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miércoles, 26 de marzo de 2014

La otra metamorfosis

Gregorio Sánchez despertó con una sensación extraña.

Tenía el cuerpo entumecido y duro, y apenas podía moverse. Esperó unos segundos; quizá su cerebro se había despabilado pero el resto de su ser todavía no. “Esto es bastante curioso”, pensó. Sin asustarse, decidió dejar pasar algo más de tiempo, mientras revisaba en su memoria buscando el término que identificaba a la dolencia que estaba experimentando; algo que unía las palabras “terror” y nocturno”, o similar.

No sabía si era por la circunstancia de su amanecer, pero le costaba pensar de forma ordenada. Así, desistió rápido de ese esfuerzo, y decidió dedicarlo a desentumecer sus extremidades.

Hizo fuerza. No le era posible separar las piernas ni extender los brazos; sentía cómo fluía la sangre a su cabeza. Al mirar hacia arriba, notó que contemplaba el techo de su muy conocida habitación sin sentido de profundidad. Mirando alrededor, confirmó esta idea. Parecía que estaba viendo al mundo con un solo ojo. El miedo lo asaltó y pensó que quizá, por algún accidente, se había quedado tuerto mientras dormía. Nervioso, quiso incorporarse sin resultado.

Respiró e intentó calmarse. Probó otra vez y lo único que logró fue caerse de la cama. La forma en que lo hizo lo sorprendió: se desplomó como un peso muerto, siempre en su posición rígida. De todos modos, algo de flexibilidad  y control comenzaba a volver. Moviéndo­se de a pequeños espasmos musculares se acercó a su placard, que en el lado interior de la puerta tenía adosado un espejo que llegaba casi hasta el piso. Le costó abrirlo y casi se lastimó la cabeza, que era la única parte de su cuerpo que estaba en condiciones de usar, y que sentía extrañamente blanda y expuesta. Una rendija primero, un tajo después y la puerta se abrió.

Gregorio no pudo contener un grito de sorpresa frente a lo que estaba viendo. Frente a él se hallaba un pene gigante, en un muy evidente estado de erección. Parpadeó y vio que en el espejo el pene abría y cerraba su orificio uretral. Estaba contemplando su nuevo aspecto cuando oyó la voz de su madre.

‑¡Gregorio! ¡Gregorio! ¡Levantate, dormilón! ¡Estás llegando tarde a la oficina!

Con dificultad, Gregorio se desplazó hasta la puerta, apoyándose en ella de modo que su madre no pudiera abrirla; no podía confiar en que la buena mujer no decidiera entrar de sopetón y, aún confundido como se hallaba frente a su nuevo estado, entendía que debía encontrar una forma más gradual de preparar a su madre para la noticia del cambio de su hijo mayor. Contestó.

‑Ya va, mamá... No sé cómo me quedé dormido.

Su voz sonaba gruesa y gutural. Pero su madre no iba a soltar la presa tan fácil.

‑¿Gregorio, querido, qué le pasa a tu voz? ¿Tenés catarro?

‑Sí, mamá, sí. Me duele un poco la garganta. Preparame el desayuno que ya voy.

Escuchó cómo su madre daba media vuelta y bajaba las escaleras rumbo a la cocina. Gregorio se dejó resbalar hasta quedar horizon­tal sobre el piso de nuevo.
"¿Y ahora qué hago? Evidentemente, no puedo ir a la oficina así. La jefa me mataría. Ni siquiera puedo usar corbata. Tengo que encontrarle una solución. Lo primero es lo primero. No puedo moverme si estoy tan duro". Horas de ocio adolescente le habían enseñado cuál era la única solución a su problema.

Volvió a girar sobre sí mismo y se acercó a la cama. Con mucho trabajo, logró recostarse contra esta, con la cabeglande en los pies de la cama y los testipiés apoyados en el suelo. Comenzó un movimiento de frotación contra la colcha que le causaba latigazos de placer. Se movió más y más rápido. Las oleadas de satisfacción aumentaban, hasta que con una contracción final eyaculó una buena cantidad, manchando el cuadro de su abuela que, con rostro adusto y ceñudo, lo miraba desde la pared vecina.

"Qué enchastre", se angustió. "Pero ahora por lo menos voy a poder doblar­me".

