingde cultura; un catolicismo de la boca para afuera; algunas supersticiones tontas legadas por su padre, cabulero héndole fuerte, M. comenzó a avanzar por el pasillo rumbo al punto en el que había visto a la forma fantasmal por última vez, que quedaba a unos cuántos asientos de distancia.

De a poco se fue acercando. Cuando casi llegaba, tuvo que tragarse otro grito por el susto que le causó la mano de T. apoyándose desde atrás en su hombro. Se giró para mirarlo con cara de culo y silenciosamente decirle “¡Pelotudo!”.

Cuando estuvo en el lugar en el que la figura habincha de Racingde cultura; un catolicismo de la boca para afuera; algunas supersticiones tontas legadas por su padre, cabulero hía desaparecido, miró le piso buscando algún rastro. No había ninguno. Miró hacia arriba, hacia delante, hacia los costados, buscando alguna pista.

Nada.

Cuando estaba por desistir, algo en el rabillo del ojo le llamó la atención. Un color y formas que le recordaron la noche anterior.

Volvió a mirar el asiento que se encontraba a su izquierda girando lentamente la cabeza.

Desparramado sobre la butaca que daba al pasillo se encontraba un marinero. Tenía zapatos y pantalón oscuros y una blanquísima camisa de la US Navy.

Y el marinero era negro. O African-American. O whatever. Lo importante: su piel tenía un tono cercano al ébano.

M. se dio vuelta y sin contestar la mirada inquisidora de T., volvió a su asiento para dormir. A fin de cuentas, unas pocas horas más tarde iba a tener que mostrarle a una parva de chicos rubicundos cómo se metía un gol y todavía tenía sueño.

M. no volvió a creer en fantasmas nunca más.