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miércoles, 31 de diciembre de 2014

Tanto

Tanto amor
tenés para dar:
a mí,
a ella,
a él.

Que a veces
siento que mi corazón
va a explotar
como un globo muy inflado;
pero no.
Me abrazás,
y nada explota.

Entonces
quiero devolverte
lo que me entregás,

pero con creces.

miércoles, 11 de junio de 2014

Notas para antes de dormir IV

A veces dormíamos juntos los tres. Quizá mn al pie de nuestra inmensa cama, para no despertar a ninguna de ellas.a otro y el resto del cuerpo en un tercer uchas más que lo que “a veces" pueda sugerir.

En principio, mi lugar no era el medio. Yo seguía usando el costado en el que dormía cuando sólo éramos A. y yo. J. se acomodaba entre nosotros. Ella se contorsiona al dormir; pareciera estar haciendo alguna pose de yoga, con la cara hacia un lado, el torso hacia otro y el resto del cuerpo en un tercer ángulo. Eso sí, su culo siempre protruye.

Pero una vez, por circunstancias que no recuerdo, me tocó estar en el centro de la cama, rodeado de mis amores. A. a mi izquierda, J. a mi derecha. Pasé calor, esa noche. En un primer momento no me terminó de gustar. Sin embargo, un alguito me quedó. Intuía que había encontrado un momento, ahí.

De a poco fui acostumbrándome a ese espacio que se repetía cada vez con más frecuencia. Desde una perspectiva, no era nada cómoda mi nueva ubicación: me levanto bastantes veces, para tomar agua e ir al baño, y tenía que deslizarme primero hacia arriba, saliendo de debajo de las sábanas, y después hacia abajo, en dirección al pie de nuestra inmensa cama, para no despertar a ninguna de ellas.

Siempre, al volver a acostarme, me quedaba unos instantes mirándolas dormir. Escuchando el ritmo de sus respiraciones, los suspiros que a veces se le escapaban a una o a la otra. Con ese espacio en el medio que era mío.

Me resultaba difícil encontrar una posición en la que descansar yo. Iba rotando, girando, como también es mi costumbre, distribuyendo mi tiempo de un lado y del otro, haciendo un acto de balance semidormido que reflejaba el que tenía que hacer cada día. Hasta que una vez, mientras estaba de cara a J., A. me agarró de espaldas, pasando su brazo por mi cintura. Y entonces yo tomé a J. de la mano, fuerte. Ella me la apretó. Así, los tres nos rendimos al sueño. Fue una de nuestras mejores noches.


Fue la última que dormimos juntos los tres.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

La piedra

Estábamos en el fin del mundo.

Un viaje largo, interno y externo, nos llevó ahí. Yo no estaba solo; éramos dos-en-uno, dos personas unidas por deseos y objetivos comunes. Lo que cualquiera llamaría “amor”.

El viaje externo había sido duro; remontándonos en el aire, temblamos ante la sensación nueva, temerosos de caer. Cuando tocamos el piso de nuevo, suspiramos aliviados.

El viaje interno había sido difícil; sumergiéndonos en nuestra carne, vibramos en la frecuencia nueva, alegres de elevarnos. Cuando emergimos, respiramos sosegados.

La dualidad de la travesía se extendía más allá de nosotros. Ocupábamos una habitación de hotel, tan pequeña que casi nos causaba claustrofobia; llena de esquinas puntiagudas que nos lastimaban cuando, semi dormidos, nos levantábamos durante la noche.

Y también estábamos en la cima de una montaña, una como las que veníamos viendo y caminando cada día. Desde lo alto podíamos ver el mundo a nuestros pies, invitándonos a caminarlo. En esa cumbre éramos enormes y minúsculos a la vez, la suma de nuestras dualidades.

La palidez de la nieve contrastaba con el calor de nuestra sangre, y de esa síntesis surgía la chispa que nos daba vida.

En la montaña, ella había tomado una piedra. Era hermosa de apariencia.

En la habitación, me la dio. Deseé que fuera hermosa de significado.

Nos miramos, perdidos y encontrados en el otra, la otro. Yoella murmuró: “Este es el comienzo de nuestra montaña, la que construiremos juntos, convertidos en algo más que partes sueltas”.

Ellayo se respondió: “Y la vamos a hacer nuestro refugio, nuestra fortaleza. Un lugar donde la resistencia no provenga del miedo, si no del amor. Un espacio nuestro, pero sin egoísmo. Un espacio nuestro en el que serla dioentre ambos: la forma de nuestra esperanza.uevo"a forma p donde la resistencia no provenga del miedo, si no del amor. Un eá bienvenida la otredad, hasta que todes seamos une”.

Nos dijimos: “Este no es el fin del mundo. Es el comienzo del nuevo”.