Al decir esto, dirigió su cabeza hacia donde antes tenía sus extremidades inferiores. Notó que tenía una nueva elasticidad al tiempo que se volvía cada vez más fláccido y pequeño. Reptando, a la manera de una oruga de mariposa, llegó a las proximidades de su cómoda y oteó hacia arriba para ver la hora. Apenas podía, puesto que ahora medía menos de un tercio de su altura habitual. "¡Las diez y media! ¡Más de dos horas de retraso! ¿Quién le explica a la bruja todo esto?". Pensaba en su jefa, una cuarentona con cara de anorgasmia religiosa prolongada y conceptos teutónicos de la existencia que cada vez que podía le hacía la vida imposible. "Ahora estará contenta porque tendrá una razón para mortificarme por mucho tiempo".

Sus cavilaciones se vieron interrum­pidas por una voz masculina.

‑¡Gregorio! ¡Gregorio! Levantate enseguida, que vinieron a verte. Es la Señora Schlegel.

Su padre era perentorio. Apenas terminó de pronunciar las palabras cuando sonó una voz de mujer, rasposa, acostumbrada a mandar.

‑Ejem. Señor Sánchez, en vista de que usted no daba rastros de vida, decidí venir a ver qué le sucedía. ¿Es que no piensa salir y hablar de hombre a hombre?

Gregorio intentó contestar, con un hilo de voz.

‑Ya voy, Señora Schlegel. Es que me dolía un poco la garganta y...

‑No me importan sus excusas, señor Sánchez. Usted tiene un horario que cumplir y debe cumplirlo. Abra la puerta al menos, y conversaremos acerca de su situación que, le aviso, no es muy favorable que digamos.

‑Sí, sí, sí, ya va.

A cada “sí”, Gregorio se acercaba al rectángulo de madera que lo separaba del mundo. Se arrastraba a tal velocidad que uno de sus testipiés golpeó contra una silla que estaba en el paso y un profundo dolor que crecía desde las raíces del pene hasta estallarle en la cabeza casi lo hizo desmayar. Descansó un momento y luego retomó su endiablado reptar. Alcanzó el picaporte y trató de destrabarlo a cabeglandazos. Le tomó menos intentos que el espejo, pero estaba todo magullado cuando lo logró.

Su padre, al notar que la puerta estaba ahora abierta, empujó con fuerza, corriendo a Gregorio hacia un costado y tapándolo. Los progenitores entraron, mientras la Señora Schlegel esperaba afuera. Oculto, sólo fue posible que lo vieran cuando se hallaron en el centro de la habitación.

Lo que siguió a continua­ción fue el pandemónium. La madre, con loable preocupación maternal, fue la primera en querer comprobar el estado de su hijo. Volteó y, al contemplarlo, la pobre mujer no tuvo tiempo siquiera de emitir un grito, puesto que se desmayó al instante. El padre, sintiendo el ruido que produjo el cuerpo de su esposa al caer, se apresuró a agacharse para levantarla. En ese momento vio a su hijo. Quedó paralizado, incapaz de reaccionar, durante unos segundos. Luego alzó a su mujer y se dirigió a la salida.

-¡Siempre haciendo esta clase de cosas! ¡Esperá a que llame al médico y vamos a hablar, vos y yo!

Salió y se dirigió a su habitación, donde depositó a su mujer en la cama. Después fue rumbo al teléfono.

La Señora Schlegel vio pasar a Sánchez padre y gritó:

‑¡Gregorio Sánchez, salga! Basta ya de pavadas, que es un hombre grande. ¡No complique más las cosas!

Terminó de decir eso y entró, encontrándose frente a frente con el hombrepene, que se estaba acercando al centro de la habitación. El la miró y, contra su voluntad, comenzó a erguirse nuevamente. "¿Qué me pasa?”, pensó. “Esta mujer me atormenta cada vez que voy a la oficina. No puede ser que me esté excitando". Sin embargo, así era. En momentos estaba otra vez rígido. No sabía porqué, pero era la primera vez que veía a su jefa con otros ojos. U ojo.

‑Señora Schlegel, nunca la había contemplado así. Tiene una figura realmente apetitosa.

Gregorio se sorprendía de sus palabras, pero un impulso más fuerte que él lo estaba forzando a pronunciarlas mientras avanzaba tambaleante, ya henchido de sangre. La jefa, mientras tanto, observaba la escena paralizada de terror. O por lo menos eso parecía, porque cuando Gregorio estuvo lo bastante cerca, se lanzó a abrazarlo. Con su impulso, hizo que ambos cayeran al piso, donde en segundos se despojó de su ropas e intentó que por lo menos una porción de aquel enorme falo le entrara. No lo logró, pero comenzó a rozarse contra el gigantesco glande, acompañando el movimiento con un concierto de gemidos.

