Mostrando entradas con la etiqueta morder. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta morder. Mostrar todas las entradas

miércoles, 4 de junio de 2014

La gata pastelera

Mide con precisión. Gramos, mililitros, centímetros. Entra en un estado Zen, con una semisonrisa que pocas otras actividades le hacen aflorar. Quizá, ninguna. Sus ojos verdes se abren y se entrecierran según lo que esté haciendo sea más fácil o complicado.

Bajo sus garras expertas, la alquimia es real; convierte huevos, harina y un poco de manteca en delicias; bien sé yo que lo que emerge de ese proceso, luego de un breve período de horno, es mágico y de resistencia difícil. Mil guerras he peleado contra su embrujo, intentando en vano conservar mi figura idealizada, esa en la que no tengo pancita. En esa fantasía, tampoco tengo cuarenta (debe quedar claro que me gustan las batallas perdidas; y que esto no es una fuente de orgullo).

La casa se inunda del olor dulzme gustan las batallas perdidas; esto no es una fuente de orgullo.ar mientras ella trabaja. Me gruñesa en la que no tengo pancitón que emana de nuestra cocina, esa cocina a la que no me deja entrar mientras ella trabaja. La gata me gruñe cuando lo intento, en una mezcla de juego y amenaza (aunque bien sabemos que para los felinos todo es una combinación de ambos). No quiero que me muerda, así que me voy y la dejo sola. He aprendido mi lección a fuerza de zarpazos y dentelladas. En esos momentos puntuales, la cocina es suya y de nadie más.

Pero sólo es una retirada estratégica, porque lo que ella no sabe es que la mayoría de las veces en las que rompo su orden de no entrar es porque me fascina verla tan contenta y concentrada. Simulo necesitar esto o aquello: una fruta, o un vaso de jugo, o poner agua para el mate. No importa qué; importa mirarla trabajar.


Entonces, al retroceder, siempre vuelvo de forma sigilosa, también felina, apenas asomando la cabeza por el marco de la puerta. Me gusta espiarla porque si se siente observada quizá decida dejar de cocinar. Y no quiero eso, porque vivir con una gata pastelera no es un privilegio que tenga todo el mundo.

miércoles, 21 de mayo de 2014

El Rey hambriento (Mitos I)

Eresictón, rey de Tesalia, hijo de conquistadores, despreciaba a los Dioses. Se negaba a ofrecerles sus debidos sacrificios. A tanto llegaba su desdén que en una ocasión, para construir un techo para su sala de banquetes, quiso derribar un árbol antiquísimo y enorme que estaba consagrado a Deméter, diosa de la agricultura.

Para detener al sacr y al hambre.nganzanfurecique estaba talando el ltos que eran en partes iguales cuentos de aventuras, fílego, la diosa tomó la forma de su sacerdotisa principal, Nícipe, e intentó convencer al hombre de desistir de su propósito, usando palabras amables. Eresictón no sólo no le hizo caso, si no que la amenazó con la misma hacha con la que estaba talando el árbol.

Deméter entonces enfureció y decidió castigar a quien estaba violando su espacio sagrado. Se deshizo de su forma corporal y, refulgente, invocó a la venganza y al hambre. Gracias al poder de Némesis, Limos se introdujo en lo profundo del cuerpo de Eresictón y allí anidó.

Cuando hubo talado el árbol, el rey se sentó a comer. Su apetito era enorme, leonino, algo que él adjudicó al esfuerzo que acababa de realizar. En un principio, masticaba y tragaba despacio. Pero después de unas cuantas porciones, y viendo que su hambre no disminuía, ya era a dos manos que se llenaba la boca y la velocidad con la que deglutía era apenas menor que con la que manoteaba los alimentos. M a vender a su hija Meranmundicias, el hombre comenzotra, hasta quedar en la ruina. tos de aventuras, fás comía, más hambre tenía.

Terminado el banquete, Eresictón estaba más famélico que al comienzo. Así fue que comenzaron a transcurrir sus días, y su vida se convirtió en una tortura: no había manjar o elixir que lo llenase. No importaba la calidad, ni lo elaborada o sencilla que fuera la comida: las fauces del hombre se habían convertido en un agujero insaciable que devoraba todo lo que se le ponía enfrente, mientras su cuerpo seguía adelgazando.

Para mantener su apetito prodigioso, Eresictón se vio obligado a liquidar sus posesiones, una tras otra: un pedazo de reino aquí, un objeto de arte allá, hasta quedar en la ruina. Reducido a la miseria y a comer inmundicias, decidió vender a su hija Mestra como esclava. Ella escapaba una y otra vez de ese destino gracias a la facultad de metamorfosis que Poseidón le había concedido, sólo para volver a manos de un padre que no dudaba en negociarla de nuevo, hasta que con un supremo esfuerzo se decidió a abandonarlo.


Quedó solo, mas el hambre de quien supo ser rey no se calmaba. El agujero adentro pedía más y más. Un día, desesperado, Eresictón comenzó a morderse un brazo, desgarrando su propia carne. Continuó luego con sus manos, sus pies, sus piernas; arrancó, tragó, volvió a aferrarse a sí mismo con sus dientes, tirando. Y no paró hasta comerse a sí mismo.

jueves, 26 de diciembre de 2013

Morder (Verbos I)

Morder fuerte. Morder mucho. Morder hasta hacer doler o hasta que nos duela. Dejar la marca en el cuerpo ajeno, un tatuaje único e irreproducible.

Morder es de lo primero que hacemos. Mordemos cuando aún no tenemos dientes, cuando las encías desnudas no entienden bien qué pasa pero la mandíbula ya quiere cerrarse sobre carne. Por instinto nos aferramos con la boca a lo que se ponga a tiro.

Morder está vinculado a la alimentación y por eso a la supervivencia. Morder nos recuerda nuestro pasado carnívoro, asesino. La sensación orgásmica del desgarro, de hincar los colmillos y tirar con toda la fuerza que podemos, hasta quedarnos con un pedazo que es el premio de nuestro esfuerzo.

Morder para aliviar el dolor. Cuando tenía 12 años tuve una infiltración en la rodilla, y la única forma de sobrellevar las seis jeringas de líquido que me extrajeron de esa coyuntura fue mordiendo la mano que mi madre prestaba y que quedó maltrecha por amor.

Morder hace emerger algo básico, primal, no humano. Quien se entrega al sexo con abandono sabe que morder debe estar presente; tomar a otro con los dientes es más íntimo que hacerlo con los dedos. Los gruñidos del deseo son su propio lenguaje, intraducible pero entendido de forma perfecta por los amantes, que se cuentan su pasión a mordidas.


Morder es un acto vital. Dejamos de morder cuando dejamos de vivir. O, quizá, dejemos de vivir cuando dejamos de morder.