Y así nos fuimos a dormir, tomados de la mano, respiración sobre respiración, sujetando una forma pétrea entre ambos: la forma de nuestra esperanza.

miércoles, 2 de octubre de 2013

Notas para antes de dormir III

Un día A. estaba enferma. Nada grave, alguna gripe. Acostada en el sillón, tapada con la colcha que trajo a nuestra casa, se durmió. Una vez más, como tantas otras, la miré soñar. Y algo dentro mío necesitTe amo con la desesperación del que ó acercarse un poco y susurrarle:

“Te amo todo lo que puedo amar a una persona. Te amo como nunca pensé que iba a amar a alguien. Te amo con la fuerza que sólo le es posible a un cínico al que le mostraron que se equivocaba. Te amo como puede amar quien creía en cuentos e historias y descubrió que la vida real es mejor. Te amo con la desesperación del que sabe que un día va a morir, y que ese día todo termina.

Te amo como pez ama al agua, lombriz  a la tierra, pájaro al aire, demonio al fuego. Te amo con cada poro, cada pelo, cada diente. Con cada mano, cada ojo, cada sonrisa.

Te amo como si tuviera seis, quince, cuarenta años a la vez.

Te amo con el sol de mil veranos.

Te amo como un sediento de festejo desea una botella de vino tinto mediterráneo.

Te amo con la alegría de saber que vos me amás también.

Y con todo eso que te amo, con toda mi alegría, con todas esas botellas llenas de vino tinto, con todo el sol, con todos esos años, con todas las partes de mi cuerpo, con todos los elementos entremezclados, con toda mi desesperación, con todo el realismo, con toda la fuerza anti cínica, con todo ese pensamiento de amor, tengo aún más amor para dar. Mucho más. Pero sólo puedo darlo gracias a vos.

Amémonos. Amemos, juntos”.


Acostada en nuestro sillón, A. no se movió. Sólo una ligera sonrisa asomó, y ahí se quedó. Respiró profundo y siguió durmiendo.

miércoles, 14 de agosto de 2013

Notas para antes de dormir II

Soy un tipo complicado para dormir. Sufro de diversas maladies que me dificultan el descanso. Tengo apnea, que me impide dormir boca arriba. Si paso la noche boca abajo, al día siguiente tengo tortícolis. Entonces, sólo duermo de costado, alternando de lado a lo largo de la noche. Además, me acostumbré a usar una almohada entre las piernas para no apoyar una rodilla sobre otra. Por esta razón en nuestra cama hay tres almohadas.

Quedó claro, ¿no?: soy un tipo complicado para dormir.

Si a eso le sumamos una tendencia al insomnio, se entenderá porqué A. suele dormirse antes que yo, con esa facilidad extraordinaria que tiene. Mucho antes, la mayoría de las veces. No es raro que ella se vaya a la cama y se duerma sola, a pesar de todo lo que nos gusta entregarnos al sueño juntos.

Por otro lado, a mí me encanta acostarme y que ella esté ahí, dormida. La cama ya está caliente y eso se agradece mucho en invierno. Me gusta mirarle la cara en la semioscuridad. Escucharla respirar. Imaginar qué sueña, si lo hace conmigo.

Cuando me acuesto intento hacer el menor ruido posible, y alterarla lo mínimo indispensable, porque yo detesto que me hagan eso. La ruptura de un trabajosamente ganado sueño me saca de las casillas.

Pero a veces A. se duerme abrazando la tercer almohada. Bueno, no abrazándola del todo, pero con el brazo izquierdo sobre ésta, en una posición que me hace imposible no despertarla cuando la recupero. Me he vuelto loco tratando de extraerla de debajo suyo milímetro a trabajoso milímetro. Mas no importa el cuidado que ponga, siempre la despierto.

Una noche, después de una sesión de series seguida de abundante ingesta de un tintillo gentil, A. se quiso ir a dormir a una hora no tan tardía. Como yo me iba a quedar viendo televisión (la época en la que trasnochaba leyendo se ha perdido en el pasado), la acompañé y la ayudé a arroparse.

Mientras se acomodaba bajo frazadas y colcha, tomó la almohada rodillera y la colocó como ya he descrito. Sin pensarlo, le dije que no hiciera eso porque cuando volviera a acostarme iba a despertarla.

Me sonrió tímida, como no animándose a decir algo. Detecté un brillito pícaro en sus ojos. Ladeé mi cabeza, preguntándole en silencio. El rubor en su cara seguramente no era debido sólo al fruto de Baco.

Me dijo, en voz muy baja:

“Agarro la almohada para que me despiertes cuando te acostás, así sé que viniste a la cama”. Y se tapó el rostro con la colcha.

No pude más que mostrarle una sonrisa tan grande que no me entraba en la boca. Así, le di un beso de buenos sueños y salí del cuarto.


Desde esa noche, cuando me acuesto y ella ya está dormida, le saco la almohada con cuidado, pero sin culpa.