El hombre que se había convertido en pija, mientras tanto, disfrutaba de la situación pero le estaba costando bastante controlarse, y ya sentía el volcán a punto de estallar. Empero, algo lo impelía a esperar a que por lo menos su jefa tuviera alguna satisfacción. Le parecía lo correcto.

Tres segundos después de que la mujer llegara al éxtasis, Gregorio largó todo lo que estaba guardando. La fuerza de la expulsión arrojó a la Señora Schlegel algunos metros hacia atrás. Cayó y quedó tendida, demasiado agotada como para hablar o moverse.

El padre de Gregorio asomó la cabeza con timidez y observó la escena. Inmediatamente corrió a alcanzarle las ropas a la Señora Schlegel, mientras murmuraba excusas.

‑Discúlpenos, Señora. Este hijo mío siempre causa problemas. Aquí hemos intentado educarlo cristianamente. Pero ya ve. Tome, vístase. No sé qué decir...

La mujer lo miró, apenas recuperada.

‑No se preocupe, no me hizo ningún daño. Quizá siento un poco de ardor, pero ya pasará. Ahora, tengo una oferta para hacerle.

Lo tomó del brazo y se lo llevó a un costado.

-Quiero que deje venir a su hijo conmigo. Le garantizo que le proveeré todas las comodidades y caprichos que quiera. Tengo dinero y puedo darme ese lujo. Piense además que, en la condición en que está Gregorio, no podrá ganarse el sustento, lo que lo transformaría en una verdadera carga para ustedes.

Su tono de voz era convincente., tanto como para permitir al padre considerar la propuesta.

‑Bueno, debería consultarlo con mi esposa, pero en principio diría que sí, es decir, si mi hijo acepta. Ahora que lo pienso, será mejor que no esté aquí en casa. Usted sabe, tengo dos hijas que apenas han salido de la infancia, y sería bastante engorroso que estuvieran viendo a Gregorio todo el tiempo. Vio cómo preguntan los chicos. En realidad, sería un arreglo muy conveniente...

Lo meditó un segundo (o así lo hizo parecer) y continuó.

‑Si usted me garantiza que él estará bien, puede llevárselo ahora. Yo ya le explicaré a su madre. Después podríamos arreglar horarios de visitas, porque ella es una mujer sentimental. ¿De acuerdo?

‑No hay ningún problema. Tráigame una caja o bolsa donde pueda meterlo, porque no pensará usted que puedo llevarlo por la calle así nomás, ¿no?

El padre asintió y se fue rumbo al sótano. La Señora Schlegel se dirigió a Gregorio que retozaba somnoliento.

-Ahora, Gregorio querido, te vas a venir conmigo. Yo te voy a cuidar muy bien.

El joven, agotado, apenas movió el cabeglande asintiendo. De todos modos iba a necesitar alguien que se encargara de él, y no le parecía justo que sus padres tuvieran que soportar la carga ahora que no podía trabajar.

El señor Sánchez volvió con un cajón de manzana vacío. No les costó trabajo meter a Gregorio en ella, ya que estaba pequeño de nuevo. Lo cubrieron con una sábana y salieron de la casa rumbo al coche de la mujer. Pusieron el bulto en el baúl y el auto partió, llevando a Gregorio a su nueva vida.

En la casa de la Señora Schlegel obtuvo toda la comodidad material que podía desear. Tenía una habitación amplia y salía a deambular por el jardín cada vez que quería, protegido de miradas indiscretas por un paredón alto. Se fue acostumbrando a pasar las mañanas tumbado sobre el césped, calentándo­se al sol y charlando con Ramiro, el jardinero. No veía a la Señora Schlegel hasta bien entrada la tarde, momento en que llegaba del trabajo.

Luego de cenar, usualmente, se dirigían a la habitación de la jefa a descargar tensiones. Gregorio estaba siempre dispuesto, con una mezcla de agradecimiento y calentura permanente. Además, le agradaba la duración de estas sesiones y la resisten­cia de la mujer. Retozaban durante horas y horas. Ella gustaba de vestirlo. Se entretenía poniéndole sombreros y pintándole bigotes. El joven tenía varios trajes, todos hechos a medida. Ambos vivieron felices por mucho tiempo.

Sin embargo, como en toda historia feliz, ésta también llegó a un fin.

