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miércoles, 15 de octubre de 2014

Se van las guerras

Se van las guerras. Quedan los comediantes. La banda sustantiva no busca justificarse.

Tengo un dolor adentro que no me puedo sacar. El dolor de ya no ser. El dolor de haberme perdido. Me duele respirar, pensar, vivir.

La muerte no es opción. El suicidio tiene algo de atractivo teórico pero no puedo dejar de pensar en el dolor de la gente a la que amo. No puedo ser tan egoísta. Lo soy un poco, pero no tanto. No puedo.

¿Cómo avanzar, entonces? ¿Cómo poder seguir creciendo, dejar de alejarme de quien quiero ser? ¿Cómo ubicar un norte cuando la brújula se desmagnetiza?
Me duelen ellas. Me duelen hasta la médula. Me duele la distancia entre lo que queremos y lo que somos, y cómo esa distancia nos separa. No sé cómo sortearla.
No sé cómo trabajar, siquiera, para que nos acerquemos. Ya no sé.

El hombre de las ideas se quedó sin ninguna.

Hay sólo un hecho: la vida pasa. La vida muta.


¿Qué hago? ¿Qué hago?

lunes, 28 de enero de 2013

La carnicería


Me contaron que Fidel es el cuarto retoño de un viejo comunista (al que me antojo español, quiz.elado"s le dicen "l" muestra remarca rotundamente su fracaso.ás por el recuerdo del abuelo Jesús) que, hijo tras hijo, no lograba vencer la resistencia de su esposa para ponerle a uno el nombre de su máximo héroe rojo.

La señora se negaba no por caprichosa, si no porque el viejo comunista en cuestión portaba “Castro” de apellido, y ella temía las burlas o (no olvidar los tiempos de plomo que hemos sabido vivir en estos lares) alguna otra represalia mucho más violenta.

Entonces, cual espartano en las Termópilas, la mujer resistía. Pudo hacerlo una, dos, tres veces. Pero ante el arrollador avance de Xerxes Castro que, a la voz de “¡Es mi cuarto hijo y lo voy a llamar como se me cante!”, enarbolaba la bandera roja, amarilla y púrpura, sucumbió. Antes de rendirse, empero, ganó una concesión, que en su mente quizá alivianaba la cosa, pero que hoy sólo muestra remarca rotundamente su fracaso.

Y el hijo se llamó Guillermo Fidel Castro.

Ese niño creció, cosa inevitable. Perdió el pelo pero cultivó un mostacho de respetables proporciones. Hoy, es mi carnicero. Y todos le dicen “Pelado”.