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miércoles, 30 de julio de 2014

La flor apretada

Olvida el jazmín, la margarita o la rosa. Han inspirado a miríadas de poetas y escritores, pintores, bailarines, músicos. Son el refugio seguro de la elección floral. Como motif artistic han sido de(s)(con)truidos lo suficiente.

Si me preguntaran cuál de esos vegetales odoríferos es mi favorito, algo que ha sucedido entre cero y una vez en mi vida, no me quedaría otra opción: ninguno. Si hubiera una repregunta acerca de cuál es, entonces, mi preferido, tendría que responder que es la flor apretada.

Y podría enumerar algunas razones que explicarían mi elección frente al jurado de algún gran concurso en este extraño reportaje hipotético que he construido como ejemplo.

La flor apretada tiene su propio aroma, y con tiempo y esfuerzo se puede aprender a diferenciar las fragancias que posee cada flor individual.

La flor apretada tiene una alta variedad de colores; aunque siempre en la gama de los corpóreos, esta diversidad es también parte integral de su encanto.

La flor apretada tiene asimismo una multiplicidad de configuraciones morfológicas que resultan en manifestaciones externas muy distintas entre sí; si a eso se le agrega el cuidado que quien posea la flor pueda aplicarle, las variaciones a la vista son infinitas.

Pero sería una lengua falaz la mía (¿o los dedos que tipean estarían mintiendo?) si quisiera justificar mi devoción con las razones de arriba. Por más estética que aporten, no van al nudo Gordiano de mi gusto, mi pasión, mi devoradoración por la flor apretada.


La razón fundamental es más bien simple, y quizá por ello un poco decepcionante, mas no por eso menos auténtica y, en definitiva, la que debo enunciar si quiero ser fiel a mí mismo: amo a la flor apretada porque nos entendemos, porque sé que me escucha cuando le hablo, y porque cuando la beso, se abre para mí.

miércoles, 28 de mayo de 2014

La carne viva

Me sacaron la piel y me siento en carne viva.

Me desollaron, me pelaron, me ultimaron sin matarme. Cómo esta masa sangrante se mueve es una incógnita hasta para mí. Esqueleto de harapos rojos soy. Un guante dado vuelta que expone al aire sus venas pulsantes.

La carne viva me impide descansar, me duele al respirar, me hace llorar. Una torsión mínima es la agonía más exquisita, el dolor más perdurable, miles de pinchazos que en su individualidad no serían mucho pero que hacen un conjunto insoportable.

Exudo un liquido ambarino, transparente, con alguna gota carmesí de vez en cuando, como para darle color y romper la uniformidad. Miel rojiza de mi panal interminable, sin abejas pero zumbante.

Todo mi cuerpo es una cicatriz expuesta. No huelo, no veo, no escucho, no saboreo: el tacto es lo único que me queda, y el sentido que le gana en fuerza a todos lo demás. Así, voy tropezando, queriendo encontrar un camino, esquivando cada superficie dura, cada arista que pueda rozar mi tegumento impresionable, con éxito variable.

Cuando sí puedo dormir, agotado de sensación, sueño con que vuelvo a tener esa piel. Galopo en un viento que me acaricia con finos dedos invernales. Soy feliz de nuevo, entero, contenido. Hay cuero una vez más.


Me dicen que me vende; que no me exponga a los elementos. Pero me niego: si quiero aprender, si quiero crecer, tendré que sobrellevar esta desnudez tan íntima frente al Universo hostil. Sólo así, dejando huellas rojas tras de mí, sin parar de correr y mutar, aprovechando que los confines de mi ser han sido eliminados por una mano amada, un día tendré mi piel nueva.