Al cabo de un tiempo Gregorio comenzó a sentirse insatisfecho. Necesitaba más. Le daba la impresión de que todas las mujeres del mundo no le alcanzarían para colmar toda su libido, su insaciable deseo de carne femenina. Así encontró su perdición.

Cuando él llegó por primera vez a la casa, la mucama se impresionó sobremanera, pero no tardó en reponerse y mostrar interés. Luego de probar a Gregorio, comenzó a traer a amigas y conocidas que querían tener nuevas experiencias. Fue así que aquel vio desfilar todas las tardes (siempre que la Señora no estaba, por supuesto) a innumerables damas de variadas edades deseosas de acariciarlo y dispensarle los mas exquisitos cuidados. Tenía que reconocer que le gustaba, y mucho, ser el centro de tantas atenciones.

Mas un mal día, la Señora Schlegel volvió temprano del trabajo. Al abrir la puerta escuchó unos ruidos provenientes de la habitación de Gregorio. Ruidos inconfundibles, que ella bien conocía. La cólera la poseyó.

Se dirigió hacia el cuarto, pasando antes por el estudio donde guardaba un viejo pistolón español, recuerdo de su padre. Empuñándolo, subió las escaleras y pateó la puerta con un grito salvaje. En el centro de la habitación estaba Gregorio, nunca más erguido, y tres mujeres (una rubia, una morocha y una pelirroja) se entretenían lamiéndolo en toda su extensión. Recorrían cada centímetro de piel y se detenían de vez en cuando, para verlo temblar e intercambiar risitas nerviosas entre ellas.

La irrupción detuvo inmediatamente la algarabía. Al ver los gestos ominosos que la Señora Schlegel hacía con el arma, las demás mujeres se retiraron, desnudas aún. La jefa avanzó hacia Gregorio, que intentaba explicarse balbuceante.

-Señora, déjeme que le explique. Usted siempre estás en el trabajo y me deja solo... No es mi culpa...

La mujer lo interrumpió con un gesto categórico.

‑¡Traidor! Te traigo acá, te cuido, satisfago hasta tus más ínfimos deseos, ¡y me hacés esto!

Antes de que Gregorio pudiera abrir el orificio uretral y decir algo más, la Señora Schlegel tiró del gatillo. El estruendo la dejó sorda por unos segundos. El humo de la pólvora le nubló la vista, pero cuando se disipó, pudo ver que Gregorio yacía en el piso, muerto. El pistolón se deslizó de entre sus dedos. Cayó de rodillas y lloró hasta que llegó la policía.

No pudieron acusarla de asesinato, puesto que ese era el primer caso su estilo en la historia; después de unos días, un confundido juez la dejó ir. Ni bien quedó libre, la Señora Schlegel reclamó el cadáver de la morgue y lo hizo embalsamar. La familia del hombrepene ya no quería saber más nada con quien consideraban una oveja negra, por lo que dejaron todo en sus manos.


El aspecto que tenía Gregorio antes de ser confinado a la tierra era magnífico: erecto como había sido en vida, y maquillado de forma tan convincente que casi se podía decir que sonreía. Para acomodarlo bien, la mujer mandó a hacer un ataúd especial con forma de T. Hizo que lo enterraran de forma vertical, en recuerdo de sus días más felices juntos. Luego dejó su trabajo, vendió sus propiedades y se recluyó como sacerdotisa en un templo de Príapo.

miércoles, 16 de octubre de 2013

Superhéroes eran los de antes

Carlos Quent, alias Supermán, se acomodó el traje azul que supo ser reluciente y comprobó que la “S” roja no estaba bien cosida. El extremo superior izquierdo se había soltado y al volar le molestaba porque le golpeaba el pecho. No era que volara demasiado por estos días, con el tema de reuma, pero igual. Había que cuidar la imagen.

Suspiró resignado, tomó un poco de Lord Cheseline y se hizo una perfecta raya al costado. Al mirarse al espejo comprobó que el peluquero le había vendido tintura berreta, y que entre su negrísimo cabello se podían distinguir algunos hilos grisáceos. Sonrió con sonrisa de superhéroe y notó que la nicotina le había manchado los, antes, blanquísimos dientes. Era evidente que lo de la crema blanqueadora era un curro. Ya no se podía confiar en nadie.

Con ánimo cansino, salió del baño y caminó hacia el comedor, donde se encontraba Luisa Lein leyendo Cosmopolitan, con la televisión de fondo. Intentaba escabullirse cuando ella le chistó. Se dio vuelta y se enfrentó con la mirada reprobadora de la mujer:

-¡Mirá que facha que tenés! ¿Se puede saber a dónde vas a estas horas, eh?

Confundido, el Hombre de Acero replicó:

-¿Cómo que adónde voy? Tengo que combatir el Mal. ¿O de qué te pensás que vivo?

-¿De qué vivís? ¡De mí, cretino! Mirenlón al señor, qué caradura, dice que vive de la lucha contra el crimen. Vivimos gracias a mi trabajo de secretaria, querido, que como héroe no ganas un mango, vos.

Supermán se veía más pequeño dentro de su traje al contestar:

-Pero es que no puedo dejar de hacer mi ronda nocturna, sino me echan del sindicato...

-¡Sindicato las pelotas! Son cuatro gatos locos que se juntan para jugar al truco por plata y chupar ginebra. ¡Borracho! Además, ya te dije, no me gusta que te juntes con Batman que anda siempre con capucha y no muestra la cara, quién sabe porqué. Encima, con ese pibe punga al lado todo el tiempo. ¡Y ni me hagas hablar de la trola esa! ¡Que yo no me olvido!

Las lágrimas amenazaban con escaparse de sus ojos cuando Carlos replicó:

-No digas esas cosas de los muchachos ¡Son buenos tipos! Lo que pasa es que el Bien anda de capa caída hoy por hoy. ¿Hasta cuando me vas a reprochar lo de Diana?

Ella le clavó unos ojos fulminantes hasta que él bajó la vista.

-Lo que yo no entiendo es cómo podés seguir pensando en combatir a los malhechores. Esa es una ideología retrógrada, obsoleta. Estamos en el siglo veintiuno. Si por lo menos cuando agarrás a un delincuente lo apretaras un poquito para que largara un mango, como hace Puniyer, todavía. ¿Sabés la guita que le podras haber sacado al pelado Luis? y el diferencial estndi.iuno.ías haber sacado al pelado Luis? Pero no, vos sos un superhéroe abnegado, bueno, y pobre como una rata.

Supermán intentó ponerle dignidad a su voz temblorosa:

-Ya sabés que yo nunca la fui con esa onda del coimeo. Tengo mis principios. Además, Franco no me gusta. Es musculoso, pero muy violento. Y drogadicto. ¡No sabés la líneas que se peina! La mitad de las veces que agarra a algún narco se queda todo él…

-Bueno, Puniyer no, está bien. Pero el Toni, ese sí que es un caballero. A sus chicas las trata como reinas, vive en un country y toma champán francés con caviar todos los días. En cambio yo, mirame: me caso con el Hombre de Acero, que me trae a vivir a este lugar de mierda, y encima es un impotente que no me atiende hace más de un año y medio.

-Pero ya sabés lo que dijo el doctor: es un problema de bloqueo mental inconsciente causado por la kriptonita. ¡Yo no tengo nada que ver!

Ahora era Luisa la que trataba de contener las lágrimas.

-¡Qué bloqueo mental ni bloqueo mental! ¡Seguro que de nuevo tenés otra!

Al ver este espectáculo, Supermán se acercó y la abrazó, desarmado.

-No, Luisita, no. Vos sabés que sos la única. Te prometo que esta noche vuelvo temprano y lo intentamos de nuevo, ¿sí? Pero ahora tengo que irme, se me va a escapar el bondi y el diferencial está carísimo.

Supermán, alias Carlos Quent, le dio un beso en la frente a su mujer y abrió la puerta. Bajó los tres pisos de escaleras y salió del edificio. Miró hacia los costados y se fijó que no hubiera nadie.


Con un movimiento más rápido que una bala extrajo una petaca de ginebra Bols y le dio un traguito. Chasqueó los labios y la guardó. Comprobó que los naipes españoles y los porotos estuvieran en su bolsillo y se perdió rumbo a la parada del 218, silbando “Cambalache” por lo bajo.

miércoles, 21 de agosto de 2013

La mujer que esperaba

La mujer esperaba.

No era que tuviera el don de la paciencia. O, más bien: no era que su don para la paciencia, que tene.﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽ocos segundos despuando sol en una plaza. No faltaba quien creyera que era una adolescente instantes antes de supreimría en cantidades apreciables, estuviera relacionado con el hecho de que ella esperara.

Su esperar era algo absolutamente desconectado del estoicismo. Era un hecho en sí mismo, auto contenido: la espera como disciplina olímpica. La espera como acto activo, decisorio, volitivo.

La mujer esperaba. Sentada o de pie. Con lluvia o con sol. De día y de noche.

¿Y qué esperaba? ¿Qué explicaba su inexpugnable decisión de pasar el tiempo presente con los ojos fijos en el futuro?

Ah, eso se preguntaba la gente que pasaba por donde ella estuviera. Fuera la plaza, la esquina, el mercado, una cola en el banco o frente a un ascensor, cada persona que la veía tenía una lectura propia de qué estaba esperando la mujer. Porque lo que nadie dudaba era que esa niña, joven, adulta, anciana, algo esperaba ahí. Quedaba claro para cualquiera que la viera.

Había quien pensaba que era una nena expectante, aguardando la vuelta de un padre que había ido a comprarle una manzana acaramelada, llena de pochoclo, que la pequeña devoraría con una sonrisa en la que faltaban dientes. Había otros que creían que estaba simplemente tomando sol en un banco, aprovechando los primeros calores de la primavera. No faltaba quien creyera que era una adolescente instantes antes de su primer beso, o pocos segundos después, con el corazón agitado y las mejillas sonrojadas. O una señora buscando a un nieto del colegio, lista para llevarlo a su casa y darle un almuerzo con sopa caliente.

Las reacciones también eran diversas: algunas se apiadaban de ella. Algunos reían, haciéndole comentarios a amigos en voz baja. Pocos, casi nadie, llegaban a ver la mezcla de tristeza y esperanza que nunca se iba del todo de los ojos de la mujer.

Esta mujer esperaba, y así la niña se convirtió en joven, la joven se convirtió en madre, la madre se convirtió en señora, la señora se convirtió en abuela, la abuela se convirtió en vieja.

Ella esperaba. Quizá ni siquiera supiera bien qué o a quién. Inmóvil, todo a su alrededor trascurría como en una filmación de lapso de tiempo. Un ojo observador podría haber notado los ligeros cambios en su cuerpo; como había ido creciendo en altura, llenándose de curvas, su piel lozana finalmente arrugándose, su cabello negro cada vez más matizado de blancos pero sin nunca perder del todo su cualidad azabache.e.﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽﷽ocos segundos despuando sol en una plaza. No faltaba quien creyera que era una adolescente instantes antes de supreimr


Un mujer que esperaba. Y en su último día, así la encontró la muerte. Era una muerte amable, sin pretensiones, “muerte” con minúscula. Le sonrió, tomó delicadamente la mano de la niñajoven mujervieja, y la liberó de su eterna pausa.

miércoles, 17 de julio de 2013

La cigarra y la hormiga

En la fábula de la cigarra y la hormiga siempre tomé partido por la cigarra.
Desde el vamos me pareció odiosa la hormiga, y su moraleja obvia.

Entiendo que la idea de las fábulas es darle valores a los niños, que sin estos simpáticos cuentos de bichos antropomorfizados no podrían desarrollar su conciencia ética y, quizá, terminarían siendo más animales que la zorra, el cuervo, el ratón de campo o el león.

Aunque a lo mejor sería preferible que los purretes no aprendieran nada de una fábula como esta, en la que un altisonante sabelotodo prefiere tener razón y dejar morir a alguien de hambre que ser compasivo y entender las miserias del que tiene enfrente.

¿Que qué cuento me gustaría leer? Uno en donde la cigarra no se caga muriendo sólo por ser diferente a la hormiga. O uno en el que la cigarra acepta morir como debe morir, como es su naturaleza morir, y en el que no tiene deseos de ser hormiga. En donde acepta que su vida es corta, y se dispone a vivirla con alegría.

Quizpibempre en mi cabeza)ien (asá, mejor aún: justo después de que la hormiga le dice a la cigarra, santurronamente y con voz de señora bien (así sonó siempre en mi cabeza), que debería haberse preparado para el invierno, aparece un chico con una pibe y quema al carajo a la hormiga. Mientras, la cigarra se ríe a más no poder.

Cuando el himenóptero no es más que un pequeñísimo carbón, la cigarra y toda su familia de holgazanes cantarines se meten en la casa de la hormiga y se la ocupan, por pelotuda. Y por no haber entendido que podés juntar toda la comida para el invierno que quieras, pero en cualquier momento la muerte puede aparecer en tu cielo y chau. Metete las provisiones para el clima frío en el culo.


Mejor cantá, que aunque tu canción quede trunca por la muerte, igual es la mejor forma de desafiarla.